Mar. Ago 11th, 2020

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De Boudou al Club de París – Por Rogelio Alaniz

Amado Boudou es un invento político de Cristina. Está donde está porque lo decidió Ella con la serenidad y ecuanimidad que la distingue. Los que se empeñan en compararla con Rosa Luxemburgo o Juana Azurduy deberían tomar nota de este detalle: a la hora de elegir, su modelo preferido es Boudou y no un militante de Carta Abierta o algún seguidor de Ho Chi Minh. Creer o reventar. La Señora se jugó y se juega por Boudou en cada uno de los entreveros de la política. Su fascinación por él es notable. La mujer que se presenta como la encarnación viva de la generación del setenta, a la hora de elegir entre Taiana y Boudou, elige a Boudou. Y colocada en la alternativa de optar por Righi y Boudou insiste en manifestarse leal a su invento. “Cosas veredes Sancho”: ella está cómoda con Boudou y sus amiguitos, personajes que, como dijera Jorge Asís, podrían muy bien ser los protagonistas de algunas de sus novelas plagadas de estafadores, cuenteros y trepadores sociales.

Un capítulo de esa novela todavía no escrita, dedicada a relatar las hazañas de Boudou en la costa atlántica o sus performances económicas en Mar del Plata, sería una joya de la picaresca. Su amigo del alma ya era entonces Núñez Carmona y sus compañeros de militancia se llamaban Ricardo Echegaray y Sergio Massa, muchachos que entonces hacían sus primeras armas en el partido de Álvaro Alsogaray. Todos -como es bien sabido- eran compañeros de la Resistencia y el “Luche y vuelve”.

La señora no decidió promocionar al chico de la motocicleta y la banda rockera La Mancha de Rolando de un día para el otro. Ya en los tiempos en que desarrollaba sus habilidades desenfundando chequeras, Ella sugirió que podía ser un muy buen candidato para la ciudad de Buenos Aires. Finalmente la candidatura se la llevó Filmus, pero la ciudad que alguna vez fue calificada como “La Atenas del Plata” estuvo a punto de ser honrada con tan distinguida candidatura nacional y popular. No sólo la fascinación por el chico de sonrisa contagiosa y diestro para la guitarra, la rumba y el rock, conmueve a la señora. En estos temas, Ella y Él nunca han dado puntada sin hilo. Hay ciertas tareas en la intimidad del poder populista que alguien las tiene que hacer: Boudou está para eso. No es él único, pero es el único que llegó a vicepresidente de la Nación, el cargo que en otros tiempos ocuparan López y Planes, Salvador María del Carril, Marcos Paz, Adolfo Alsina, Carlos Pellegrini, Figueroa Alcorta o ese monumento a la decencia y la austeridad que fue el radical Elpidio González.

Cualquiera de aquellos vicepresidentes respondía por sus actos ante su conciencia; Boudou deberá responder en los Tribunales. Él y sus amiguitos: Núñez Carmona y Vandenbroele. No sé qué decidirá la Justicia al respecto, pero lo que yo aprendí en mi breve pasaje por la página de Policiales de un diario que ya no existe, es saber distinguir cómo se defiende un inocente y cómo se defiende un culpable.

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Es difícil atribuir a la casualidad que el asesor legal de Boudou sea el abogado Diego Pirota, un profesional que ya adquirió notoriedad cuando defendió a Claudio Uberti, otras de las grandes estrellas del kirchnerismo, estrella estrellada aquella mañana de 2007 cuando una empleada de la Aduana decidió revisar la valija de ese abnegado militante del chavismo que se llama Antonini Wilson, socio y amigo del señor Uberti, ambos liberados de culpa y cargo gracias a Pirota y a jueces que se dedican a demorar expedientes para que prescriban las causas.

Boudou es un problema para la conciencia civil de la Nación, pero por razones diferentes es un problema para la Señora y su séquito. Pretender quedarse con la máquina que imprime billetes y algunas cosas más, es algo así como el sueño del pibe, el sueño del pibe malandra, se entiende. Ya no se trata de cobrar una comisión por un negocio o algo parecido, en este caso se trata de llevarse todo o quedarse con todo, maniobra que distingue con transparencia populista al menemismo del kirchnerismo y transforma al kirchnerismo en la etapa superior del menemismo.

Ahora bien, cualquier persona con dos dedos de frente sabe que jamás en su vida Boudou podría haber perpetrado una maniobra de ese tipo sin el aval de su jefe o de su jefa. O de los dos. La situación del vicepresidente no es muy diferente a la de ese otro empresario militante de la causa nacional y popular que se llama Lázaro Báez: nunca este personaje viscoso, oscuro y mediocre podría haber amasado semejante fortuna sin el aval de sus patrones. Convengamos que en este punto también hemos retrocedido: de Alfredo Yabrán, cajero de los Menem, a Lázaro Báez, hay una diferencia, esa diferencia que en el ambiente del hampa permite distinguir a vuelo de pájaro entre un gángster y un vulgar rufián.

El otro tema de la semana fue el acuerdo celebrado en Francia con el Club de París, al que la mayoría del arco opositor calificó -con tonos más o menos moderados- como una buena noticia. Yo no me sumaría con tanto entusiasmo a esa ponderación. Y mucho menos si aspiro a ser gobierno en el próximo mandato. Seamos claros. Se hizo lo que se debía hacer, pero se hizo tarde y esa tardanza significó miles de millones de dólares, deuda que en un porcentaje cercano al noventa por ciento deberá pagar el próximo gobierno, porque en estos temas ya es sabido que el populismo es infalible: siempre le deja al que llega la bomba encendida y con la mecha corta.

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Desde principios del año el gobierno K se esfuerza por hacer buena letra, no porque crea en las virtudes de la caligrafía sino porque su instinto de preservación le dice que si no hace las cosas como corresponde se van en avión, helicóptero, auto o moto, pero se van. Y algunos, derecho a Devoto. Así se explica, entre otras cosas, la indemnización a Repsol, los acuerdos en el Ciadi, las recientes gestiones con el Club de París y las futuras y urgentes diligencias en los Estados Unidos de Norteamérica con los vituperables pero efectivos fondos buitres.

Todo se hace tarde, a las apuradas y mal. La mesura es una virtud ausente en el populismo. O sacan a patadas así lo dijeron- a los funcionarios de Repsol y amenazan con no poner un mango o, exactamente a la inversa, terminan indemnizando con generosidad. Pero más interesante que las febriles negociaciones en París, son las consignas lanzadas por Kicillof, consignas que sus seguidores- incluida la Señora- repiten como loros: lo hicimos sin el monitoreo del FMI. Y lo dicen como si en lugar de venir de una negociación con los llamados en su momento “usureros internacionales”, bajaran de Sierra Maestra o hubieran asaltado el Palacio de Invierno.

Jactarse del acuerdo firmado en París es tan disparatado como imaginarse a Fidel Castro festejando porque le devolvió el poder a Fulgencio Batista. De todos modos, convengamos que el peronismo ha demostrado a lo largo de su historia ser un maestro consumado de la farsa. Valga como prueba aquel fabuloso negociado que hicieron los ingleses con la venta de los ferrocarriles y que la propaganda del régimen presentó como una epopeya liberadora.

En realidad, el FMI no monitoreó, no porque le tuviera miedo a Kicillof, sino porque no hacía falta. Y no hacía falta, porque los muchachos más que hacer buena letra hicieron caligrafía. ¿Por qué monitorear si se paga lo acordado y más de lo acordado? ¿para qué monitorear si nadie discute quitas, punitorios, plazos, monto de los intereses, todas cláusulas ventajosas para los acreedores? ¿para qué monitorear -se preguntará un funcionario del FMI- si estos muchachos desde principios del año vienen aplicando nuestras recetas al pie de la letra, con tarifazos, quita de subsidios, pérdida del poder adquisitivo de los salarios, devaluaciones…? ¿para qué monitorear si fue el Departamento de Estado de los EE.UU. el que operó de intermediario para que los acreedores de París pueden cobrar generosamente?

Pero bueno…Kicillof y la Señora están convencidos -o quieren convencer a sus crédulos seguidores- de que su presencia en París fue tan transgresora como la del Che Guevara en Punta del Este.

Fuente: http://www.ellitoral.com/

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