Vie. Oct 15th, 2021

Prensa Republicana

Con las ideas derechas

Todo es posible. Por Vicente Massot

Nadie fue capaz de percibir el cambio que se produjo, en una parte considerable de la sociedad, desde el momento en que estalló la pandemia hasta el día en que se substanciaron las PASO. Con base en la juventud, hubo en el Gran Buenos Aires y en la Capital Federal una suerte de giro copernicano respecto de la forma como la franja etaria que va de los 16 a los 30 años —poco más o menos— juzga el papel del Estado, la actuación de la clase política y —sobre todo— cómo imagina el futuro en términos de calidad de vida y posibilidades de trabajo. El fenómeno Milei —por llamarlo de alguna manera— es en buena medida producto de esa mutación de las ideas que un joven de 17 años, Emiliano Bondarchuk, puso de manifiesto anteayer en un acto en el municipio de La Matanza. Convocados que fueron los alumnos a punto de terminar sus estudios secundarios a una reunión en donde se trataría el tema de qué hacer mañana, cuando tuviesen que ganarse la vida, la intendencia de esa localidad peronista comenzó a hablarles del “laburo joven”. Bastaba pasar revista a los oradores para darse cuenta de que era pura demagogia del kirchnerismo, que se ufanaba de haber conquistado a la juventud. Cuando los responsables del encuentro invitaron a los chicos a hacer uso de la palabra, Bondarchuk subió al escenario y—ante el estupor de las autoridades, que no sabían donde meterse:— dijo «yo tengo una visión bien clara de quién quiero ser. Un sueño. Siempre soñé con ser chorro como la gente de acá y de muchos más de por acá. Chorro y vago, el sueno de todo el mundo”. Con esa ironía destemplada estaba calificando, a quienes los habían convocado, de ladrones y malentretenidos. Sus compañeros, que se sintieron identificados, rompieron en aplausos y luego, el que había puesto en evidencia a la casta gobernante de La Matanza y alrededores se cansó de recibir saludos. Cuando le preguntaron por cuál de los candidatos en danza votaría, no dudó. Dijo que, si pudiera, se inclinaría por Javier Milei. La jornada terminó en forma abrupta y los responsables del evento, que habían planeado un sorteo de hamburguesas, lo suspendieron y se fueron calladitos la boca.

El encierro obligatorio le jugó algo más que una mala pasada al oficialismo. Obró por su increíble miopía —vacunatorios VIP, Olivos gate y, básicamente, el descaro de beneficiar a la infinidad de ñoquis del sector público, que cobraron en tiempo y forma por no trabajar, a expensas de los cientos de miles de argentinos que debieron cerrar sus negocios o perder sus empleos— una bronca que cruzó en diagonal a la sociedad y quedo trasparentada en los guarismos del pasado domingo 12 de septiembre. El mal humor viene de lejos y es imposible que desaparezca. La elección del próximo 14 de noviembre está irremediablemente perdida para los Fernández en razón de la toma de conciencia de millones de personas acerca de la corrupción e incompetencia que anida en el elenco gubernamental. El Frente de Todos ha debido pagar un costo infinitamente mayor que Juntos por el Cambio porque es el encargado —como no podría ser de otra manera— de las decisiones políticas, económicas, sanitarias y educativas de cumplimiento obligatorio y alcance colectivo. Pero, a la hora de distinguir entre honestos y sinvergüenzas, el concepto de casta —sobre el cual tanto machaca el líder de los libertarios— alcanza también a muchos de quienes acompañaron a Mauricio Macri en su fallida administración. La tarea de impedir el crecimiento de Milei en el distrito metropolitano es, pues, común a las dos fuerzas mayoritarias. No por nada en el kirchnerismo se halla instalada la idea de basar su campaña electoral —al menos en la ciudad de Buenos Aires— agitando el espantajo de “parar a la derecha” sin darse cuenta de que los votos de Milei no corren riesgo y, en cambio, sí los de Santoro. Al fin y al cabo, Miriam Bergam parece mejor posicionada para ese menester que un ex–radical desangelado que se pasó a las filas K sin pedir permiso. Por su parte, los responsables de fijar la estrategia de María Eugenia Vidal han creído conveniente lanzar al ruedo la noción del voto útil, tratando de concientizar a los libertarios y sus seguidores de que no optar por Juntos por elCambio es beneficiar al kirchnerismo.

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Más allá del resultado que conoceremos cuando se abran las urnas dentro de 39 días —probablemente similar al de las internas abiertas— hay un tema que es hoy materia de análisis a uno y otro lado del mostrador. Tanto en los despachos del gobierno como en las tiendas de la oposición, por igual, se preguntan qué puede pasar el 15 de noviembre si —como todos suponen— el oficialismo sufre un nuevo traspié, deja de ser la primera minoría en la cámara baja y pierde el quórum propio en la cámara alta. Si a semejante panorama se le suma la interna nunca resuelta que late en el corazón oficialista, la pérdida de autoridad del presidente que no deja de hacer el ridículo y la economía que semeja una olla a presión a punto de estallar, es lógico que las especulaciones vayan de una renuncia anticipada de Alberto Fernández a un estallido del tipo de cambio que obrase, por parte del mercado, el ajuste que el gobierno se niega en redondo a llevar adelante. Lo que en otras circunstancias podría reputarse de tremendista, en este caso no considerar la posibilidad de una renuncia presidencial o una hecatombe económica parecida a la que terminó con la administración de Raúl Alfonsín, en 1989, y la de Fernando De la Rúa, en 2001, o las dos cosas juntas, sería un exceso de corrección política. Claro es que las conversaciones que se dan en el marco de la crisis que vivimos no salen a la luz. Ninguno de los funcionarios, de los políticos opositores o de los periodistas que no se cansan de analizar el tema, se animarían a ventilar en voz alta lo que se habla y escucha en esos cónclaves. Pero basta proyectar las eventuales consecuencias de un porrazo electoral, conjugado con la escasez de reservas de libre disponibilidad, el atraso del dólar, el recrudecimiento de la inflación y demás flagelos por el estilo, para caer en la cuenta de que hay varios escenarios probables.

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La premisa de la que todos parten es la derrota kirchnerista. Tomando en consideración cuál fue la reacción de Cristina Fernández al momento de perder en unas internas abiertas, de más está decir que, luego de sufrir otro revés de más volumen, su ira en contra del presidente escalará hasta topes difíciles de imaginar. La vice generó una pelea pública a expensas de la Casa Rosada y de la unidad del frente que acaudilla tras el resultado de las PASO, que no definían la futura conformación del Congreso. Si el 15 de noviembre se despertase con la novedad de que su poder ha quedado licuado en ambas cámaras y que el peronismo ha perdido en la mayoría de las provincias y también a simple pluralidad de sufragios a nivel nacional, resultaría contradictorio con su anterior actitud que moderase su respuesta y asimilase el mal trago en silencio. Eso, en medio de un tembladeral cambiario, una administración a la defensiva, un justicialismo en estado de ebullición por obra y gracia del descalabro electoral y un primer magistrado pintado, que no sirve ni para ir a ver quién viene.

¿Podría renunciar Alberto Fernández? ¿Por qué no? ¿Asumiría en tal situación Cristina? Si lo hiciese, la economía volaría por el aire y, si dejase pasar el tren, la probabilidad de ir presa se acrecentaría. En el llano, con el ojo morado y sin fueros, quedaría a merced de una Justicia implacable con los perdedores. Las hipótesis que podrían traerse a comento no se agotan en las señaladas más arriba. No hay que olvidarse de Sergio Massa, de una eventual convocatoria a la Asamblea Legislativa o cabría pensar, por disparatado que parezca, en el manotazo de ahogado del kirchnerismo duro, dispuesto a redoblar la apuesta y radicalizarse.
Hagan sus apuestas señores…

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