Negando la realidad. Por Juan Manuel de Prada

El pecado más característico de nuestro tiempo es la negación de la realidad, la convicción de que las cosas no existen en sí mismas, sino tan sólo como proyección de nuestra subjetividad. Sobre este postulado demente, el racionalismo idealista pudo afirmar impunemente que el mundo se formaba y reformaba mediante meras “ideas”: así nacieron las ideologías, estructuras de pensamiento (o, en su versión degenerada y más frecuente, meras colecciones de consignas) que niegan la realidad de las cosas y la someten a la voluntad humana, que se cree capaz de moldearla a su antojo, hasta instaurar un paraíso en la tierra. Pero la realidad es tozuda y no se inmuta ante los delirios humanos, sino que se queda en su sitio, dejando que los hombres se extravíen, como el padre de la parábola del hijo pródigo se queda en casa, dejando que su hijo se despeñase por el barranco. En la parábola evangélica, al menos, el hijo rectificaba el error y regresaba a la casa del padre, después de probar las algarrobas de los cerdos. Las ideologías, en cambio, han logrado moldear hombres menos humildes que el hijo pródigo de la parábola; hombres fanáticos sin capacidad de arrepentimiento que, después de darse de bruces contra la tozuda realidad, en lugar de arrepentirse, se siguen dando coscorrones contra ella, en su afán desquiciado de abrirle un boquete.

Resulta muy aleccionador el espectáculo que durante los últimos días nos brindan los gerifaltes del secesionismo catalán, con su obsesión patética por negar las evidencias que la tozuda realidad nos sigue brindando. No dudo que haya gente deseosa de desprestigiar a estos gerifaltes y que para hacerlo esté dispuesta a recurrir a las marrullerías más variopintas; pero si a estos gerifaltes les restase un ápice de buena voluntad empezarían por reconocer la cruda realidad: reconocerían que desoyeron la petición de instalar bolardos en las calles, reconocerían que desdeñaron las advertencias de diversos servicios de espionaje que alertaban sobre la comisión de un atentado, reconocerían que la actuación de los Mossos d’Esquadra en la providencial explosión de Alcanar fue completamente chapucera, reconocerían que su empeño en ocultar tal cadena de negligencias y de caracterizar como “enemigos de Cataluña” a quienes los desvelan resulta por completo ridículo ante cualquier persona que no tenga obturadas las meninges por la alfalfa ideológica. Y tal vez este reconocimiento permitiría a quienes están empachados por otras variedades de alfalfa ideológica hacerse, a su vez, otras preguntas: podrían preguntarse, por ejemplo, por qué el ministerio de interior permitió que sus advertencias fuesen desoídas, o por qué los servicios de inteligencia del Estado no corrigieron a tiempo las negligencias y chapucerías de los Mossos.

LEÉ TAMBIÉN:  La lógica "científica" del progresismo.

Pero los gerifaltes del secesionismo saben que están hablando para una generación que está gangrenada de ideología. Saben que sus embustes serán fácilmente deglutidos por una multitud fanatizada que se niega a aceptar la tozuda realidad y está dispuesta a tragarse que quienes la desvelan son manipuladores sin escrúpulos que desean dinamitar la quimera del procès. Los gerifaltes del secesionismo saben que sus adeptos están dispuestos a golpearse contra la realidad hasta abrir un boquete en ella, con tal de poder alcanzar el paraíso en la tierra que su ideología les promete. Por supuesto, en la realidad nunca se abren boquetes; en cambio, uno siempre se descalabra intentando horadarla. Pero descalabrarse –desengañarse—lleva mucho tiempo, casi tanto como la vida misma. Entretanto, los gerifaltes del secesionismo pueden seguir alimentando con paranoias a sus adeptos.

(ABC, 2 de septiembre de 2017)

Más en Marxismo Cultural
El pasado mapuche que incomoda a la izquierda: el día que nombraron “Gran Autoridad” a Pinochet. Por Marcelo Duclos

En Argentina, como en casi toda América Latina, los reclamos de los “pueblos originarios” han sido copados...

Cerrar