La idolatría filantrópica. Por Juan Manuel de Prada

Los reiterados casos de abusos sexuales perpetrados por miembros de una conocida organización filantrópica merecen ser expuestos como un caso flagrante de lo que San Agustín llamaba el “tedio de la virtud”, que es tal vez la enfermedad más monstruosa de la vida moral (y también, por cierto, la base constitutiva de las sociedades modernas). Toda forma de vida virtuosa convertida en mera disciplina (esto es, huérfana de un Principio que le dé sustento y sentido), engendra tedio y acaba siendo la más sutil y venenosa forma de depravación. Toda forma de amor al prójimo, si no tiene abierta una ventana al amor ascendente, acaba pervirtiéndose. En cambio, cuando no falta esa ventana, el amor es inmarchitable, según se nos cuenta en el segundo canto del Paraíso: mientras Dante contempla a Beatriz, Beatriz contempla las esferas celestes; y así Dante puede «elevar su agradecida mente hacia Dios».

Lo explicaba maravillosamente Gustave Thibon: «Todo lo que el hombre diviniza, por el hecho mismo de que lo separa de Dios, lo impregna de nada. (…) Sólo podemos creer en la profundidad de las cosas finitas en la medida en que las sabemos salidas de Dios y no las confundimos con Dios». Cuando falta esta premisa, el amor a las cosas finitas (empezando por el amor al prójimo) degenera en abstracción o en idolatría. Cuando degenera en abstracción se convierte en proclama retórica de amor a la Humanidad, olvidándose del hombre concreto; cuando degenera en idolatría convierte al ser humano concreto en un ídolo. La primera de estas perversiones filantrópicas, tan frecuente entre los demagogos, nos la explica a la perfección Dostoievski cuando pone en boca de un personaje de Los hermanos Karamazov: «Amo a la Humanidad; pero, para gran sorpresa mía, cuanto más amo a la Humanidad en general, menos amo a la gente en particular». La segunda perversión es todavía más sinuosa y retorcida, más hipócrita y malvada.

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Se trata de amar ensimismadamente al ser humano concreto, al que se deja de ver como alguien salido de Dios, para convertirlo en un dios. Este amor idolátrico es una ilusión típicamente neurótica: el hombre contemporáneo, después de matar a Dios, siente que su vida interior es paupérrima y terriblemente cutre; y entonces necesita adornarla divinizando a sus semejantes. Del mismo modo que en el alumbrado del siglo XVI había un exceso vital mal regulado por el espíritu, en el filántropo hay una carencia vital compensada por una ilusión espiritual. Pero, ¡ay!, estas ilusiones espirituales que divinizan al ser humano acaban desarrollando lo que Dostoievski denominaba “sentimientos mixtos”: el espíritu, alimentado de supercherías, acaba contaminando los sentidos y espiritualizando la carne; el espíritu se vuelve “sensible” y con frecuencia también “sensual”. No estamos ya ante la sensibilidad afinada por el ideal, como ocurre en los místicos; sino ante la sensibilidad entremezclada y confundida con el ideal. Este tipo de “sentimientos mixtos” no los padecen tan sólo los filántropos; también son muy típicos de cierta tartufería religiosa. Clarín los retrató magistralmente en el personaje del canónigo Fermín de Pas.

Y, en algunos casos extremos, estos “sentimientos mixtos” pueden convertir el ídolo venerado en juguete sexual. Así les ocurrió a muchos alumbrados, que terminaron organizando orgías disfrazadas de retiros de oración. Así les ha ocurrido a estos filántropos. La banalidad contemporánea trata de presentar estos casos como “abusos machistas”; pero son algo infinitamente más sutil y venenoso.

Publicado en ABC el 17 de febrero de 2018.

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