La gran sustitución. Por Javier R. Portella

Con sprays convertidos en lanzallamas, con heces y cal viva fueron atacadas el otro día las legiones que defienden el limes que separa (todavía) a Europa de África. Sin mediar siquiera combate, el ataque se saldó con la derrota de nuestras huestes. ¿Cómo hubiera podido ser de otro modo cuando nuestras legiones, teniendo prohibido utilizar cualquier medio de defensa, no pueden recurrir siquiera a los instrumentos propios de las fuerzas antidisturbios?

Todo ello sucedió pese a que aún no se han quitado las concertinas que, colocadas en lo alto de las frágiles murallas, el nuevo gobierno socialista había prometido suprimir con el obvio fin de facilitar los asaltos. Pero ha bastado que se anuncie tal medida para que sea inmediato el efecto llamada. Como ha bastado acoger a los “autonáufragos” del buque Aquarius (es náufrago voluntario quien, con imprudencia temeraria, se lanza al mar en una patera con la que acaba naufragando); o como ha bastado decretar el libre acceso de todo inmigrante ilegal a la Seguridad Social; o como basta seguir ofreciendo toda clase de facilidades y ayudas a quienquiera venga a engrosar la mano de obra barata que anhela la oligarquía.

Dicen, sin embargo, que no hay mal que por bien no venga. Un gran bien podría, en efecto, derivarse de todo ese mal: el de que, por fin, se abran los ojos de la adormecida sociedad española, la única en toda Europa que ha estado hasta ahora encogiéndose de hombros ante lo que en todas partes despierta rabia y furor; la única en cuyos debates políticos ni siquiera figura la cuestión inmigratoria; la única cuyas fuerzas dirigentes ni siquiera tienen que molestarse en tratar de justificar lo injustificable; la única, en fin, donde el sentir patriótico aún carece de voz en el parlamento (pero ello puede pronto acabar: recordemos que en latín “Voz” se dice “Vox”).

¿Qué hace falta para que cese esta vergüenza? ¿Qué hace falta para que se abran los ojos de esos mismos españolitos que, cerrados también durante años ante su identidad nacional, se abrieron de pronto el pasado mes de octubre cuando el secesionismo catalán llevó a España al borde del abismo? También aquí, sin duda, hace falta un revulsivo parecido. Nada esencial va probablemente a cambiar hasta que, a punto casi de despeñarnos, nuestro pueblo consiga vislumbrar el vacío y sobreponerse en un último impulso que lo lleve a reaccionar… y a sobrevivir.


Es de sobrevivencia de lo que se trata

Cojamos de una vez el toro por los cuernos. No, el problema del mayor trasvase de poblaciones jamás producido en la historia –estamos hablando de millones de personas en toda Europa– no consiste (aunque también, por supuesto) ni en los delitos y violaciones que se producen, ni en las enfermedades que, desaparecidas desde hacía años, están reapareciendo, ni en las sumas gastadas para acoger, sanar, alojar y subvencionar a las poblaciones que llegan en pos, no de la sobrevivencia, sino de las ventajas materiales que son incapaces de crear en sus propios países. (Sólo el sentimentalismo buenista puede imaginarse que está muriéndose de hambre quien paga 4.000 euros –el equivalente, aquí, de unos 40.000– a un traficante para cruzar el Estrecho y llegar a tierras de Jauja.)

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El verdadero problema –el problema que obliga, como mínimo, a exigir desde ya una inmigración cero– es distinto, se sitúa a otro nivel. Le ha puesto nombre –y nombre que al otro lado de los Pirineos ha hecho fortuna– el pensador francés René Camus. La gran sustitución: he ahí el verdadero nombre, he ahí el gran y verdadero reto que implica el masivo asentamiento de pueblos extraeuropeos en tierras europeas.

Lo que está en juego es la mismísima base etnocultural –caucásica e indoeuropea– sobre la que se ha forjado Europa, sobre la que descansa nuestro ser, nuestra identidad, nuestra civilización: no desde hace siglos, sino desde hace milenios.

Bien… Pero ¿y si alguien considera que no existe base etnocultural alguna? ¿Y si alguien piensa (y son muchos quienes lo creen) que, salvo superficiales diferencias folklóricas, no hay mayor diferencia entre ser un negro del Congo, un árabe de Marruecos, un indio de Bolivia, un chino de China, o un europeo de Florencia? Entonces, ¿qué?

Entonces no, claro. Si se comparte la interesada necedad de nuestros oligarcas, no hay entonces el menor problema en hacer venir cuanta más gente, mejor. Lo que se impone entonces es ir corriendo a abrirles las puertas de par en par. Como se las abren los Soros, las Merkel, los Macron, los Sánchez, los Rivera, los Casado[1]…, toda esa Superclase dominante para la que no existen identidades etnoculturales; para la que sólo existe el dinero y una entelequia denominada el Hombre Universal; para la que sólo existen individuos atomizados y masas gregarias; para la que se debe acabar con esas rémoras del pasado que dificultan la globalización y que son las fronteras, los pueblos, las identidades.

También hay los otros, es cierto. También hay los que, pensando en realidad lo mismo, parecen oponerse a los anteriores. Hay los izquierdistas, feministas, podemitas… Los mueve, es manifiesto, el mismo afán: el mismo materialismo individualista que lleva a arrasar culturas, raigambres, identidades…: esas cosas de fachas. Pero les diferencia un matiz. No lo dicen abiertamente, pero ellos sí consideran que existe algo como la identidad etnocultural de Europa. Lo que ocurre es que la odian hasta tal punto que hacen todo por destruirla, activamente deseosos (o pasivamente encantados) de que acabe sustituida por las poderosas identidades que, lideradas por el islam, están asentándose en nuestro solar. Les da igual, por cierto, que no haya en tales identidades ni materialismo ni disolución individualista alguna: el etnomasoquismo, el odio hacia lo que ellos mismos son es lo que los mueve por encima de todo.)[2]

Y nuestro pueblo, ¿qué piensa?

¿Piensa lo mismo nuestro pueblo? Sí y no, dejémonos de pamplinas y miremos las cosas de frente. ¿Cómo podría el individualismo nihilista no haber hecho mella en un pueblo bombardeado día y noche por las ideas que esparcen los más taimados y sutiles medios de comunicación, esos medios que, lejos de jugar cartas boca arriba, envuelven las intenciones de sus amos en el más almibarado de los sentimentalismos?

Pero la partida está lejos de estar concluida. Véanse, por ejemplo, los comentarios que los lectores dejan en los artículos de los periódicos de tales medios. Cuanto más defiende el periodista las opciones multiculturales y globalistas, tanto más virulentamente se oponen a ellas la casi totalidad de los comentaristas. Y véase, volviendo a nuestro tema inicial, la forma en la que los ánimos de la gente se han soliviantado ante la invasión de Ceuta.

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Si oligarcas e izquierdistas desean en el fondo de su alma ver suplantada nuestra cultura e identidad; si en el mejor de los casos ello les trae al pairo, ¿es éste también el sentimiento de nuestro pueblo? No, por supuesto. El problema es que casi nadie percibe que es esta suplantación  lo que realmente está en juego. Y nadie lo percibe porque un fenómeno de esta naturaleza es, por definición, lento, progresivo. Pero imparable –salvo si se corta el mal en su raíz.

Menos en determinados barrios y ciudades (cités, se llaman en Francia) donde ni siquiera la policía se atreve a entrar; menos en lugares de Alemania, Bélgica, Suecia, Gran Bretaña… donde la policía islámica ya ha sustituido a la nacional, la gran sustitución aún no se ha producido, es evidente. Con unos porcentajes de población extraeuropea que hoy oscilan entre el 10 y el 15 por ciento, aún somos, por supuesto, mayoritarios. ¿Por cuánto tiempo?… He ahí la cuestión Ni quienes lean estas líneas ni quien las escribe veremos culminado –si algo así, amigos, os tranquiliza…– lo que hoy está en germen entre nosotros. Serán nuestros hijos, o nuestros nietos, o nuestros bisnietos (suponiendo que aún alguien los tenga…) quienes, si todo sigue así, sufrirán en su carne la sustitución.

Si todo sigue así… Es decir, si se mantiene el actual alud de cientos de miles de llegadas (o si se incrementa, como desean millones de africanos que aguardan impacientes); si, con el propósito de quedarse y asentarse, sigue llegando a nuestras costas, día tras día, una población sumamente joven y con unos índices de reproducción varias veces superiores a los europeos, la cosa está muy clara y no hay que darle más vueltas: en pocas generaciones (¿cuántas?, ¿dos, tres, cuatro acaso?…), los actuales porcentajes de población no europea y carente tanto de la posibilidad como del deseo de llegar a serlo, habrán rebasado el 50 por ciento.

No habrá hecho falta victoria militar alguna. Contrariamente a lo ocurrido en Roma, el imperio, esta vez, se habrá derrumbado exclusivamente desde dentro. Contrariamente a lo sucedido en el siglo V de nuestra era, los bárbaros hasta habrán recibido, al llegar, bendiciones y parabienes, simpatías y medicinas, viviendas y subvenciones.

Hasta el Pontifex Maximus les habrá impartido, desde el Vaticano, su paternal y apostólica bendición.

[1] Véanse las almibaradas palabras que dedicó a la cuestión la nueva y gran esperanza del PP, alguien que, en el discurso que le valió el triunfo, celebró la valentía de los autonáufragos que cruzan el Estrecho.

[2] ¿Cabe explicar de otro modo el hecho, por ejemplo, de que la inmensa mayoría de las y los feministas sean firmes defensores del islam? Véase, si se quiere una buena ilustración, el video que reproducimos al final del presente artículo.


Éste es el video de las feministas-islamistas

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