Viaje en calesita. Por Vicente Massot

Hasta el día en que se desencadenó la crisis cambiaria nadie imaginaba, en el variopinto arco opositor, que hubiera una chance —por mínima que fuese— de competir con éxito en las elecciones presidenciales del año próximo. Las consecuencias del triunfo de Cambiemos en los comicios legislativos de octubre todavía eran visibles. Las proyecciones de carácter económico que enarbolaba el gobierno lucían razonables. Los gobernadores justicialistas, dando por descontada la victoria macrista en 2019, pensaban seriamente en desdoblar, en sus respectivas provincias, el calendario conforme al cual se votaría. Los cálculos que entonces se desgranaban estaban relacionados con quiénes serían el segundo y el tercero detrás de un Mauricio Macri seguro de su reelección. Los pronósticos que se hacían y las conjeturas a que daba lugar la hegemonía oficialista tenían razón de ser. Hasta un día antes…

Pero, a partir del día después, comenzó a ganar terreno y a recortarse en el horizonte político una frase que Alberto Rodríguez Saa —distanciado de su hermano Adolfo y decidido a tender puentes con Cristina Fernández— lanzó al ruedo y fue acogida con beneplácito
por las distintas facciones peronistas que, de la noche a la mañana, resucitaron como por arte de magia. Al conjuro del “hay 2019”, lanzada por el puntano, Miguel Ángel Pichetto y José Manuel de la Sota, Luis Barrionuevo y Sergio Massa, Rodolfo Urtubey y Felipe Solá, Agustín Rossi y Roberto Lavagna, más otras tantas figuras de distinto calado e importancia dentro de ese vasto movimiento político, vieron renacer una esperanza que creían sepultada. Lo que antes era una tontería plantear —ganarle a Macri— pasaba a ser, según su parecer, algo no solo posible sino también probable.

De la misma manera, pues, que pocos si acaso alguno de los peronistas de fuste se animaban a hablar de candidaturas y mucho menos de lanzarse al ruedo, de pronto la lista de postulantes a encabezar la o las fórmulas para competir —en las PASO, en agosto del año que viene, luego en las primarias y, eventualmente si la hubiera, en una segunda vuelta— ha comenzado a crecer. Algunos no ocultan sus aspiraciones y, ni lerdos ni perezosos, han avisado que serán de la partida. Otros, algo más cautos, reconocen en privado su voluntad de anotarse aunque, de momento, no se animen a vocear en público sus planes. Como quiera que sea, lo cierto es que en el justicialismo, en el Frente Renovador, en la Unidad Ciudadana y también en el así denominado Polo Progresista —donde convergen los socialistas santafesinos con Margarita Stolbizer— la danza de nombres está a la orden del día. Es que ninguno desea quedarse rezagado en la materia, si bien hay una coincidencia respecto del carácter provisorio de las decisiones que se tomen en estas semanas o en los meses por venir. Para transformarse en definitivas habrá que esperar —cuando menos— doce meses y determinar entonces, con base en el estado económico del país, qué candidatura ha quedado en pie y cuál se ha desflecado de manera irremediable.

¿Quiénes se hallan ya ubicados en una calesita a la cual, conforme gire, se irán sumando otros personajes sin necesidad de pedir permiso y sin que sea menester presentar ningún certificado de buena conducta? El primero ha sido el actual gobernador salteño. Urtubey, desde antiguo, nunca ocultó su propósito de llegar a la Casa Rosada y es un secreto a voces que, si lo acompañan los astros y sus pares, estará en la línea de largada vistiendo los colores del peronismo tradicional. La liga de gobernadores —si se la puede llamar así— y buena parte del bloque de senadores que capitanea Miguel Pichetto no ocultan su deseo de que el hombre del norte sea su candidato. En general, reconocen que Urtubey tiene condiciones suficientes, medido en términos de solvencia intelectual y experiencia administrativa. Al mismo tiempo son conscientes de que, en las encuestas, no termina de levantar vuelo. Con mejor imagen en la Capital Federal que en el estado que gobierna, a nivel país su intención de voto es escasa.

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El segundo en subirse —con el guiño de Cristina Fernández— fue el ex–ministro, Agustín Rossi. No resulta, contra lo que podría pensarse, un candidato puesto allí sólo para cubrir las apariencias. En tanto y en cuanto la jefa de Unidad Ciudadana no se decida a bajar al ruedo —y es casi imposible que lo sepamos antes de mayo o junio del año venidero— el santafesino corre con cierta ventaja en las filas kirchneristas. Por de pronto, tiene la bendición de la jefa absoluta —lo cual no es poco— y, además, es el único que ha dado un paso al frente. Arrastra, eso sí, el mismo inconveniente de Urtubey: resulta poco conocido y su intención de voto es insignificante.

El tercero en cuestión es Felipe Solá. Distanciado del resto de los renovadores, el ex–gobernador bonaerense se ha metido en la disputa, según algunos, con el visto bueno de la viuda de Kirchner; según otros, sencillamente porque es un audaz que desea pescar en aguas revueltas. Que ha tendido lazos con los K en los últimos tiempos, no delata novedad. Es por todos bien sabido que el otrora funcionario de Carlos Menem, Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner y Cristina Fernández sabe ubicarse donde el sol calienta. Una sola vez dejó pasar la oportunidad dorada por considerar que le planteaban una trampa. Sucedió hace quince años, cuando Eduardo Duhalde había decidido no postularse y buscaba desesperadamente una figura para oponerle al riojano en los comicios de 2003. Pensó en Carlos Reutemann, que rechazo su ofrecimiento. Luego en Mauricio Macri, que declinó a último momento; y, por fin, en Felipe, que hizo otro tanto. A semejanza de quienes se anotaron para estar en la calesita, el problema con Solá es su falta de peso electoral. Es bien conocido y nadie podría negarle falta de experiencia en el manejo de la cosa pública. Que careciese de imagen no sería fundamental. Pero huérfano de votos —a juzgar por los relevamientos conocidos— como Urtubey y Rossi, es casi un candidato testimonial.

Hay —si se acepta el término— un segundo pelotón en donde forman aquellos que aún no han dado un paso al frente pero cuyas actitudes y movimientos apuntan, de manera inequívoca, en dirección de la calesita. Con mayor peso que los anteriores, Sergio Massa, José Manuel de la Sota y Alberto Rodríguez Saá saben bien que nada los apura. Ninguno de ellos tiene el camino expedito para transformar sus deseos en una candidatura oficial. El jefe del Frente Renovador es el que más intención de voto registra en las encuestas, comparado con los demás integrantes del peronismo no kirchnerista. Sólo que esa ventaja se atempera si se considera que —más allá de los contactos con el mencionado espacio político— estrictamente hablando no forma parte del mismo. Si desea ingresar, lo recibirán con los brazos abiertos. Lo cual no supone que le alcance para convertirse en la cabeza de la formula, sin siquiera despeinarse. Las cosas no son tan sencillas en el PJ por dos razones: a diferencia de Cambiemos y de la Unidad Ciudadana, no hay jefes absolutos; como consecuencia de lo dicho, sobran aspirantes y —hasta ahora— escasean los votos.

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El del ex–gobernador cordobés representa un caso atípico. Por antecedentes, cualquiera lo ubicaría junto a sus compañeros justicialistas, compitiendo con Urtubey y Massa en las PASO de agosto de 2019. Sin embargo, las reuniones que ha mantenido con Máximo Kirchner en las últimas semanas parecieran indicar que su estrategia está más cerca, aunque no sea igual, de la de Felipe Sola y Alberto Rodríguez Saá que de la de los peronistas clásicos. Sin descartar el primero de los caminos, hoy el político mediterráneo se considera capaz de emerger como un candidato de transacción si acaso todas las tribus peronistas se pusiesen de acuerdo y lograsen conformar un solo bloque electoral. Algo que también supone posible el puntano, aunque no pierde la esperanza de acompañar a Cristina Fernández en el supuesto —bastante probable, dicho sea de paso— que optase por presentarse y clausurase así las esperanzas de varios que imaginan competir en unas PASO de Unidad Ciudadana.

El análisis seria incompleto de estar ausente la viuda de Néstor Kirchner. Es cierto que no ha dicho, hasta ahora, esta boca es mía. Pero también lo es que puede darse el lujo—reservado sólo a ella— de esperar y recién descubrir su juego en junio del año que viene. Nadie está en condiciones de enmendarle la plana dentro del movimiento que lidera y está fuera de duda que, por razones de concesión política, no dirá nada hasta conocer el resultado que tendrá el ajuste económico en marcha y cuál será el estado de situación del país en el momento que decida tomar una decisión.

En teoría existen más motivos para pensar en el sí de la señora que en el no. En una eventual primera vuelta orillaría, de acuerdo a la mayoría de las encuestas, el 27 % ó 28 %, superando a cualquiera de los peronistas ortodoxos por más de quince puntos y a sólo seis o siete puntos de Macri. Algunos relevamientos —el de Hugo Haime y el de Raúl Aragón— la ubican arriba por un punto en una supuesta segunda vuelta, si bien con 20 % de indecisos. A lo expresado habría que sumarle otras dos razones: la cantidad de diputados que retendría aun llegando segunda y la posibilidad de conformar las listas conforme a su voluntad. El rédito que obtendría compitiendo sería siempre —ganase o perdiese— mayor que el de quedarse en su casa.

La calesita ha comenzado a girar. Falta mucho para que quede completa.

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