Yupanqui: arquetipo del comunista millonario. Por Mayo Von Höltz

Yupanqui era esa especie tan común de comunista millonario, como su siniestra amiga Mercedes Sosa. Es decir, una persona que para la gilada dice que las Las penas son de nosotros y las vaquitas son ajenas, pero que en su vida propia cuida mucho de sus vaquitas con una sonrisa de oreja a oreja al saber que nadie se las roba porque se encuentra en un régimen capitalista, con lo cual lo que El arriero debiera decir es: «todas las vaquitas son mías porque me hice millonario cantando canciones sensibleras que dicen que los pobres sufren, no por ser cobardes y haraganes, sino porque los ricos los explotan.» Pero resulta que no, el tipo vivía en París, se transportaba en un Mercedes Benz y decía que Las penas son de nosotros y las vaquitas son ajenas.

Lo cierto es que no tiene nada de malo tener ambiciones grandiosas como Henry Ford o Carlos Slim, lo malo es que tales ambiciones sólo puedan perpetrarse usando a las personas como instrumentos a tus fines. La coerción es lo malo, no el lujo. No tiene nada de malo que yo quiera pasear en un yate de 50 metros de eslora y canillas de oro con 100 prostitutas rubias que me satisfagan todos mis caprichos, lo malo es que yo pague mis lujos con dinero robado a personas decentes. Si soy un empresario millonario que no recibió jamás un subsidio estatal, no tiene nada de malo que encienda mis puros quemando rollos de cien dólares con los cuales una familia tipo podría vivir un mes. Malo es que viva pobre y austeramente con el dinero de las asignaciones universales, ya que tal dinero es dinero sucio porque dinero robado por compulsión fiscal a sus verdaderos dueños.

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Ser austero con lo propio está bien, ser austero con lo ajeno está mal (por mas que sea peor despilfarrar lo ajeno como hacen los políticos); ser depilfarrador del dinero propio como hacía Fort no tiene nada de malo, por el contrario, es un ejemplo moral a todos los millonarios que sienten culpa por sus millones y por su éxito, resignándose a gastar como se les da la gana sólo cuando se aseguran que no hay envidiosos mirando. Jamás se debe alterar la propia y libre conducta en consideración a los mediocres.

 

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