Ver para creer. Por Vicente Massot

Hay una sensación que cruza en diagonal a la sociedad argentina, con la particular e importantísima coincidencia que, desde hace rato, esa sensación ha trascendido las fronteras nacionales. No sólo los habitantes de estas playas, sin distinciones ideológicas o de cualquier otro tipo, sino quienes en el mundo miran o se interesan por nuestros asuntos, coinciden en que es necesario desensillar hasta que aclare, para expresarlo con arreglo a una terminología gauchesca. Traducido al idioma de los mercados y de la política internacional, y expresado en inglés, vendría a ser: wait and see. En una palabra, estamos todos —nativos y extranjeros— pendientes de cuanto suceda entre agosto y octubre. Lo cual es indistinto a decir que contenemos el aliento a la espera de los resultados de las elecciones que habrán de substanciarse en los meses señalados.

La razón en virtud de la cual las inversiones directas —no las de cartera— brillan por su ausencia; los capitales productivos ponen el freno; la mayoría los jueces se echan a la retranca y los senadores y diputados ajenos al kirchnerismo piensan cien veces y no terminan de decidirse si acompañar o no a sus pares de Cambiemos en la embestida contra Julio De Vido y Alejandra Gils Carbó, es directamente proporcional a la incapacidad del gobierno de dar imagen de solidez y al magro crecimiento de la economía en el año y medio que lleva Mauricio Macri al frente de la administración de la cosa pública.

Si los números le hubiesen sonreído al gobierno, otra hubiese sido la historia. Pero lo cierto es que el diagnóstico del macrismo en diciembre de 2015 no fue acertado y los pronósticos que tejió respecto del segundo semestre del año siguiente no pudieron resultar más erróneos. Conclusión: el Pro y sus aliados llegan a los comicios enredados en una verdadera paradoja. Por un lado, tienen buenas posibilidades de ganar. Al mismo tiempo, las dudas en punto al futuro se encuentran a la orden del día. El fenómeno resulta nuevo.

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Nunca antes, desde 1983 a la fecha, un partido o alianza en el poder, con un horizonte despejado en términos de las elecciones de medio término, tuvo que hacer frente a algo así. Si bien la sombra de Cristina Fernández recortándose victoriosa en el horizonte poselectoral podría explicar en parte el por qué de la incertidumbre, la cuestión excede con creces a la ex–presidente. En realidad, la sensación existía con anterioridad a la candidatura de la viuda de Kirchner. Su decisión de bajar al ruedo y encabezar la lista de senadores de la provincia de Buenos Aires, le agrego leña al fuego. Nada más.

En cada oportunidad que Macri viaja al exterior, presidiendo una delegación o movido por el propósito de asistir a una conferencia cumbre o de reunirse con alguno de sus pares de los países más desarrollados del mundo, todo cuanto cosecha son elogios. Que, por igual, repiten los grandes analistas económicos. Sin embargo, son contadas con la mano las inversiones de riesgo que llegan al país.

Sería insensato pensar en una suerte de esquizofrenia de parte de los mercados y de las empresas multinacionales que, en paralelo con sus felicitaciones de palabra, trancan el freno a la hora de invertir. Lo mismo cabría decir de los empresarios nativos que, en su gran mayoría, votaron a Macri y hoy se muestran desconcertados. No los ha ganado el desencanto, como sí ocurre que no terminan de saber a qué atenerse. Tienen más dudas que certezas y actúan en consecuencia. Es decir, …esperan.

Con los magistrados federales, pasa algo similar. Acostumbrados a manejarse en consonancia con el poder de turno —en una suerte de juego de doy para que me des— ahora cajonean expedientes y miran para otro lado, atentos a qué tan fortalecido o debilitado emerge el gobierno después de octubre. Imaginar, pues, que el juez Luis Rodríguez iba a acceder al pedido de detención y declaración indagatoria de Julio De Vido, en la investigación por el desvío de fondos públicos destinados a reconvertír la empresa Yacimientos Carboníferos, era una candidez. Por no decir una estupidez. De aquí a diciembre difícilmente haya definiciones de importancia en lo referente a inversiones, condenas o votos parlamentarios favorables al oficialismo.

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De la misma manera que los jueces —excepción hecha de Claudio Bonadío—, los diputados y senadores que eventualmente habrían votado el desafuero del ex–ministro kirchnerista —si hubiese habido un pedido judicial de por medio— retroceden ante la idea de sumarse al macrismo y resolver el tema por la sola vía parlamentaria. Nadie mueve un dedo ni da un paso en falso.

Saber quién ganará y quién perderá en octubre es, por supuesto, importante. Pero lo fundamental, lo que en rigor ha dado tanto espacio a las dudas, es aquello que hará o no la administración de Cambiemos a partir del momento en que se conozcan los resultados de la elección. Si el oficialismo perdiese en Buenos Aires, es claro que sus dificultades se incrementarían en forma exponencial. Lo curioso —o no tanto— es que, aunque triunfase, la incertidumbre no desaparecería de la noche a la mañana. Es que todos, dentro y fuera de la Argentina, son conscientes de lo que falta hacer, y son pocos los que, sin ver hechos concretos, se hallan dispuestos a creer. Sobre el particular podría sostenerse que, a la hora de tomar una decisión y poner una ficha para apoyar al gobierno, son legión los seguidores del apóstol Tomás.

 

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