Dom. Sep 27th, 2020

Prensa Republicana

Con las ideas derechas

El valor temporario de la esperanza. Por Vicente Massot

Las formas habituales con arreglo a las que la gente del común —es decir, cualquiera de nosotros— interpreta la realidad, pondera la información a su alcance, evalúa los distintos escenarios que se presentan por delante suyo y, finalmente, adopta esta o aquella decisión, no necesariamente siguen un mismo derrotero lógico. No hay, pues, conductas de carácter racional contrapuestas a otras que arrastrarían una impronta irracional. Unas personas piensan que X es mejor que Y privilegiando ciertos factores; factores que podrían parecerle desatinados o incomprensibles a quienes partiesen de supuestos diferentes para entender y juzgar esos mismos datos. En definitiva, no existe —ni en la Argentina ni en ningún lugar del mundo en donde su sistema político tenga como común denominador a la democracia de masas— un decálogo que defina, sin sombra de duda, qué es lo correcto y distinga, a la vez, lo bueno de lo malo en materia de simpatías políticas.

Los nostálgicos del régimen que acabó el pasado 10 de diciembre no se cansan de tejer conjeturas respecto de cuánto falta para que una buena parte de la ciudadanía —a poco de comparar cómo vivía y qué tanto podía comprar con sus ingresos durante los doce años de administración kirchnerista respecto a lo que les sucede hoy— se canse de soportar los rigores del ajuste macrista y opte por darle la espalda al actual gobierno. En ese orden, las encuestas que se agitan a diestra y siniestra hacen hincapié en unos números que pecan menos por falsos que por incurrir en un exceso de reduccionismo. Suponer que las personas que se beneficiaron económicamente con Néstor y Cristina Kirchner vayan a trazar una comparación de esa naturaleza y de resultas de la misma concluyan que, como entonces estaban mejor, convendría ahora tomar distancias de este gobierno, importa un error de apreciación considerable.

Es previsible que si se le pregunta a la gente, en un relevamiento de los que se hacen mes a mes, si su poder adquisitivo era más amplio un año atrás que hoy, la mayoría responda en forma afirmativa. Pero eso no agota la cuestión. Es que el parecer de una mayoría de los argentinos sobre la gestión que lleva adelante Cambiemos no se reduce pura y exclusivamente al salario real, el nivel de inflación y las posibilidades de acceder a determinados bienes de consumo masivo. Lo que aparece con suficiente nitidez en las encuestas de opinión —como para que nadie que no fuese un ignorante, o que actuase de mala fe, le pasase desapercibido— es un dato fundamental a la hora de hacer proyecciones y estimar consensos: la estimación acerca del futuro personal.

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Nadie con un mínimo de sentido común y conocimiento de la realidad echaría en saco roto los efectos dolorosos que ha traído aparejado el reacomodamiento de precios relativos. Nadie podría seriamente negar el costo que están pagando, sobre todo las clases medias y bajas, por efecto del inevitable sinceramiento de la economía en el cual debió empeñarse el macrismo, so pena de que la herencia envenenada que recibió de sus predecesores le estallase delante de sus narices con consecuencias ominosas para el país. Nadie —finalmente— estaría dispuesto a apoyar siquiera un día más al gobierno presente si no considerase que va a mejorar la situación el año próximo.

El meollo de la cuestión se halla centrado no tanto en el presente como en el futuro. Si el común de las personas fuese a definir su posición en correspondencia con los números económicos del primer semestre, Cambiemos tendría, si no los días contados, sí un problema de órdago en los meses por venir. Ello, por un hecho sencillo: resulta imposible transformar un ciclo vicioso en otro virtuoso como por arte de magia, en tan corto espacio de tiempo.

Cuando, de Mauricio Macri para abajo —incluyendo, entre otros funcionarios de primer nivel, a Gabriela Michetti, Marcos Peña, Alfonso de Prat Gay y Rogelio Frigerio— machacan todos, hasta de manera monocorde en algunos casos, respecto de cómo van a cambiar las cosas en los segundos seis meses del año, en realidad están haciendo dos cosas al mismo tiempo: de un lado transmiten la convicción personal de que van por el buen camino; del otro, refuerzan la esperanza de un importante segmento de argentinos que consideran —y lo dicen— que lo que viene será provechoso para ellos. No porque sean macristas —o al menos, no necesariamente— sino por las más diferentes razones en donde la ideología juega un papel menor. Algunos porque necesitan creer; otros porque quieren creer y, por supuesto, también están los que realmente lo creen a pie juntillas.

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Como quiera que sea, la administración macrista de pronto se ha encontrado con un efecto inesperado a su favor, que no desea desaprovechar. No es algo pocas veces visto —por el contrario, se ha repetido incesantemente en nuestro pasado— aunque no ha sido usual percibir un grado de adhesión todavía tan alto respecto de un gobierno que ha debido poner en práctica un fuerte ajuste. Se equivocaría quien imaginase que la esperanza que sale a la luz en los relevamientos que venimos comentando refleja lo hondo que ha calado el macrismo en la ciudadanía. No hay nada de eso. El fenómeno no puede explicarse en consonancia con criterios ideológicos sino con base en la psicología social: los seres humanos anhelamos aquello que rima con nuestras preferencias.

Pero hay una segunda razón susceptible de explicar el respaldo que conserva, a esta altura de su derrotero, el gobierno. No se vincula con la esperanza a la que venimos haciendo referencia sino al hartazgo y al rechazo que genera el kirchnerismo en vastos sectores de una ciudadanía estupefacta ante las evidencias —cada día más notorias— de que la administración del matrimonio K fue la responsable de un saqueo generalizado de los dineros públicos.

Todavía resonaban los ecos de Báez Jr. y sus amiguitos contando descaradamente billetes verdes al por mayor en La Rosadita cuando fue descubierto, de manera insólita, el brazo derecho de Julio De Vido, con U$ 8,7 MM en su poder. Más allá de lo que determine la Justicia, una parte del país ya se ha hecho composición de lugar y tiene un veredicto respecto de la corrupción kirchnerista. A medida que crecen los escándalos en que se hallan involucrados Cristina Fernández, Julio De Vido, Lázaro Báez, Cristóbal López, y vaya a saber uno cuantos más, aumenta el estupor de la gente.

La esperanza de un futuro mejor y la toma de distancias de todo lo que huela a kirchnerismo explican en buena medida el por qué hoy 60 % de los argentinos, poco más o menos, continúan extendiéndole un voto de confianza a Macri.

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