Uno se equivocó – Por Vicente Massot

La Argentina no deja de sorprendernos o quizá fuera mejor decir —para no cargar injustamente en la cuenta de la Nación cuanto es, al fin y al cabo, un vicio de parte de sus habitantes— que la reacción de la gente politizada resulta curiosa. Era por demás evidente que Cristina Fernández le impondría a Daniel Scioli un candidato a vicepresidente de su riñón. El escogido por la viuda de Kirchner fue Carlos Zannini, pero —de no haber sido él— en la lista de la Casa Rosada figuraban Wado de Pedro, Axel Kicillof y Sergio Urribarri, entre otros. Ninguno, por supuesto, que no fuese incondicional del relato y del modelo puesto en vigencia por el santacruceño y continuado, al pie de la letra, por su mujer.

Pensar que el gobernador bonaerense podría —en un exceso de arrojo— plantarse y exigir a su lado a un gobernador con auténtico pasado peronista era una ingenuidad. Sin embargo, el cimbronazo que produjo el anuncio de Zannini —que sólo debía conmover a Florencio Randazzo— impactó en el empresariado, en los bienpensantes y en algunos sectores independientes como si de pronto se hubieran encontrado en una iglesia con Satanás. Tan equivocados estaban respecto del margen de independencia de Scioli —y tanto habían creído en las charlas de sobremesa del mandatario bonaerense— que al conocer la noticia retrocedieron con espanto. Enterados, pocas horas después, de la conformación de las listas de diputados y senadores, se convencieron —algo tarde— que las promesas de Scioli acerca del manejo de la cosa pública a partir del 12 de diciembre eran fantasías o —lisa y llanamente— mentiras de un timorato siempre dispuesto a hacerle escuchar a su interlocutor lo que éste desea oír.

Está claro que la radicalización del candidato del FPV —festejado ahora por todas las tribus y capillas intelectuales del kirchnerismo— no es sólo parte del folklore sino una exigencia que, conforme transcurra el tiempo y se acerquen las elecciones, el ex–motonauta deberá cumplir a rajatabla. Poco importa que, en el fondo de su corazón, se encuentra más cerca del Dúo Pimpinela y del Muñeco Mateyko que de Néstor y Cristina. Rodeado como se halla y encantado con el juguete que le han dado —un cargo vaciado de poder, en caso de ganarle a Mauricio Macri— desde hoy cumplirá estrictamente lo que le manden hacer.

La decisión de Cristina Fernández deja abierto un flanco en su retaguardia —perdón por recurrir al lenguaje militar— que podría resultar peligroso para el FPV en términos electorales. Es cierto que a la mayoría de los votantes el nombre del todopoderoso titular de la Secretario Legal y Técnica le dice poco o nada. Literalmente, no saben quién es. También es cierto que para los kirchneristas, ya convencidos de votar a Scioli, nada cambió. Pero el nudo de la cuestión no reside en las mayorías sino, por paradójico que luzca, en las minorías independientes simpatizantes del sciolismo.

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Lo que no está dicho y sólo se develará el próximo 9 de agosto es cómo habrá de reaccionr ese segmento menor pero fundamental del votante no kirchnerista —aunque seguidor de Scioli— frente al papel de monigote que al mandatario bonaerense le reservó su mandante y al grado de servilismo que ha demostrado. Básicamente en razón de que, tal como marcha la campaña y dada la polarización que ya es un hecho, lo más probable es que la elección del 25 de octubre sea una de las más peleadas de la historia argentina contemporánea. Y si es así —y parece serlo— decidirán los comicios venideros tres franjas, por llamarles de alguna manera: los votantes de Margarita Stolbizer, los de Sergio Massa y los independientes.

Cuando el 10 de agosto todos sepamos a ciencia cierta dónde estamos parados y cuál es el caudal electoral de los candidatos, quienes hayan sufragado a favor de la radical y los que hayan preferido al FR, en octubre se inclinarán —en una gran proporción— por los únicos dos presidenciales con chances verdaderas de ganar: Macri o Scioli. Por eso en más de una oportunidad dijimos algo que vale repetir: de cómo decante el voto del tercero y el cuarto en agosto dependerá, en buena medida, el resultado final de octubre —o eventualmente, noviembre.

Ésta era la gran incógnita hasta el momento en que se hizo oficial la candidatura de Zannini, que ha venido a generar la otra incertidumbre mencionada: los indecisos que tenían pensado votar a Scioli o los que pensaban que una vez elegido presidente sería distinto del kirchnerismo, ¿mantendrán su posición o ellos también retrocederán espantados?

Todas las conjeturas que se puedan enhebrar en términos de la cuestión, bienvenidas sean. A condición —claro— de no transformarlas en verdades canónicas. Es pertinente trazar estrategias con base en la presunción de que la gente se inclinará por este o aquel candidato o de que el voto de Massa decantará naturalmente hacia el PRO o el FPV. Eso es lo que han hecho, en el curso del último mes, los responsables de las campañas de Scioli y de Macri.

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Si se analizan sin preconceptos las decisiones tomadas por Cristina Fernández, en el caso del oficialismo, y por el equipo que rodea al jefe del Pro, queda a la vista hasta dónde unos y otros vertebraron sus respectivas estrategias con base en conjeturas. Lo cual es enteramente lógico. En política y respecto del futuro —de suyo incierto— abundan las incertidumbres. Las certezas son siempre excepcionales por lo escasas.

La apuesta de Balcarce 50 ha sido que Carlos Zannini no espantará a nadie del núcleo duro kirchnerista y tampoco hará mella en los sciolistas independientes. Así como la Señora terminó de convencerse que las posibilidades de conservar el poder requerían, como condición necesaria, a un candidato con votos —aunque lo despreciara— así también la imposición a Scioli de un comisario político es fruto de esa misma necesidad, vista desde un ángulo diferente. Dicho de otra manera: si Randazzo hubiese medido tanto o más que Scioli, al ex–motonauta lo hubiesen dejado en La Ñata jugando al papifútbol. Pero era el único con capacidad para eventualmente ganarle a Macri y por eso lo bajaron al ministro y le dieron el espaldarazo final al gobernador. Si a Zannini —por incondicional e inestimable que sea su presencia— Cristina Fernández lo hubiese considerado un piantavotos, no lo habría tenido en cuenta. Ahora bien, si su conjetura es válida, quizá pueda festejar a fin de año. De lo contrario, tejerá escarpines para sus nietos.

La apuesta del Pro fue que a Massa no lo necesitaban porque lo que de él interesaba —sus votos cautivos— decantarían sin duda hacia el macrismo. No resultó un capricho ni una corazonada. Convencido su estado mayor de que en el FR prima el antikirchnerismo, al margen de las simpatías peronistas, era racional que escogieran ese camino cerrándole a Massa toda posibilidad de llegar a un acuerdo en la provincia de Buenos Aires.

Las dos apuestas mencionadas podrán discutirse hasta el hartazgo y es probable que las diferencias de opinión, acerca de si eran razonables, continúen aun después de conocerse el nombre del presidente electo entre octubre y noviembre. Pero no tienen vuelta. Cristina Fernández eligió a Zannini y no le está permitido el arrepentimiento. Mauricio Macri eligió dejar afuera de su espacio a Massa y no tiene retorno. Los dos hicieron lo que hicieron, convencidos. Es posible, también, que uno de los dos se haya equivocado y con ello haya clausurado sus chances de conservar o de llegar al poder el 11 de diciembre.

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