¿Una revolución posmoderna? Por Mario Caponneto

En apenas unas pocas semanas el panorama político de Sudamérica ha sufrido una transformación radical. De un cierto equilibrio inestable entre los gobiernos de la región de signos políticos opuestos se ha pasado a una situación de convulsión y desestabilización del statu quo, actualmente en desarrollo, y cuyo desenlace al momento de redactar estas líneas permanece incierto.

La «rebelión indígena» en Ecuador, la terrible y prolongada guerra social desatada en Chile, la inopinada libertad del ex presidente de Brasil Lula da Silva, condenado por delitos de corrupción -inequívoca maniobra política contra el gobierno de Jair Bolsonaro perpetrada por vía judicial-, los gravísimos acontecimientos en Bolivia tras la renuncia de Evo Morales, son los hitos de una más que evidente escalada de violencia, de caos y de malos presagios para nuestra desdichada Iberoamérica.

No hace falta demasiada perspicacia para advertir que estos hechos, sucintamente enumerados, responden a un plan concertado y dirigido desde alguna central de operaciones. Por lo demás, las «brisitas bolivarianas» anunciadas por el líder venezolano Diosdado Cabello dejan pocas dudas al respecto. Súmese a esto la presencia, harto comprobada, de activistas venezolanos y colombianos en los países involucrados, más el público reconocimiento por parte de Maduro de que se están ejecutando los planes del Foro de San Pablo y quedará bien a la vista quienes están detrás de los sucesos de Quito, Santiago y La Paz.

FORO DE SAN PABLO

La mención directa del Foro de San Pablo nos obliga a detenernos, siquiera someramente, sobre esta siniestra organización continental que desde 1990, año de su fundación en la ciudad brasileña que le da el nombre, viene actuando como una auténtica task force de las izquierdas iberoamericanas cuyo objetivo no es otro que prolongar, por medios distintos, en un escenario distinto, la Guerra Revolucionaria desatada por el Comunismo en nuestras naciones en las décadas de los años sesenta y setenta del pasado siglo.

Este Foro, fundado el 3 de julio de 1990, nació gracias a una iniciativa conjunta del Partido de los Trabajadores (PT) de Brasil liderado por Lula da Silva y el Partido Comunista Cubano por entonces al mando de Fidel Castro. La idea surgió en La Habana, en ocasión de una visita de Lula da Silva al difunto tirano caribeño, con la finalidad de redefinir los objetivos y la estrategia de las izquierdas revolucionarias en Iberoamérica tras el derrumbe del Muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética que hasta ese momento oficiaba de centro operacional de la Guerra Revolucionaria con cabecera de playa en Cuba.

Aquella Guerra Revolucionaria que cubrió de sangre y de luto la mayoría de los países iberoamericanos con su estrategia de guerrilla armada como fase final del proceso de subversión ideológica, fracasó en su intento de toma del poder. Mal o bien, los Estados nacionales se defendieron y aniquilaron la acción de las guerrillas. Por otra parte la desaparición del principal centro operativo, la Unión Soviética, dejaba ya sin apoyo político y logístico cualquier intento de reanudar la ofensiva revolucionaria en los mismos términos en los que se había desarrollado hasta entonces. Que este fue el contexto internacional que dio origen al Foro de San Pablo lo han reconocido sus mismos fundadores. Tal el caso de Roberto Regalado, autor del libro Encuentros y desencuentros de la izquierda latinoamericana. Una mirada desde el Foro de Sao Paulo, en el que sostiene que la izquierda latinoamericana, a la vista del derrumbe de la URSS, se vio obligada a replantear sus cursos de acción y descifrar qué impacto tendría la nueva situación en las condiciones y los sujetos de las luchas populares en la región (1).

Es evidente, por tanto, que ante el nuevo escenario la Guerra Revolucionaria debía trazar nuevas estrategias sin abandonar nunca el objetivo fundamental: imponer el comunismo ateo y apátrida en toda la geografía de Iberoamérica. El viejo y delirante sueño de Fidel Castro de hacer de la Cordillera de los Andes la Sierra Maestra de toda América venía, ahora, sustituido por una Nueva Guerra Revolucionaria, en apariencia incruenta, y decidida a transitar, incluso, la vía de las democracias que tras la disolución de los gobiernos militares comenzaban a reinstaurarse en los países de la región.

Desde su fundación hasta la fecha el Foro de San Pablo viene realizando unos Encuentros anuales en distintas ciudades de Iberoamérica: en total son veinticinco los hasta ahora celebrados incluyendo el del presente año que tuvo lugar en Caracas en el mes de julio. Al final de cada Encuentro el Foro emite una Declaración. Nada de esto es secreto; por el contrario se encuentra profusamente difundido en internet. Pero, al parecer, pocos se toman el trabajo de leer los textos de esas Declaraciones pese a que su lectura es muy ilustrativa y ofrece un rico material para el análisis.

LEÉ TAMBIÉN:  Nadie es VOX en Argentina ni lo quiere ser. Por María Zaldívar

En primer lugar, el tono y el lenguaje de estas Declaraciones es reiterativo en cuanto a su rechazo de la «derecha», el «imperialismo», su adhesión al indigenismo, al feminismo y a la ecología, sus constantes apelaciones a la liberación de los pueblos, en suma todos los tópicos de la izquierda latinoamericana preñados de un maniqueísmo político cuyo burdo simplismo asombra, por decir lo menos.

En este sentido, salvo las ya mencionadas apelaciones al ecologismo y al feminismo, algunas alusiones a la ideología de género y el uso de las locuciones «inclusivas», el tono no parece diferir demasiado de lo que la izquierda viene predicando desde los lejanos días setentistas aun cuando se presente como el socialismo del siglo XXI.

Pero, como bien sabemos, en el panorama ideológico de este siglo han aparecido nuevos conceptos y criterios revolucionarios que expresan el paso de la «modernidad» a la «posmodernidad»; se hace preciso, por tanto, examinar estos criterios revolucionarios posmodernos a fin de evaluar de qué modo y en qué medida están incidiendo en la configuración de la Nueva Guerra Revolucionaria en pleno desarrollo actualmente en Iberoamérica.

OTRO SUJETO

El cambio de conceptos al que estamos aludiendo es la aparición de un nuevo sujeto revolucionario en la sempiterna dialéctica marxista que a lo largo de sus mutaciones históricas y doctrinales permanece idéntica en cuanto a su fondo que no es otro que la revolución permanente. Nos referimos a la multitud tal como la han propuesto Antonio Negri y Michael Hardt los teóricos del posmodernismo revolucionario.
Estos autores conciben los términos de la nueva dialéctica como Imperio y Multitud. Para ellos, el concepto de Imperio designa el «dispositivo global contemporáneo», representa, ante todo, «la nueva forma de soberanía» que ha sucedido a la soberanía del Estado-Nación y reúne en sí las tres formas de gobierno -monarquía, aristocracia y democracia- «combinándolas en una sola dirección soberana unificada», aunque de hecho es más bien monárquico como lo evidencian las fases de conflicto militar en las que es manifiesta la supremacía del Pentágono que merced a su arsenal atómico y su superioridad tecnológica, puede dominar el mundo (2).

En el marco de este Imperio se ha producido una transformación radical de tal magnitud que obliga a revisar los conceptos fundamentales de la filosofía política; y el primer concepto que ha de ser revisado es la democracia.

Esta se ha venido dando hasta ahora en el marco del Estado-Nación: el pueblo, entendido como «una representación que hace de la población una unidad», es el depositario de la soberanía, la llamada soberanía popular -identificada a su vez con la soberanía nacional- cuyo ejercicio se hace por vía de las instituciones que aseguran la representatividad política, sobre todo, a través del sufragio universal cuyo lema es: un hombre, un voto, uno de los grandes ideales en torno a los cuales se articularon y se articulan distintos esquemas de poder y de representación.

Pero con el advenimiento del Imperio esta democracia ya no es posible; por eso los autores hablan de una «democracia incumplida» o una «democracia inaccesible».

La conclusión es que hoy, en el contexto de la globalización impuesta por el Imperio, resulta imposible entender al pueblo como sujeto político y más imposible todavía representarlo institucionalmente. Es a partir de esta conclusión que aparece la idea de un contrapoder que enfrente al Imperio y haga posible la democracia incumplida o inaccesible. Este contrapoder no es otro que la multitud, concepto que Hardt y Negri distinguen muy bien respecto de otros conceptos como pueblo, clase o masa.

A diferencia del pueblo, la multitud no es una unidad sino «una multiplicidad ilimitada e inconmensurable», «una multiplicidad singular, un universal concreto», que desafía la representación ya que la multitud no es representable «porque aparece como monstruosa a los ojos de los racionalismos teleológicos y trascendentales de la modernidad» (3).

Tampoco se identifica con la masa o la muchedumbre puesto que éstas son fuerzas sociales irracionales muy a menudo violentas, peligrosas y manipulables.

La multitud es «un agente social activo», «una multiplicidad actuante», está organizada o, mejor dicho, autoorganizada lo que le permite ahuyentar de ella los fundados temores a las masas incluido el temor a la tiranía de las mayorías que, con harta frecuencia, han servido como un mecanismo de chantaje para obligar a aceptar o, incluso, a reclamar nuestra propia dominación (4).

LEÉ TAMBIÉN:  Nuestra Señora de París. Por Sertorio

CONTRA LA NACION

Al final de todas sus consideraciones los autores arriban a una sola conclusión: no queda otro camino para llevar adelante la nueva democracia, la «democracia de la multitud» que la revolución (5). Como se ve, la dialéctica marxista desemboca siempre en lo mismo: la revolución; sólo que los sujetos de esa revolución van mutando. Esta democracia ya no se corresponde más con la idea de nación, por el contario, ella se configura como «un combate contra la nación», ni tampoco a la de pueblo, sino que se corresponde con el ya mencionado concepto de contrapoder que implica tres elementos: resistencia, insurrección y poder constituyente.

Estos tres elementos han de ser considerados como un proceso y deberán ser fundidos en una única noción de contrapoder que conduzca, finalmente, a una nueva formación social alternativa.

A la luz de cuanto llevamos expuesto es posible advertir que en Iberoamérica el proceso revolucionario cabalga, por así decirlo, entre los cánones de la «modernidad» y los nuevos vientos del posmodernismo. Por un lado, en efecto, la idea de Estado-Nación en oposición al «imperialismo» (categoría que se aplica con exclusividad a Estados Unidos) sigue estando vigente en el lenguaje y en los planteos revolucionarios de las izquierdas.

Hay una retórica «nacionalista» que responde al nacionalismo clasista, populista y socialista (ya denunciado entre nosotros por Jordán B. Genta en la década del setenta del pasado siglo).
Este nacionalismo ideológico e ideologizado, al que habría que añadir un indigenismo radical, acusa una presencia nada despreciable en el panorama de las izquierdas iberoamericanas y su vigencia, al día de hoy, no puede ser dejada de lado a la hora de analizar los factores ideológicos en juego.

Sin embargo, no es menos cierto que al lado de esta todavía fuerte vigencia del Estado-Nación -en el que la soberanía nacional se reduce a la soberanía popular y la democracia asume formas decididamente populistas de democracia directa y no representativa al estilo de las democracias liberales- van cobrando cuerpo y presencia algunos elementos que responden, más bien, a la noción de multitud de Hardt y Negri.
Lo hemos visto sobre todo en Chile. Las llamadas «movilizaciones pacíficas», integradas en buena medida pero no exclusivamente, por personas de la emergente clase media chilena, inauguraron el clima de resistencia, insurrección y exigencia de un nuevo poder constituyente.

A la par de estas movilizaciones hizo su aparición una violencia política de una intensidad pocas veces vista que parece asemejarse más a los «chalecos amarillos» de París que a las revueltas latinoamericanas.

Estas movilizaciones, al parecer, están indicando la presencia inequívoca de la multitud y su carácter de contrapoder que disputa abiertamente el poder constituido.

Los casos de Ecuador y Bolivia son distintos. Estas dos naciones no han salido todavía de la «modernidad». Sin duda, la ideología indigenista, junto con fuertes reclamos de clase y reivindicaciones antiimperialistas, tiene aún un peso decisivo.

DOBLE COMPONENTE

La Nueva Guerra Revolucionaria que vemos hoy configurarse en Iberoamérica tiene, por tanto, este doble componente lo que la torna aún más compleja y difícil a la hora de entenderla y, sobre todo, de enfrentarla.

Hay un elemento común a la Nueva y Vieja Guerra Revolucionaria: es la incapacidad de los Estados, vaciados en el molde del liberalismo político, de la democracia representativa y de la economía liberal, de enfrentar con eficacia la Guerra Revolucionaria.

En el pasado ni siquiera los gobiernos militares entendieron la verdadera naturaleza de la guerra a la que se enfrentaban. Esta es la razón de que al éxito en lo militar siguiera una aplastante derrota en el plano político y cultural.

No podemos repetir los errores del pasado. Urge, por tanto, prepararse para enfrentar esta nueva guerra para lo cual es imprescindible conocer su naturaleza, sus causas, sus agentes y sus objetivos y elaborar una Doctrina Contrarrevolucionaria fundada en los principios perennes de la Civilización Cristiana. De lo contrario, nos encaminamos a una nueva derrota.

(1) Cfr. Roberto Regalado, Encuentros y desencuentros de la izquierda latinoamericana. Una visión desde el Foro de Sao Paulo, México, 2008, página 26.

(2) Cfr. Michael Hardt y Toni Negri, «La multitud contra el Imperio», en OSAL, Observatorio Social de América Latina (no. 7 jun. 2002).

(3) Ibídem.

(4) Ibídem.

(5) Ibídem.

 

Manifestantes antigubernamentales enfrentan a la policía chilena durante las protestas en Santiago.

 

http://www.laprensa.com.ar/

Más en posmodernidad
El sexo triste o la carne caída. Carne exaltada frente a penuria afectiva. Por Philippe Forget

En su lugar, arrinconando cualquier embriaguez carnal, hombres y mujeres se buscan bajo el imperativo del humor, la...

Cerrar