Mié. May 27th, 2020

Prensa Republicana

Con las ideas derechas

Una pandemia que exige más de una mirada. Por Miguel De Lorenzo y Mario Caponnetto

Las epidemias representaron y aún representan uno de los más grandes desafíos de la medicina. Grandes grupos de población se encuentran de un momento para otro ante un grave peligro capaz, en ocasiones, de acabar con sus vidas.

Generalmente se trata de una enfermedad cuyas causas se desconocen o son apenas entrevistas. Se sabe poco y a veces nada de los mecanismos íntimos que provocan la enfermedad, se sabe poco  de las vías a través de las cuales se propaga y menos aún acerca de terapias eficaces o de cómo atenuar posibles efectos letales.

En el caso que nos ocupa, el COVID 19, algunos trabajos publicados recientemente en The New England Journal of Medicine suponen que a fin de año la mitad de la población mundial podría estar infectada y, siguiendo esos cálculos de probabilidades epidemiológicas, no ven imposible una cifra cercana a cien millones de muertos. Otros grupos menos dramáticos en su apreciación de la enfermedad no descartan la posibilidad de que la pandemia agote por si misma los mecanismos de propagación antes de lo esperado[1]. Y acentuando aún más el margen de incertidumbre, y como variante de las posiciones anteriores, no es del todo imprudente suponer la llegada de cierta combinación de fármacos capaces de detener el avance de la enfermedad, dado que las vacunas requieren un prolongado período de preparación.

Pero las epidemias y las pandemias no son solamente un problema médico o mera cuestión de políticas sanitarias. Tienen también un incuestionable y más que importante costado político, social, económico y, ni decir, ético, espiritual y religioso. Por eso, ellas exigen más de una mirada. Por empezar, digamos que la dinámica social de las pestes es casi siempre la misma: un momento inicial de negación de los primeros casos o de subestimación ya sea por parte de los pacientes, de los sistemas de salud y más aún de los gobiernos. Por eso, la prudencia aconseja que las medidas de contención, aún las menos claras, no sean sin más descartadas si lo que se busca es contener la enfermedad.

Hemos leído en estos días apelaciones al sentido común de la gente, a la solidaridad y a otras bagatelas que en nuestra sociedad desacralizada pretenden sustituir las recias virtudes morales, como una eventualidad capaz de ayudar a detener el flagelo. En realidad la apelación al menos común de los sentidos poco tiene que ver en esta historia porque los virus no tienen sentido, ni siquiera de ese que llaman común. Tampoco la evanescente solidaridad alcanza. ¿No sería más sensato rescatar en momentos de prueba como este el viejo sentido de la caridad social como fundamento del bien común? ¿O simplemente recordar que el cuidado de la salud, propia y ajena, es una grave obligación que se deriva del quinto mandamiento de la Ley de Dios antes que de las instrucciones de la OMS y otros organismos sospechosos?

Pero ocurre que en otros extremos, digamos así, encontramos posiciones que no dejan de sorprender. Por ejemplo, a raíz del cierre de las piscinas de Lourdes dispuesta por las autoridades religiosas en un intento más de evitar o atenuar la propagación del virus, personas ilustres y muy queridas a las que reconocemos como incuestionables defensoras de la Fe en este tiempo de oscuridad, han calificado como desdichada esta medida y han promovido una suerte de clamor por la reapertura de las célebres piscinas.

Vale recordar al respecto que en investigación médica se escalonan las investigaciones otorgándoles diferente grado de certeza: las hay de eficacia comprobada hasta aquellas consideradas inútiles o contraindicadas con una amplia variedad intermedia. Las certezas requieren esfuerzo, investigación y tiempo y por lo mismo no es difícil pensar que a medida que se obtiene información y conocimiento se descarten aquellas que se comprueben como de eficacia nula o insignificante. En este caso el cierre mencionado, en este momento y desde el punto de vista epidemiológico, podemos entenderlo como prudencial y acertado.

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Además, es necesario discernir adecuadamente entre lo que corresponde al orden temporal y terreno, en que todo discurre según las causas segundas, y lo que concierne al orden sobrenatural en el que la Providencia de Dios tiene sus propios caminos casi siempre ocultos. Volviendo al caso de Lourdes, sería reprochable sospechar que la Santísima Virgen requiera algún tipo de agua para prodigar su misericordia a los enfermos y necesitados.

También algunos buenos Pastores (de los muy pocos que nos van quedando) a quienes sería injusto retacear nuestro agradecimiento en tanto infatigables defensores de la Fe, han publicado recientemente sus reflexiones acerca de la actual pandemia en las que se enfocan ciertos aspectos de la peste. En general esas reflexiones nos han recordado algunas verdades que solemos olvidar como, por ejemplo, la necesidad de la oración y la penitencia; pero han venido acompañadas de ciertas opiniones que, con toda humildad, juzgamos desacertadas. Así hemos oído hablar de la negación de derechos humanos fundamentales como las libertades de desplazamiento, de reunión y de opinión que parecen haber sido orquestadas a nivel mundial como obedeciendo a un designio preciso y planificado. La humanidad se vería a merced de una dictadura sanitaria mundial que sería también como una dictadura política.

En este sentido creemos oportuno indagar un poco acerca de esas definiciones que tal vez deban estimarse como resultado de una justa  preocupación debida al cierre de las iglesias a lo ancho del mundo. Si bien es cierto que se estrechan libertades y derechos y que es imposible negar la existencia de una Gobernanza Mundial que viene imponiendo desde hace tiempo un Sistema Único y un Pensamiento Único, no es menos cierto que este dato es para nosotros inseparable de otro dato absolutamente real como es la existencia de una peste en expansión. Aunque lo que aquí discutimos está lejos de ser materia dogmática, es casi imposible para nosotros dejar de lado esta discrepancia inicial porque de ella,  de esa no aceptación de un hecho real y evidente como es la existencia de la pandemia, esa discrepancia inicial concluiría en enorme divergencia final. Por otra parte estaríamos desoyendo aquella advertencia recordada por Gilson acerca de que todo hecho establecido merece ser considerado; y tanto el Nuevo Orden Mundial cuanto la pandemia son, ambos, hechos perfectamente establecidos.

En ese sentido no deja de ser injusto – por decir lo menos- no reconocer en toda su gravedad clara y atroz el caso de esos desdichados 793 muertos que ayer nomás fueron enterrados en Italia. Ver la lenta caravana de vehículos militares transportando los cuerpos de las víctimas forma parte de las cosas ciertas, incluso de las más estremecedoras y ciertas de todas. Similares por otra parte a las de España, Francia, China etc., etc. Nadie debiera atreverse a negarse a ver  esa realidad.

Desde otro ángulo podríamos los católicos y aún más los médicos no darnos cuenta de la cruel manera de morir de muchos de esos italianos. Un sistema sanitario sobrepasado en los hechos que en no pocos casos obliga a dejar morir. Para los médicos es el peor escenario con el que podríamos enfrentarnos.

Otra deducción posible desde ese punto de partida, bien pudiera ser suponer que el mundo andaba a las mil maravillas hasta la llegada de la dictadura del virus. Creemos por el contrario que en modo alguno era necesaria la aparición del virus como elemento de dominio del Poder Mundial. Los centros de este Poder se movían libremente tras sus objetivos o en todo caso con dificultades ciertamente menores, en el escenario pre-covid. No había necesidad de apelar a este exterminio, no porque la vida y la muerte les preocupe a los titulares de ese Poder, no porque aprecien lo humano, sino porque el virus de alguna manera podría dañar sus intereses y porque no sus mismas vidas. No ignoramos ni negamos esas intenciones pero más allá de las mismas, a lo que ahora apuntamos es a las consecuencias bien visibles y desoladoras que tenemos por delante. Desde otra perspectiva, un ordenamiento absoluto de las naciones o un estado absolutamente ideal no existieron ni existirán nunca, porque el hombre está siempre en camino y sus fuerzas flaquean.

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Respecto al cercenamiento de derechos escuchemos al Cardenal Ratzinger:

Tras la pretensión de ser enteramente libres, sin la competencia de otra libertad, sin  un “de dónde” y un “para” se esconde no una imagen de Dios sino una imagen idolátrica. La libertad está ligada a una medida, que es la medida de la realidad, está ligada a la verdad. La libertad para la destrucción de sí mismo o la destrucción del otro no es libertad sino su parodia diabólica. La libertad del hombre es libertad compartida, libertad es la coexistencia de libertades que se limitan mutuamente y que se sustentan mutuamente. Ahora bien si la libertad del hombre puede darse únicamente en la coexistencia ordenada de libertades eso significa que el ordenamiento – el derecho- no es el concepto antitético de la libertad sino su condición, más aún, un elemento constitutivo de la libertad misma. El derecho no es un obstáculo para la libertad, sino que la constituye. La ausencia de derecho es ausencia de libertad[2].

Es claro, por tanto, que en situaciones límites la autoridad legítima puede y aún debe limitar la libertad. El problema es que esta pandemia nos encuentra sumidos en una profunda crisis de todas las certezas; y a causa de esta crisis todo se ha vuelto precario y sospechoso: desde la autoridad política hasta la religiosa. ¿Cómo confiar en los organismos mundiales encargados de la salud con su “nuevo paradigma ético” promotor del aborto y la eutanasia? ¿Cómo creerle a la información que circula por las redes cuando sabemos de la existencia de poderosas usinas de desinformación? Ni siquiera cierta información médica aparentemente científica está libre de sospecha.

Ergo, estamos a la intemperie y surcados de dudas. Lo único sensato, en consecuencia, es no perder ni la fe, ni la serenidad ni la esperanza. Bien sabemos los médicos de estas cosas ya que nuestra misión es, como muy bien se ha dicho, curar a veces, aliviar cuando se puede pero consolar y confortar siempre.

[1] Cfr. Marc Lipsitch, D.Phil., David L. Swerdlow, M.D., and Lyn Finelli, Dr.P.H., “Defining the Epidemiology of Covid-19 – Studies Neede”, The New England Journal of Medicine (NEJM), February 19, 2020; David M. Morens, M.D., Peter Daszak, Ph.D., and Jeffery K. Taubenberger, M.D., Ph.D “Escaping Pandora’s Box – Another Novel Coronavirus”, NEJM, February 26; Lisa Rosenbaum, M.D, “Facing Covid-19 in Italy – Ethics, Logistics, and Therapeutics on the Epidemic’s Front Line”, NEJM, March 18, 2020; David J. Hunter, M.B., B.S., Sc. D, ,“Covid-19 and the Stiff Upper Lip – The Pandemic Response in the United Kingdom”, NEJM, March 20, 2020.

[2] Joseph Ratzinger, Fe, verdad, tolerancia, El Cristianismo frente a las religiones del mundo, Ediciones Sígueme, Salamanca, 2005, páginas 214 y siguientes.

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