Sáb. Dic 5th, 2020

Prensa Republicana

Con las ideas derechas

Una oportunidad para el “relato macrista”. Por Fernando Romero

En ocasiones, el rumbo ideológico de un proyecto político se cristaliza más en función de los contradictores que vayan surgiendo en la praxis, que por las doctrinas, presupuestos ideológicos o programas de gobierno preestablecidos. Fue el caso, sin ir más lejos, del propio kirchnerismo, que terminó de redondear su identidad a partir del conflicto con el campo en 2008. Conflicto que le permitió a la entonces presidenta Cristina Fernández y a su esposo presentar una narrativa que contrastaba lo que, por un lado se autodefinía como la representación de los “sectores populares”, frente al conglomerado de las “corporaciones, la oligarquía y los sectores concentrados”. Amén de las simplificaciones y falsedades del caso, el señalamiento claro del adversario dio oportunidad al kirchnerismo para rehacerse sobre la base de un nuevo relato acerca de dos modelos contrapuestos, simbolizados y caricaturizados en los arquetipos de la “política” como herramienta “emancipadora” por un lado, y la “oligarquía” sojera, por el otro. El kirchnerismo no fue kirchnerismo hasta que identificó a su enemigo. El por entonces diputado socialista Jorge Rivas lo sintetizaba de otra manera cuando le preguntaban “¿Qué es lo que más lo entusiasma de Néstor Kirchner?”, a lo que respondía: “sus enemigos”.

Esta misma mecánica ha representado una constante a lo largo de la historia, y de ella no estará exento el nuevo gobierno de Cambiemos. Hace unos días el Papa Francisco recibió a Hebe de Bonafini  en el Vaticano, en lo que constituyó un punto culminante en una seguidilla de reuniones, gestos de apoyo y simpatías varias hacia los más enardecidos contradictores de Mauricio Macri. El encuentro, que duró tres veces más que los 22 minutos concedidos al Presidente en su anterior y única visita, brindó a Bonafini un escenario de alcance mundial para lanzar las más bestiales acusaciones contra el nuevo gobierno argentino. “En 5 meses este Gobierno destruyó lo que hicimos en 12 años, hay mucha violencia institucional. Nosotros tenemos miedo, mucho miedo, a que algún loco suelto responda a esa violencia que nos están imponiendo”. “Ninguno de los planes de Cristina sigue adelante, todos los cortaron, no hay más planes para ayudar a mujeres embarazadas y niños. Cerraron comedores para los pobres. ”Los trabajadores de hoy son los desaparecidos”… ´

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Éstas y otras frases son las que Bonafini se dio el gusto se sentenciar desde el podio Vaticano graciosamente servido por Francisco ante un mundo que mira con expectativa a la novedosa experiencia de Cambiemos. En la misma conferencia, Hebe deslizó también una preocupación que el Papa le habría transmitido respecto del “clima de revanchismo”, que a juicio de Bergoglio estaría impulsando el actual gobierno contra los actores del anterior gobierno, una opinión ya varias veces atribuida a Francisco y que hasta ahora no se ha preocupado en desmentir por ningún medio.

Curioso entonces, es el alineamiento que se está verificando ante el fenómeno que significa el Pro en el poder. Casi como en un acto de autoinculpación, los principales exponentes de la “vieja política”, dentro de la cual se encuentra la iglesia como partido eclesiástico (probablemente el más antiguo de todos los partidos políticos argentinos) se congregan en un frente cada vez más definido ante la propuesta del gobierno de Macri. El denominador común de este frente de tantos elementos disímiles, aparte de una base peronista, es un profundo rechazo a las ideas del liberalismo. Como señalamos en un artículo anterior, el Papa acaricia un ambicioso proyecto de unificar y tutelar a las organizaciones sociales marxistas y de izquierda en un frente común contra el capitalismo y las ideas de libertad en el mundo, y en especial en América Latina. En ese contexto el Pro aparece como un natural obstáculo dentro de ese ordenamiento mundial, con independencia de todos los esfuerzos que haga el gobierno en tratar de demostrar con las mayores y más dispendiosas políticas sociales, una distancia respecto del “neoliberalismo salvaje” que acusa el Papa en sus numerosos escritos. En las situaciones económicamente difíciles acusará de falta de “sensibilidad social” o “ajuste”, y en la bonanza (si es que viniera) hablará de “consumismo”, semoneará sobre las desgracias de la vida moderna y el creciente individualismo, y hasta probablemente pondrá el grito en el cielo respecto de la contaminación. No hay que le venga bien al Papa, tratándose de personas que no son del palo. Todo esfuerzo en ganarse al pontífice es vano, y como bien señala Duran Barba, innecesario.

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De manera que esta curiosa realineación de actores políticos, unidos por un rechazo ideológico insalvable hacia el nuevo gobierno argentino, lejos de ser un problema para el Pro, constituye más bien una interesante oportunidad para cristalizar una identidad política que sea capaz no sólo de “conformar” con eficacia en la gestión, sino también de seducir con un proyecto político y de país.

Macri y su equipo no deberían desaprovechar la generosa oportunidad que le ofrece la aparición y reunión de los exponentes más claros y visibles de la vieja política en calidad de contradictores fuertes de su modelo, ¡y qué más claro y visible que la Iglesia y el peronismo como representantes de esa vieja política! Si algo nos enseña la experiencia histórica, es que la identidad ideológica de los gobiernos se acaba definiendo en la práctica política. Cambiemos es aún un conjunto semi-informe y plástico que a golpes y tumbos va delineando sus formas y sus límites. El veto a la ley antidespidos representó una de esas definiciones. El choque contra la dura pared de las corporaciones sindical y justicialista marcó un primer límite infranqueable: no comprometer las inversiones en  jugadas políticas, aún a riesgo de pagar los costos que sean necesarios. Lo que se traduce en que para Cambiemos, el eje de su modelo económico descansa en las inversiones, y no en el consumo. Una definición de política económica.  Ahora viene otro golpe proveniente Vaticano, que podría servir para reforzar la forma moderna,  laica y liberal a un proyecto político que promete una nueva forma de entender y ejercer la política en nuestro país, una “nueva política”.

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