Una jungla llamada Buenos Aires. Por Cosme Beccar Varela

Buenos Aires es una ciudad ocupada. No hay libertad de movimientos, no hay defensa alguna contra la prepotencia de unos pocos agitadores y sus bandas rentadas que ocupan las calles, impiden el transporte y amenazan a quienes no se sometan a sus imposiciones delictivas. Con el agravante de que el gobierno no sólo no cumple con su deber de reprimir los varios delitos que esa actividad implica, sino que colabora con los violentos mandando a la Policía reforzar los cortes y abandonar a la población pacífica que intenta llegar a sus casas o a sus trabajos infructuosamente o en medio de un caos que les obliga  pasarse horas en atestados colectivos o en sus vehículos inmovilizados. Los delitos son: interrupción del tránsito terrestre (3 meses a 2 años de prisión, art. 194); intimidación pública (2 a 6 años de prisión, art. 211); asociación ilícita para imponer ideas ( 3 a 8 años de prisión art. 213 bis); sedición por atribuirse los derechos del pueblo en forma tumultuosa (1 a 4 años de prisión art. 230); etc. Todos los artículos citados son del Código Penal.

Por su parte, la inactividad del gobierno en su deber de hacer respetar el orden público, como resulta del art. 99 de la Constitución Nacional (versión 1994) y del art. 231 que ordena a la autoridad más próxima intimar hasta dos veces a los sediciosos para disolverse  y «si los sublevados no se retiraran inmediatamente después de la segunda intimación, la autoridad hará uso de la fuerza para disolverlos» (art. 231, CP). Desde el Presidente Macri para abajo, todo funcionario nacional o municipal responsable del orden público incurre en el delito de incumplimiento de los deberes de tales penado por los arts. 248 y 249 CP.

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Ayer, 11 de Abril, fue uno de esos días de violencia y de anarquía en el que no fue posible moverse por las calles de Buenos Aires. Para cualquier persona que tuviera un mínimo sentido de Justicia, la impunidad prepotente con la que unos pocos cientos de facinerosos, enarbolando banderas rojas u otras inventadas para simbolizar su rebelión contra el orden público, el caos en las calles impidiendo circular provocaba una indignación impotente desgraciadamente no compartida por el 99,9% restante de las víctimas del atropello. Los habitantes o visitantes de la ciudad, han sido domesticados por los agitadores para permanecer en un resignado silencio, soportando todo los daños que se les quieran causar en cuanto a su libertad de movimientos. Ni siquiera tocan las cornetas de los vehículos. Un silencio de campo de concentración prevalece en las calles donde dominan los provocadores.

Alguien me dirá que esto es menos grave que otros males sociales que nos afligen. Tomado en forma puntual, puede ser, pero si lo consideramos como síntoma es gravísismo, porque significa que no hay autoridad responsable y efectiva, que no hay fiscales ni jueces que acusen y juzguen esos delitos, que no hay libertad de movimientos en la ciudad capital del país y, por lo tanto, no existe el Estado de Derecho, ni hay garantías individuales ni posibilidad de trabajar sin el azar imprevisible de que unos cuantos agitadores se impongan por la fuerza y destruyan las bases mismas de la convivencia civilizada.

¿Alguien puede imaginarse una ciudad como Nueva York, por ejemplo, invadida por bárbaros destructivos como esos y cortando con un piquete la 5ta.Avenida? Tenga la seguridad de que si no los desaloja la Policía -cosa que ciertamente ocurriría- lo harían los mismos conductores de los vehículos a los que se les impidiera el paso.

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Este desorden malsano que hay en Buenos Aires, fomentado por Macri y el monstruoso Intendente, es una de las razones por las que es imposible que haya inversores extranjeros (o locales) que quieran arriesgar su dinero en esta jungla. (Hay  muchas otras razones para que no lo hagan, pero no son el tema de este artículo). Por lo tanto es mentira que la “recuperación” de la economía está a la vuelta de la esquina. A la vuelta de la esquina lo más probable es que haya un piquete de maleantes capaz de quitarle a uno hasta las ganas de vivir en esta ciudad.

Buenos Aires era una ciudad bastante agradable hasta que los piquetes y sus cómplices del kirchnerismo y del PRO se apoderaron de ella. Ahora es un chiquero y no hay miras de que deje de serlo, vista la catadura de los «candidatos» que se ofrecen a ser «elegidos» este año.

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