Una gran ventaja – Por Vicente Massot

El así llamado debate televisivo que el domingo, en horario nocturno, tuvo a Daniel Scioli y a Mauricio Macri como protagonistas excluyentes, no podía ofrecer —por su propio formato— más de lo visto y oído ese día. Sólo cabría imaginar a los dos candidatos a la presidencia enfrascados en una polémica de alto vuelo, acerca de los principales problemas que aquejan al país, pasando por alto las limitaciones de tiempo y de diseño que los organizadores fijaron para el evento. Algo fuera de lugar. No había, pues, posibilidad ninguna de sentar posiciones precisas y razonar con base en argumentos sólidos la conveniencia de aplicar una u otra receta: la de Cambiemos o la del FPV. Además —como ninguno de los contendientes se destaca por su capacidad oratoria o sus dotes de polemista— asistimos a una suerte de ping pong de lugares comunes en el cual Macri fue superior a Scioli. No en razón de una mejor preparación o mayor inteligencia, sino por su tranquilidad al momento de exponer, la naturalidad con la que en clave telegráfica explicó parte de su programa, y la calma que demostró. Al gobernador de la provincia de Buenos Aires se lo notó, en cambio, crispado y reacio —como es su costumbre— a responder cuanto le preguntaba su contrincante.

Por momentos, el cruce verbal semejó un diálogo de sordos. Pero cuando se escucharon mutuamente, Macri lució más aplomado. El mandatario bonaerense enarboló un discurso de tono estatista y clasista que lucía postizo. Lo hubiera podido abrazar —sin que a nadie le llamara la atención— Carlos Zannini o Héctor Recalde. En Scioli fue algo impostado, que obró el efecto contrario al que —al menos en teoría— debía buscar para diferenciarse de Cristina Fernández. Despotricando contra el Fondo Monetario Internacional, los fondos buitres, las grandes empresas de capital extranjero y la apertura de la economía, confirmó las sospechas de que, en caso de resultar electo, podría ser un fiel continuador del kirchnerismo. En su afán de presentarse como la contracara de Macri, quedó enredado en sus propias contradicciones.

Lo expresado hasta aquí no significa —al menos, no necesariamente— que las ventajas que uno le sacó al otro en el curso del debate se proyecten de manera automática a la intención de voto de la gente. El espectáculo, inédito en su tipo, fue seguido por más personas de las que imaginamos y tuvo picos de tensión inesperados, que lo hicieron atrayente. Pero nadie sabe —ni quizá sepa nunca— cuánto podrá influir en el ánimo del votante todavía indeciso. Si acaso el ganador hubiese apabullado a su rival, los efectos se hubieran hecho sentir de inmediato. Como eso no sucedió, del intercambio —lleno de expresiones de deseo y de frases breves y sentenciosas— quedó la impresión de que fue una experiencia interesante, digna de ser repetida dentro de cuatro años. Nada más.

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Si Daniel Scioli pensaba que en el debate podría sacarle ventajas apreciables a su adversario, fracasó. Si una semana antes de las elecciones del próximo día 22 el gobernador confiaba que descerrajaría sobre Mauricio Macri la bala de plata que le tenía reservada para esa instancia, o bien erró el tiro o se olvidó de sacar el revólver. Como quiera que haya sido, lo cierto es que quien debía llevar la iniciativa y jugarse a suerte y verdad, no logró su cometido. Algo que el más lucido de sus colaboradores íntimos reconoció, no sin dolor, a poco de finalizado el debate.

A esta altura del partido, son pocos los que aún confían en la capacidad de Scioli para revertir una derrota que se recorta, en el horizonte político de los argentinos a cada hora con mayor nitidez. El destino del mandatario al cual los Kirchner se cansaron de maltratar y de humillar en los doce años que duró su mandato ininterrumpido, a Cristina Fernández le importa poco y nada. No en virtud de que prefiera el triunfo de Macri fantaseando con que, si ése fuese el resultado de los comicios venideros, ella podría sacarse de encima, en menos de lo que canta un gallo, la responsabilidad de la derrota y asumir, en medio del jubilo del peronismo, el rol de jefe de la oposición. La presidente no tiene un pelo de tonta y sabe perfectamente bien que semejante escenario es harto improbable. Scioli dejó de ser para ella materia de preocupación porque lo da por vencido y debe, precisamente por eso, prepararse para afrontar los infortunios que le deparará el llano.

El desvelo de la Fernández se extiende al golpeado movimiento justicialista de manera distinta. Cualquiera de los muchos barones que aspiran a suceder al príncipe caído en desgracia son conscientes de que todos ellos deberán, en una puja cuyas reglas de juego todavía no han sido definidas, dirimir supremacías a partir del instante que asuma Macri el día 10 de diciembre. Son pocos los que vivieron el único momento parecido al actual, cuando en 1983 Raúl Alfonsín se impuso claramente a Ítalo Luder y dio por tierra con el mito de que el peronismo era invencible en las urnas. Massa, Urtubey y hasta Randazzo, que ya están anotados, treinta y dos años atrás o iban al colegio secundario o eran militantes desconocidos. En eso De la Sota representa la excepción. Si la disputa de los diádocos será semejante o nada parecida a la que, entre 1983 y 1989, protagonizaron Herminio Iglesias, Antonio Cafiero y Carlos Menem, es asunto que está por verse.

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Lo que nadie discute es que el peronismo ha sido siempre refractario a los mandos colegiados y no va a cambiar en ese aspecto. Puede aceptar por necesidad, y como consecuencia de una derrota a nivel nacional con la provincia de Buenos Aires incluida, una diarquía o un triunvirato, de suyo pasajeros. Nada más. Pero darse un nuevo jefe puede llevarle años. En su oportunidad, el gobierno radical que sucedió a la última junta militar se valió de la dispersión del peronismo, luego del triunfo alfonsinista, para consolidar la gobernabilidad. Pactó entonces con la rama renovadora, en contra de la ortodoxa, y mal no le fue hasta 1987.

No se requiere una inteligencia extraordinaria para darse cuenta de que el escenario que acabamos de reseñar a vuelo de pájaro —a punto de repetirse en lo que hace al proceso de reacomodamiento justicialista— no puede pasarle desapercibido a Mauricio Macri. Si el 22 —como todo lo hace prever— fuese electo presidente de la República, seguramente deberá vertebrar, desde el primer día, alianzas de carácter parlamentario a falta de unas robustas bancadas de diputados y de senadores propias. Lo cual no deja de resultar un desafío de envergadura. Pero al propio tiempo, no tendrá frente suyo, en calidad de enemigo, a un peronismo unido. Lo cual resulta —si sabe aprovecharla— una gran ventaja.

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