Vie. Sep 24th, 2021

Prensa Republicana

Con las ideas derechas

Una capitis diminutio de aquéllas. Por Vicente Massot

Si las más empinadas autoridades del gobierno se hubiesen puesto de acuerdo para hacer todo mal, seguramente el plan forjado entre ellos habría sido un pálido reflejo de esta verdadera comedia de enredos que protagonizaron, desde el pasado jueves a la fecha, el presidente de la Nación, la jefa indiscutible del Frente de Todos, el titular de la cartera económica, el gobernador de la provincia de Buenos Aires y un ignoto subsecretario de la área energética, de nombre Federico Basualdo. No está claro, cuando menos hasta el momento en que esto se escribe, quién consultó a quién antes de pedirle la renuncia al funcionario de La Cámpora que Martín Guzmán no quería ver ni en figuritas, posiblemente porque demostró ser un incompetente manifiesto.

A nadie hay que explicarle cuál es la relación de fuerzas dentro del espacio oficialista. No se necesita ser un experto en la materia para darse por enterado de que el poder real se halla en manos de Cristina Kirchner mientras el poder formal encuentra su asiento en la Casa Rosada. A esta altura de la gestión comenzada en diciembre del año 2019, el dato no es un secreto. El organigrama ministerial luce loteado, y en la totalidad de las reparticiones públicas las segundas líneas son patrimonio exclusivo de los alfiles de La Cámpora. De modo tal que si el ministro de Economía —en los hechos un mero secretario encargado del manejo de la deuda externa— deseaba sacarse de encima a Basualdo, antes era menester que calibrase bien los puntos que calzaba tanto él como el que debía abandonar la subsecretaria en cuestión. Si el grado de autonomía suya se pareciese al que tenía Domingo Cavallo, y su presunta víctima hubiera sido un burócrata del montón, su decisión no hubiese corrido riesgos de ser puesta en tela de juicio. En cambio, tratándose de un militante que responde en cuerpo y alma al núcleo duro del kirchnerismo, la cuestión adquiría otros ribetes. Por lo visto, Guzmán no cayó en la cuenta de algo que un aprendiz de político habría captado en menos de lo que canta un gallo. O estaba mirando otro canal o es, lisa y llanamente, un ingenuo peligroso.

¿Con anterioridad a que trascendiese la movida, la consultó con Fernández? Las opiniones están repartidas. En algunos mentideros se sostiene que Guzmán obró por las suyas, sin siquiera imaginarse en el pantanal que se metía. Otros, inversamente, juran que el presidente fue puesto en autos del asunto y dio su consentimiento. Segunda incógnita: al darle la derecha a Guzmán, ¿se tomó el trabajo el presidente de hablarlo con su valedora? Nuevamente las versiones difieren. Por un lado, están los que aseguran sin dudarlo que Fernández, sólo después de obtener la venia de su vice, le dio luz verde al ministro. En la vereda opuesta se agrupan los que niegan, de manera terminante, que la Señora hubiese sido consultada. Tampoco existe acuerdo en las fuentes acerca de cómo reaccionaron, cuando explotó la crisis, los dos integrantes de la fórmula presidencial del Frente de Todos. ¿Se llamaron a silencio para no echar más leña al fuego o hubo otras razones, de diferente índole, que se nos escapan? Como quiera que haya sido, lo cierto es que se introdujeron en un berenjenal del que no saben bien de qué forma salir, sin dejar jirones de su integridad en el camino.

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El entuerto no es menor. En rigor, esconde una serie de cuestiones que exceden con creces la disputa de un ministro que ignora algo tan elemental como la relación de fuerzas vigente en la administración de la cual forma parte, y un camporista de segunda categoría. El caso tiene al menos tres facetas: 1) la asimetría de los poderes en juego; 2) la disputa de la política tarifaria, que no es más que la punta del iceberg de la estrategia para hacer frente al desafío electoral por venir y 3) la relación, siempre tensa, entre Martín Guzmán y Axel Kicillof, que nunca terminaron de ponerse de acuerdo acerca del derrotero económico que debía seguir el gobierno. Si bien es verdad que pueden analizarse separadamente, en razón de que cada una posee un determinado peso específico que no sería dable soslayar, de todas maneras hay entre las facetas señaladas una conexión inequívoca. No son —para decirlo con otras palabras— compartimentos estancos. Antes, por el contrario, se explican y complementan mutuamente. Conviene, pues, ir por partes y no saltearse etapas ni dejar de prestar atención a ninguno de los actores protagónicos, o de reparto, de esta suma y compendio de errores.

El paso en falso del dúo Martin Guzmán–Alberto Fernández dejó al descubierto —por si faltasen pruebas que lo confirmasen— dónde se halla el poder soberano, que no es otro que aquel que decide en la última instancia. Guzmán sufrió en carne propia lo que el presidente de la República conoce desde antiguo. Aquél no percibió algo lógico: que debía cuidarse de mover a un simple peón del kirchnerismo sin tener el permiso correspondiente. Lo curioso es que el jefe del Estado haya tropezado con la misma piedra. Carece de sentido dar comienzo a una pelea por un cargo de poca trascendencia que —además— no podía ganar. Si hay algo que debe cuidar todo poder formal es que no se note demasiado su carácter postizo, su innata debilidad delante de quien manda realmente. Por lo visto, a Alberto Fernández no le han servido de nada las repetidas experiencias que lo han dejado a la intemperie, en el peor lugar, dando la impresión de que está de visita en Balcarce 50.

El segundo costado de la crisis es quizá el de mayor trascendencia y —claro está— se vincula con el de la relación de fuerzas. El ala más dura y poderosa del Frente oficialista tiene un solo objetivo de carácter estratégico: ganar los comicios de octubre o noviembre. Para lograr ese fin y salirse con la suya no va a escatimar ningún recurso y van a echar mano a los instrumentos que sean necesarios. Eso no implica, ni mucho menos, que su triunfo resulte seguro, pero supone —eso sí— que su plan de acción no se halla sujeto a discusión. Expresado de forma distinta: las razones fiscales de Martín Guzmán para despedir a Basualdo y aumentar escalonadamente las tarifas en el curso del año —básicamente las de gas y electricidad— se dan de patadas con la convicción, arraigada con fuerza en el seno del Instituto Patria, de que cargar a la población con esas subas conduciría al kircnerismo a una derrota en las urnas.

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No es el propósito de estas líneas determinar quién lleva los mejores argumentos en la discusión que se entabló entre la rama fiscalista y la electoralista, por ponerle algún nombre a los que cierran filas junto a Guzmán y los que se agrupan con La Cámpora. Basualdo sería un personaje insignificante si no fuera por el hecho de que ha sido el encargado de sostener con uñas y dientes la posición de que, si acaso es tolerable un alza en las tarifas, debe ser en un porcentaje que no alcance los dos dígitos y por única vez. Si en lugar de llamarse Basualdo su apellido hubiese sido Pirulo, la reacción de sus aliados habría resultado idéntica.

Y para terminar, despunta —sin la claridad de otros roces— el enfrentamiento del devaluado ministro de Economía y el del mandatario bonaerense. En una administración que no sufriera los cortocircuitos de la kirchnerista y en donde no existiera esta suerte de doble comando, nada tendría que opinar el gobernador de la principal provincia argentina respecto del programa económico vigente. Pero la atipicidad presente —en donde la vicepresidente manda más que su superior y hace valer su autoridad a vista y paciencia de todos— rompe con los esquemas y dinamita a las autoridades formales del organigrama del Estado nacional. Axel Kicillof es el economista predilecto de Cristina Fernández. Que su manejo de la cartera de Hacienda hasta fines de 2015 haya sido desastroso, que sus incoherencias y pifias en el uso del idioma castellano sean de antología, y que su gestión provincial deje mucho que desear, importan poco o nada. El dato excluyente es la consideración que le despierta, a la viuda de Kirchner, el joven Kicillof. Cuanto éste le susurra a aquélla al oído es que las recetas aplicadas por Guzmán no sólo no han dado los resultados esperados sino que, si no se obrase un golpe de timón contundente, ellas pondrán en riesgo la victoria electoral del Frente que los acoge.

Si Basualdo abandonará mañana su despacho, o lo hará cuando las aguas se aquieten, es un asunto intrascendente. La capitis diminutio infligida al ministro y al presidente ha sido tan notoria y de tal magnitud que la suerte que pueda correr el funcionario del área energética adolece de importancia. La enseñanzas que deja la crisis que estallara a raíz de la falta de criterio político de Martín Guzmán y de Alberto Fernández va más allá del hecho de si el titular de Economía es capaz de presentar su renuncia al cargo que ocupa o si el jefe de Estado termina algún día de darse por enterado de que su margen de autonomía es cada vez menor. El respaldo a Federico Basualdo por parte de Cristina, Kicillof y el riñón del camporismo delata hasta dónde están dispuestos a llegar en la defensa de su estrategia electoral. Fue un aviso a los representantes del poder formal haciéndoles saber —por si todavía no se hubieran enterado— quién es la que manda. El kirchnerismo de paladar negro quiere llegar a los comicios con base en una política distribucionista en lo social e intervencionista en lo económico. Si el libreto de Guzmán se compadece bien con esa estrategia, bienvenido. Pero si la contradice, el que deberá dejar el Palacio de Hacienda será el discípulo de Stiglitz

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