Un Papa Santo recrimina a los Obispos silenciosos. Por Cosme Beccar Varela

En el siglo XI hubo en Francia un rey coronado a los 14 años, Felipe I, que abusó de su poder durante largo tiempo, se dedicó al libertinaje y al robo, cometiendo toda clase de injusticias contra sus súbditos y contra quienes iban a Francia a tratar algún asunto, como ciertos mercaderes que fueron para presentarse en una Feria y fueron despojados por el rey de todas sus pertenencias. Este latrocinio, la venta de los cargos eclesiásticos a personajes indignos, así como su lujuria desaforada le reprochó el santo Papa varias veces, pero los Obispos franceses callaban. Por ese motivo, el Papa San Gregorio VII, escribió una amenazadora amonestación a esos Obispos indignos que vale la pena transcribir, aunque más no sea, en parte, para ilustración de los lectores de este periódico. Les ayudará a comprender el grado de maldad de nuestros propios Obispos que ante un Presidente adúltero e injusto tirano, homicida de los secuestrados políticos y, para colmo abortista y pro-homosexualista (horrores en los que Felipe I de Francia no incurrió), callan y sonríen con adulona simpatía.

Así decía San Gregorio VII en su carta a los Obispos franceses, después de enumerar las injusticias cometidas por el rey francés, incluyendo el robo a los mercaderes extranjeros:

«Como todo eso no puede escapar al juicio del soberano Juez, Nos os conjuramos para que os cuidéis de que esta maldición del profeta no caiga sobre vosotros: *Maldito el que no ensangrienta su espada*, es decir, como vosotros bien lo entendéis, aquel que no despliega la palabra de la predicación para recriminar a los hombres carnales; porque sois vosotros, hermanos nuestros, los culpables: no habiendo tenido, como corresponde a los Obispos, la firmeza de oponeros a esas violencias vosotros os hacéis participantes de ellas por vuestra connivencia. Es por eso que mucho tememos que no recibiréis la recompensa de los pastores sino el castigo de los mercenarios, vosotros que, viendo el lobo que desgarra a vuestra vista el rebaño del Señor, escapáis y os escondéis como perros que no tienen el coraje de ladrar. En efecto, si vosotros creéis que va contra la fidelidad que habéis prometido al rey el impedirle cometer tales faltas, mucho os equivocáis…

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«Sería una vana excusa decir que teméis la cólera del príncipe, porque si vosotros os unieseis todos concertados en unidad para la defensa de la justicia, tendríais suficiente autoridad para corregir al rey de sus pecados, o al menos habríais cumplido con el deber de vuestras conciencias. Pero aunque todo fuera de temer para vosotros, el peligro incluso de la muerte no os debería impedir el cumplimiento libre de vuestro deber de obispos. Es por eso que os rogamos y os amonestamos, por la autoridad apostólica, de reuniros en un mismo lugar para proveer lo necesario para vuestra patria, a vuestra  reputación y a la salvación de vuestras almas; y después de haber deliberado en conjunto, id a ver al rey, para advertirle sobre el desorden y el peligro de su reino, mostrarle en la cara cuán criminales son sus acciones, y esforzaros para doblegarlo por vuestras exhortaciones para que él repare el daño que ha hecho a los mercaderes; de otro modo eso será la fuente de grandes enemistades. Exhortadlo, además, a abandonar los hábitos de su juventud, a restablecer la justicia y a recuperar la gloria de su reino, en fin, a reformarse a sí mismo primero para reformar a los otros…

«Y si Nos vemos que actuáis débilmente en esta ocasión tan necesaria, no tendremos duda de que habéis hecho al rey incorregible por la confianza que él tiene en vosotros, y Nos os privaremos de toda función episcopal, como cómplices de sus crímenes…» (Historia Universal de l aIglesia Católica, Rohrbacher, tomo VI, pag. 179)

La argentina padece numerosas injusticias bajo la tiranía de Macri, no menos execrable que una tiranía sangrienta, porque, de hecho, también es responsable del homicidio de más de cien secuestrados políticos y de la venidera muerte provocada de otros cientos que mantiene encarcelados contra todo Derecho y de la muerte de un número grande de niños por nacer asesinados por el aborto fomentado desde el poder político. Macri ya cometió varios abortos cuando era Intendente de Buenos Aires. Ahora, desde la presidencia, ha promovido un «debate» para aprobar el aborto libre, cómo si el crimen fuera materia de debate y hace aplicar un “Protocolo” abortista que facilita ese crimen horrendo. Hace pocos días murió un niñita abortada que alcanzó a vivir cuatro días por lo que pudo ser bautizada con el nombre de Esperanza. Pero hay muchos otros abortos que se realizan en la obscuridad contando con el auspicio de Macri y de sus cómplices políticos, sin dar oportunidad al Bautismo que les abriría las puertas del Cielo.

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Frente a todo esto, más el empobrecimiento general (un 30% de los argentinos son pobres y el número va en aumento porque la desidia culpable del gobierno la fomenta con un endeudamiento impagable y la promoción del caos social impide trabajar en paz), el Episcopado del país no dice nada. Sólo de vez en cuando emite un tímido recordatorio de la «cuestión social». Ese silencio implica una clara complicidad de los prelados con las injusticias que padecemos.

Lo malo es que en vez de San Gregorio VII tenemos un Papa que inspira esa conducta y aún la empeora porque apoya a la izquierda más radicalizada.

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