Lun. Ago 2nd, 2021

Prensa Republicana

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Un día para que la derecha que apoya a Trump se dé cuenta de lo desamparada que está. Por Carlos Esteban

Guau. Cuando escribí que el panorama político americano de los últimos meses se había convertido en una trepidante película del mejor Hollywood, nunca pensé que iba a acabar con la escena de un tipo disfrazado de búfalo y pintado con la bandera de las barras y estrellas en la tribuna del Congreso, o con un menda que carga sonriente con un atril con el sello del Senado de vuelta a casa, suponemos, para ponerlo en el recibidor.

Lo de ayer fue un absoluto desastre, pero quizá no por lo que suponen muchos medios y analistas, incluso de bandos enfrentados. Voy a intentar explicarme.

La acción callejera no sirve para nada. Nunca. Ni manifestaciones ni marchas ni protestas. El problema es que el conservador asediado ve, no sé, un ‘rodea el Congreso’ de podemitas, o una marcha feminista a escala nacional, o los meses de ciudades americanas ardiendo, con pillaje y violencia e incluso muertos, y contempla cómo las autoridades y los medios justifican, ‘comprenden’, admiten y ceden a las demandas, y piensa: “¡Eso es lo que tenemos que hacer nosotros, movilizarnos! ¡Hay que salir a la calle, es la única manera de que nos escuchen!”.

Y, mira, no, no has entendido nada de lo que has visto. Las marchas ‘progresistas’ son una mera escenificación, una coreografía, una danza en celebración de la victoria. No están pensadas para amedrentar al Poder, sino a ti, al ciudadano; para que aceptes luego la cesión por parte de las autoridades de nuevos privilegios a los grupos que protestan. “Ya ven ustedes -vienen a decir los gobernantes-, el Pueblo ha hablado. No nos queda otra que darles lo que quieren”.

Pero esa es una herramienta para la progresía. No para ti, olvídalo, en serio. Lo tuyo se presentará como asustante, fascista, violento. Justificará cualquier reacción represiva. Tus propios representantes políticos lo condenarán unánimes y todos los medios de peso, todos, lo presentarán como un intolerable intento de golpe de Estado. Porque tú no tienes el megáfono, y ellos sí, y porque Los Miserables es solo un libro/un musical y la Toma de la Bastilla fue una escenificación que no hubiera cambiado régimen alguno si el régimen no estuviera ya podrido y en manos de traidores. Es un símbolo, y va bien como tal, que todavía es la Fiesta Nacional en Francia.

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Dejemos la palabra a la diputada podemita estadounidense Alexandria Ocasio-Cortez, que opinaba así sobre las algaradas de Black Lives Matter en mayo: “La razón de ser de las protestas es hacer que la gente se sienta incómoda. Los activistas se sirven de esa incomodidad con el status quo & defienden cambios políticos concretos. El apoyo popular es a menudo escaso al principio & va creciendo. Mensaje para quienes se quejan de que las exigencias de la protesta incomodan a otros: esa es su razón de ser”. ¿Ven? Bueno, pues esto se lo aplican a ellos mismos, pero no vale para ti, al contrario.

Como no escribo para eremitas de la Tebaida ni para los nativos de Sentinel del Norte, doy por hecho de que a estas alturas ya todos habéis visto la movida de ayer, cuando se iba a votar la aceptación de los votos de los electores de los estados y decidir así quién será el próximo presidente de Estados Unidos. Si no es así, Marcial Cuquerella es su hombre, no se lo pierdan.

Sé que es horriblemente frustrante, que la prensa y, en consecuencia, todo el mundo ha olvidado ya los incendios de ciudades de Black Lives Matter (“mostly peaceful”) en los meses pasados o, por citar algo más parecido a lo de ayer, cuando los manifestantes ocuparon el Edificio Hart del Senado para protestar contra la nominación para el supremo del juez Kavanaugh. Pero patalear sirve exactamente para nada.

Esta frustración ha llevado a muchos trumpistas a apuntar lo extraño de este caso, que un país que invierte billones -con ‘b’- de dólares en seguridad tenga una sedes del poder tan fácilmente asaltables por unos matados a los que cualquier policía del mundo disolvería en un pispás; a colgar en redes vídeos en los que se ve cómo los policías son los que retiran las barreras para que pasen los asaltantes; a insinuar una operación de falsa bandera, con antifas colándose entre las filas de pacíficos ‘trumpers’ para liarla parda; a denunciar la muerte de una mujer desarmada a manos de un policía; a preguntarse por qué no se aceptó la intervención de la Guardia Nacional; a escandalizarse de que las redes sociales censuraran un vídeo del propio Trump llamando a la calma y deslegitimando toda violencia. Pero, ¿saben qué? Da. Exactamente. Igual.

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Miren, Trump lleva meses vociferando que los demócratas han robado las elecciones y más o menos la mitad de los americanos lo creen. Y luego convoca al núcleo duro de sus partidarios en Washington en el día clave. En serio, ¿qué creía que iba a pasar? ¿Puede haber habido antifas infiltrados que movieran el cotarro? Sí, claro, pero, ¿de verdad les parece imposible que una muchedumbre de ‘rednecks’ cabreadísimos hicieran por sí mismos lo que se hizo? No sé, no me imagino a Trump tan terminalmente ingenuo.

Varios de los legisladores republicanos que habían sacado pecho ante sus votantes comprometiéndose a rechazar los votos electorales han recogido velas después de esto. Kelly Loeffler, por ejemplo, que explica: “Los sucesos que se han producido esta mañana me han obligado a reconsiderar mi postura, y no puedo ya en buena conciencia objetar a la certificación de estos electores”. Kelly, corazón, ¿sabes lo que estás diciendo? Una de dos: a) “No, nunca he creído en el mito del megafraude, solo pensaba que muchos de mis votantes lo creen y quería asegurarme la reelección” o b) “Claro que ha habido fraude, que ha ganado en realidad Trump pero, sinceramente, me importa un rábano y ahora mismo me haría quedar mal apoyarle”. Elige.

Todo esto no quiere decir en absoluto que lo de ayer no vaya a tener consecuencias, e importantes. En primer lugar, deja a Trump no solo sin opciones, sino susceptible de ser detenido en cuanto ponga un pie fuera de la Casa Blanca. También ‘justifica’ una purga de trumpistas a escala nacional. Y un descrédito absoluto de las instituciones: no creo que se olvide en mucho tiempo la imagen de Toro Sentado en la tribuna.

Pero al menos servirá para una cosa: para que la derecha que ha apoyado a Trump, que ha puesto sus esperanzas en Trump, se dé cuenta de lo desamparada que está, que deje de soñar con el sistema y advierta que el campo de juego está diseñado para que pierdan siempre. La Posguerra Mundial ha terminado, señores.

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