Trump: Una nación en paz. Por Alfredo Santiago Isas

En una reciente visita a América del Sur, me sorprendió un miedo generalizado de la población respecto de las próximas elecciones en Estados Unidos, a celebrarse en noviembre.  La opinión fue, sin excepciones, de pánico contra el candidato republicano Donald Trump, y la preferencia por la señora Hilary Clinton, a quien la gente considera “un mal menor”.

Me considero crítico de la política doméstica y por sobre todo internacional de los Estados Unidos, en especial aquella desde 1981 hasta ahora. Han pasado cinco presidentes, cuatro de los cuales reelectos. Y la política ha sido, casi sin excepción, la misma.

En el plano doméstico, las condiciones de vida para los estadounidenses han empeorado. Desde la crisis del crack y violencia en las calles en los 80s, hasta los atentados terroristas de 2001, hasta la crisis económica de 2008, pasando por cientos de catástrofes naturales, como el huracán Katrina, fuegos forestales en California o inundaciones en varios sitios del país. En fin, cada uno de estos episodios tuvo consecuencias terribles, con pérdidas de vidas y propiedades.

La gente común, la que antes se decía orgullosa “la clase media” hoy ha perdido derechos, que no pueden llamarse privilegios. La educación, la salud, la vivienda, e incluso la seguridad, todo esto se ha visto licuado por malas administraciones tanto políticas como económicas. Así mismo, puede decirse que una gran parte del pueblo estadounidense se ha desencantado de los políticos, de ambos partidos. La tradición política del país del norte no ha permitido la llegada al gobierno de otros partidos que no sean estos dos tradicionales, cada uno con su ideario, con su temática y con sus proyectos.

Sin embargo, es el plano internacional también uno inquietante. Los gobiernos de los últimos 35 años tuvieron decenas de guerras directa o indirectamente. Centro América, el Golfo Pérsico, Somalia, Yugoslavia, Medio Oriente y por supuesto la última incursión en el Norte de África, son algunos de los muchos ejemplos que hay. Con dudoso mérito, teniendo el ejército más grande y mejor equipado del mundo, podríamos decir que no hubo ningún éxito. La mayoría fueron derrotas, no tanto para los Estados Unidos sino más bien para la humanidad. Un simple ejemplo como Libia consiguió la muerte de su jefe de estado, Muamar el Gadafi, en 2011. Esto no culminó sino que continuó una guerra civil que hasta el momento lleva miles de muertos y cientos de miles de desplazados y refugiados, sobre todo en Europa. A esto se suman otras “intervenciones” norteamericanas en este último quinquenio de países como Siria, Yemen, Afganistán, Irak, y en menor medida Egipto y Ucrania.

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El presupuesto de defensa norteamericano en 2016 dedica ocho veces menos dinero a educación y vivienda que a gastos militares. Transporte y agricultura reciben cinco veces menos. Podríamos afirmar que las inversiones de defensa en los últimos 35 años han aumentado considerablemente, pese a que el principal enemigo, la Unión Soviética, desapareció hace 25.

Otras interferencias norteamericanas, por ejemplo, en América Latina han sido en las Guerras contra el Narcotráfico. Han sido operaciones gigantescas, montadas por la DEA con la ayuda de gobiernos nacionales (el mejor ejemplo es Colombia), que han causado (desde los 80s hasta hoy) miles de muertos, sin lograr ningún resultado concreto. El número de adictos a las drogas en EE.UU. ha aumentado, el narcotráfico es más grande que nunca antes, y la violencia en lugares como México llega a cifras de muertos que se asimilan a Medio Oriente.

¿Podríamos decir que la política, tanto interna como externa, de los EE.UU. ha fracasado en los últimos 35 años? La respuesta, en mi opinión, es un sí. El hermano del norte, padre de la democracia latina (y de varias dictaduras en el Siglo XX), ha fracasado en casi todos los planos que se ha propuesto, indistinto del partido que haya gobernado.

La pérdida de libertades por los ciudadanos; la esclavitud disfrazada por hipotecas, deudas e intereses; el desempleo o el empleo marginal; la discriminación; la injerencia en los asuntos mundiales (casi siempre con resultados negativos); la destrucción ambiental y ecológica;   e incluso el clima de violencia que se vive dentro de Norteamérica, con policías disparando a civiles y civiles matando a niños en escuelas, nos hace pensar que Estados Unidos no es un modelo a seguir.

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Definitivamente, es imprescindible un cambio radical en los Estados Unidos. Que vuelva a ser un país con ideales con proyecciones, con futuro. Que se dejen atrás los viejos rencores y odios, y que se siga adelante, en un camino más pacífico, donde, sobre todo, se logre el bienestar de los habitantes de los maravillosos 50 Estados que conforman tan grandioso país.

En Latinoamérica se considera a Trump de racista, de misógino, de violento y de agresivo. Esa es su personalidad, que no es distinta de la de muchos americanos. Y para ser candidato presidencial, es menester tener una personalidad fuerte, carisma, aquella virtud tan importante en el gobierno. Trump logrará, espero yo, sacar adelante a los Estados Unidos. Hacerlo un país magnífico nuevamente.

Su política doméstica deberá centrarse más en el bienestar de los ciudadanos que en prevenir cosas que, desafortunadamente, no se pueden prevenir. Los ataques terroristas de 2001, con todo el dolor que generan ahora acercándonos al 15avo aniversario, son un episodio triste de la historia. Es hora de dejarlos atrás. Es hora de buscar un país más pacífico, menos guerrero, con más ideales, con más auto-superación, donde cada ciudadano tenga derecho a alimentos, salud y vivienda, independiente de su origen, condición social o étnica.

Es hora de que en los Estados Unidos reine la paz, pues es el ejemplo no solo para el resto de los países americanos, sino también para el resto del mundo.

 

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