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Transición y sobresaltos. Por Vicente Massot

ENF-Vicente Massot. Buenos Aires. 05/12/2011

No habían cesado aún los festejos en el campo macrista ni se habían apagado los ecos que su triunfo generara a lo largo y ancho del país, cuando todos —kirchneristas y antikirchneristas, por igual— se enteraron del fallo de la Corte Suprema concerniente a los fondos atrasados de la Coparticipación Federal que adeuda el Poder Ejecutivo Nacional. La medida pone a Mauricio Macri en la obligación de retribuirle —por ahora tan sólo a Córdoba, Santa Fe y San Luis— fondos por hasta $ 90.000 MM. Cuando deba pagarse esta deuda de la Nación al resto de las provincias, la erogación rondaría los $ 225.000 MM.

De más está decir cómo le cayó la noticia al próximo presidente. Sobre todo, en razón de la oportunidad elegida por los ministros del supremo tribunal de justicia de la Nación, para expedirse en la materia. El todavía jefe de gobierno de la Capital Federal no reaccionó airado. Por el contrario, juzgó razonable el fallo aun cuando se permitió agregar —en un claro mensaje dirigido a Ricardo Lorenzetti, Carlos Fayt, Juan Carlos Maqueda y Elena Highton— que “lo deberían haber sacado hace cinco o seis años”.

Precisamente el lapso transcurrido entre la iniciación del tratamiento de la causa y la sentencia definitiva dio lugar a dos distintas interpretaciones, que vale la pena enunciar. La lectura de unos fue benigna, sin que ningún pensamiento avieso se cruzara en su camino. Sostuvieron que no existía nada raro ni que pudiese dar lugar a suspicacias en el procedimiento de la Corte. Dictó sentencia cuando terminó de analizar la cuestión. Eso es todo.

En la vereda opuesta están quienes creen entender que los miembros de ese tribunal desearon marcarle la cancha al presidente electo. Según ellos, interpretar el tema de manera lineal, considerando que —más allá de lo visible— no hay razones de índole política dando vueltas, es una muestra de ingenuidad o, peor aún, de estupidez llamativa. La idea de que, convencidos por Lorenzetti, los cortesanos le hicieron saber a Macri la decisión de pisar fuerte en el terreno institucional, está instalada en todas partes. Pocos se llaman a engaño al respecto y pocos —por tanto—están dispuestos a comprar a libro cerrado el argumento de que no hubo una segunda intención en este asunto.

Como quiera que haya sido, lo cierto es que el fallo —tarde o temprano extendido a los demás estados provinciales— le dará a la legión de gobernadores —deseosa siempre de recibir fondos frescos— un espacio de maniobra frente al poder central, inimaginable diez días atrás. Ahora podrá, con mayor soltura que antes, negociar de cara a Balcarce 50 sacando pecho. No es que se haya invertido, de golpe y porrazo, la relación de fuerzas entre la Casa Rosada y las provincias. Tampoco sería pertinente hablar de un choque de poderes en donde, antes de empezar su mandato, Mauricio Macri estaría en un lado y la Corte en otro, enfrentados como perro y gato. Nada de eso. Pero está claro que en el período presidencial a punto de iniciarse no todo será color de rosas. Los poderes fácticos no habrán de retirarse junto a Cristina Fernández. Algunos, como de costumbre, se plegarán, con armas y bagajes, a las nuevas autoridades. Otros, en cambio, trataran de reacomodarse a como den lugar los acontecimientos, para ofrecer pelea más adelante.

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Así como la Corte Suprema mandó una señal, sin necesidad de embadurnarse la cara con pinturas de guerra, en las bancadas del Frente para la Victoria sí hay ruidos de Fronda. Durante doce largos años no voló una mosca en los bloques oficialistas, solícitos a votar —sin abrir la boca ni plantear disidencia alguna— todos y cada uno de los proyectos de ley que les envió el Poder Ejecutivo. En punto a subordinación y genuflexión eterna, rivalizaron diputados, senadores y gobernadores, sin demasiado decoro personal. La costumbre, instalada entre los peronistas desde antiguo, no sorprendió a nadie. Menos aun el hecho de que, ante la licuación del poder de Cristina Fernández, comiencen tímidamente a alzarse voces contestatarias. La semana pasada los diputados riojanos casi dejan sin quórum al oficialismo. De no haber sido por ocho diputados de las izquierdas vernáculas, la sesión habría fracasado antes de comenzar. Algo literalmente impensable antes del domingo 22.

Tras la derrota electoral, la Fernández carece de autoridad para modelar el futuro del FPV en el Congreso Nacional. Las grietas, en la relación del camporismo —por llamarle de alguna manera— con el peronismo tradicional son, a esta altura, imposibles de maquillar. Para reemplazar a Leandro Despouy en la Auditoría General de la Nación (AGN), ente de control de la oposición, la viuda de Kirchner impulsó de entrada a Aníbal Fernández. Pero el revuelo que causó su postura entre quienes —en teoría al menos— son todavía sus subordinados, la hizo desistir de la idea. En su lugar ahora pretende imponer a Ricardo Echegaray mientras los gobernadores justicialistas bregan porque el cargo recaiga en Eduardo Fellner. Otro tanto sucede con la presidencia del bloque en la cámara baja. Es un secreto a voces que Cristina Fernández deseaba no innovar al respecto. Por lo tanto, su favorita era Juliana Di Tullio. Cuando vio como se encrespaban los que hasta ayer hacían las veces de perritos falderos, debe haber pensado en algo sobre lo que nunca antes había meditado: cuán transitorio es el poder.

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Hoy martes los mandatarios provinciales visitaron a la presidente de la misma manera que lo habían hecho antes los diputados y senadores del FPV. Mañana es casi seguro que se darán cita a solas, sin presencias sofocantes ni molestas, para poner los cimientos de un proceso que la presidente, con fecha de vencimiento, ya no está en aptitud de dirigir. Ninguno de ellos considera a Mauricio Macri como un enemigo. En esto se hallan más cerca de la estrategia de Sergio Massa, que de la posición irreductible de Cristina Fernández. Mientras el tigrense ya consensuó en la provincia de Buenos Aires cuanto podría llamarse un pacto de gobernabilidad con Macri y María Eugenia Vidal, y Juan Manuel Urtubey recibió a su par jujeño, Gerardo Morales, a los efectos de acordar una agenda de trabajo conjunta, la viuda de Kirchner ni por un instante depone su carácter intransigente.

Quienes la siguen en este camino, de antemano condenado al fracaso, son unos pocos escuderos sin mayor peso. Apenas unos veinte diputados, no más de cuatro o cinco senadores, y Alejandra Gils Carbó, Tristán Bauer y Martín Sabbatella. También la acompañan las madres y abuelas de Plaza de Mayo y, de momento, las agrupaciones sociales que recibieron suculentos fondos desde 2003 en adelante. Pueden hacer ruido hasta el jueves 10 inclusive, sin descartar que en ese día tan especial se intente escrachar al nuevo presidente. Pero a partir del viernes 11 no encontrarán timbres que tocar ni fondos estatales de los cuales apropiarse sin rendir cuentas.

Mauricio Macri, en tanto, avanza con pie firme, sin cometer errores, seguro de lo que va a hacer. La transición, acerca de la cual tanto se ha conjeturado, puede tener algún sobresalto de menor calado. Nada más. Aun cuando las facciones duras del kirchnerismo se animan en las redes sociales a declararse parte de la resistencia, su discurso luce apolillado. Macri no se parece en nada a Pedro Eugenio Aramburu o al almirante Rojas, y hay un abismo infranqueable que separa a Juan Domingo Perón de Cristina Fernández de Kirchner.

Massot/Monteverde

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