Mié. Jun 16th, 2021

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Toque de queda: abuso de los gobiernos postdemocráticos. Por Marco Gervasoni

El debate abierto en Italia dentro del gobierno de Draghi sobre el toque de queda a las 23 horas en lugar de las 22 es lo más grotesco que se ha visto en este “mundo al revés” en el que estamos inmersos desde hace ya más de un año. No existe estudio científico alguno que demuestre que una medida como el toque de queda tenga un efecto en la contención de la pandemia. Un artículo publicado el pasado 23 de enero en el New York Times (periódico favorable a confinamientos y cierres) se preguntaba si esta medida servía para algo, y la conclusión era que no. Afirmaba que era y es totalmente inútil cuando ya se han decretado medidas de cierre de negocios y locales de ocio. No ha sido por capricho si naciones como Estados Unidos o Reino Unido, donde el Gobierno de Boris Johnson ha introducido medidas severas, no la han utilizado. Sin embargo, en la Unión Europea parece que el toque de queda está en boga, y se han impuesto variados toques de queda en Alemania, en España, en Francia, donde incluso empieza a partir de las 19 horas (antes era a las 18) y, por supuesto, en Italia.

Para entender los motivos por los que el gobierno de Italia presidido por Mario Draghi se preocupa tanto por esta medida, la cual debería eliminarse, y más allá de la “Danza de las horas”, en este caso “baile de los horarios” (que si a las 22, a las 23, a las 18…), debemos centrarnos en entender la naturaleza ideológica de la misma.

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“Gracias” al COVID, los gobiernos democráticos han descubierto y puesto en práctica  una nueva forma de «gobernabilidad»[1], típica de los sistemas autoritarios, los cuales sólo echaban mano del toque de queda en situaciones excepcionales como un escenario de guerra. De hecho, el toque de queda hoy es una medida de guerra utilizada en tiempos de paz. Y aquí tenemos el primer aspecto de la “nueva gobernabilidad” de los sistemas democráticos (en mi opinión, cabe hablar ya de postdemocracia): adoptar una ideología de guerra en tiempos de paz. En este caso el pretexto es “la guerra contra el virus» que «no se sabe cuánto durará”, como así lo confesó el propio Draghi, mientras que Biden afirmó que estas medidas (como los confinamientos, cierres de actividades y toques de queda) tendrán que utilizarse cuando (y no si) lleguen nuevas pandemias. Curiosa afirmación la de Biden…

El estado de guerra permanente es una de las características de los regímenes autoritarios y totalitarios. Y ni siquiera los regímenes democráticos escapan, si se da la ocasión, a esta tentación. Así se explica en uno de los grandes libros del siglo XX, Poder (1942) de Guglielmo Ferrero, escrito durante la Segunda Guerra Mundial. Para Ferrero, el poder político es menos legítimo cuanto más miedo tiene. Y cuanto más miedo tiene, con más  ahínco intenta infundir y sembrar el miedo entre la población para disciplinarla. Y es ésta la segunda razón ideológica, la más profunda, la de la «utilidad» del toque de queda: no la práctica (quienes hayan circulado después de las 22 horas por las grandes ciudades habrán visto las pocas patrullas y controles que hay), ni tampoco la «derivada» de una supuesta disminución de la criminalidad, que en realidad y estadísticamente ha aumentado, aunque tomando otras formas.

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Así, el fin último del toque de queda es eminentemente ideológico: infundir temor. Es un hecho que el miedo es un recurso clave en los actuales regímenes democráticos en los que despunta una escasa o, mejor dicho, escasísima legitimidad democrática. Escasísima como queda confirmado en las cada vez menos participativas elecciones (tomemos Francia como ejemplo) o por las “soluciones” y acuerdos de despacho que no se corresponden con los resultados electorales manifestados en las urnas por los ciudadanos (por ejemplo Italia o España). Escasísima también debido a la extrema polarización del cuerpo social, que con la pandemia se ha acentuado en lugar de contraerse y disminuir. Tanto es así que en Italia, Francia, Alemania, España, Estados Unidos, todos parecen odiar a todos. Sin la más remota idea de cómo gobernar los diferentes países, los ejecutivos postdemocráticos sólo saben recurrir, ahora más que nunca, al truco del miedo. Sólo un pueblo atemorizado parece ser dócil. Pero, como nos enseña Ferrero en su obra, del miedo a la explosión de la rabia, incluso de una furia ciega, se puede pasar en un solo segundo.

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