Terrorismo marxista: si no mata en democracia no es repudiable. Por Juan Alberto Lagalaye

Días atrás, la “tribuna de doctrina” tituló como recordación de “militares muertos por guerrilleros en democracia” la noticia de que el Ejército dispuso“poner en marcha (…) una serie de actos para reconocer públicamente a los caídos en defensa de las unidades castrenses en períodos constitucionales”.Tal iniciativa parece haber conmovido hondamente al cronista, insuflándolo de la épica pertinente, atento el verbo empleado para el anuncio: marchar.

 Pero la evocación de las epopeyas no puede tener la amplitud que la verdad histórica exige. No vaya a ser que “empañoladas” y circunstanciales secuaces ‒éstos, desde el llano o la altura, llamemósla así, de los cargos públicos‒ bramen ante el atrevimiento de rendir homenaje indiscriminado a las víctimas de jóvenes inquietos que cargaron con la única culpa de haber querido apresurar el “curso de la historia”. El recuerdo, en consecuencia, debe reducirse a aquellos que fueron abatidos en inmaculados tiempos de democracia, pues sólo esta está habilitada para santificar las ofrendas; ella, con su pretendida excelencia, guarda celosamente y con exclusividad la garantía de calidad ‒digamos que al modo Iram‒ de los sacrificios. Los otros, los que no pudieron elegir el momento de consumación de los asesinatos respectivos y tuvieron el infortunio de haber caído fuera de esos tiempos agraciados merecen el olvido, el silencio, aunque, desde la perspectiva igualitaria característica de esta época, sus deudos estarían habilitados para reclamar ante el INADI si no fuera que así mancillarían su memoria.

 Sin embargo, esa lectura choca con la realidad. Indiferentes a semejantes distinciones, actuando por todo y contra todos, restándole importancia al régimen político vigente, las organizaciones subversivas ‒no meramente guerrilleras o terroristas, pues tales operaciones son sólo fases de la guerra revolucionaria y por sí mismas carecen de entidad para determinarla‒ tuvieron como objetivo eliminar de la Argentina las instituciones y, en muchos casos, personalidades que sostenían los vestigios de orden existentes; los elementos mencionados significaban un obstáculo para la toma del poder, que tenía como propósito desgajar a nuestra Patria y privarla de la savia, ya casi exhausta, recibida con su fundación.

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 Mas, la arbitraria calificación establecida para merecer las honras públicas, no alcanzó a todos los comprendidos en la peculiar selección: quedaron excluidos los caídos en el combate de La Tablada, ocurrido en las postrimerías del “alfonsinato”.

  Los defensores del Regimiento de Infantería Mecanizado 3 General Belgrano y del Escuadrón de Exploración Blindado adyacente que murieron en la acción aludida, según lo consignado por el teniente coronel Emilio Guillermo Nani en la carta publicada en el diario “La Nación” el 23 de enero pasado, fueron: mayor Horacio Fernández Cutiellos, teniente Ricardo Alberto Rolón, sargento ayudante Ricardo Raúl Esquivel, sargento Ramón Wladimiro Orué, cabo primero José Gustavo Albornoz, soldados Héctor Cardozo, Martín L. Díaz, Roberto Tadeo Taddía y Julio D. Grillo y comisario inspector Emilio García García y sargento primero José Manuel Soria (estos dos últimos de la policía bonaerense).

 El distinguido oficial mencionado acusó de ingratitud a tal omisión. Ciertamente que la hay, pero también algo que él, si entrevió, no puede denunciar por su humildad y sencillez, patentes para los que lo conocemos, especialmente en la narración de sus hazañas bélicas ‒aunque así no las describa en verdad lo fueron‒ ante auditorios juveniles.

 Es que el teniente coronel Nani, héroe sobreviviente de las dos guerras que afrontó nuestro Ejército en el siglo veinte, está hoy sujeto a inicuo proceso y preso. En esa condición, por su obligada ausencia, fue, para los organizadores de los homenajes, el impedimento de la realización de éste; ¿cómo justificarla, tratándose de uno de los protagonistas principales de la recuperación del regimiento de La Tablada?

 Queda así como piedra de escándalo, como escollo imposible de superar para la mala conciencia de jerarquías que bastardean las dignidades de la República y que, en su cumbre ‒el Ministerio de Defensa‒ encuentra a un “correligionario” de aquellos que, desempeñando entonces importantes cargos públicos, fueron acusados de actuar en connivencia con los atacantes de la unidad, denuncia convalidada por el presidente Frondizi.

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 ¿Qué puede sorprendernos esa manipulación, por no calificarla de manoseo, de situaciones que hacen al honor debido a nuestros soldados, en el caso, de uno de los mejores, si hoy nomás, en un episodio trágico, mezquinan homenajes ‒el duelo anunciado pero incumplido por los tripulantes del “ARA San Juan”‒ debido a “conveniencias de imagen”?

 Es un signo de los bajos tiempos que nos tocan, el que nuestros pretensos dirigentes ‒que no lo son por servir a poderes tenebrosos‒ ajustan sus acciones a las encuestas, cuando, los hombres de bien, aquellos que ejercen el señorío, someten sus conductas solamente al recto juicio moral.

  Pero, ¿qué otra actitud podemos esperar, cuando en el interior de los templos encontramos comportamientos similares? Me contaba, las otras noches, Clarita, mi mujer, ella siempre observadora atenta, que advirtió en las pocas misas nuevas a las que asistimos, siempre por compromisos sociales, que llegado el momento de comulgar, el celebrante ‒o presidente de la asamblea, como les gusta presentarse‒, son indagados los feligreses sobre la manera de hacerlo: en la boca o en la mano.

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