Terrorismo judicial y periodístico, moraleja del caso García Belsunce. Por Cosme Beccar Varela

Ayer fue absuelto el Sr. Carrascosa, después de sufrir durante catorce años la persecución más implacable de varios malos jueces y de pésimos periodistas. El lider de esta saga siniestra fue el Fiscal Diego Molina Pico, un individuo que en mala hora fue investido de los poderes de Fiscal en lo Penal, porque a lo largo del proceso demostró ser un megalómano que no sólo arruinó la vida del Sr. Carrascosa y de toda la familia de la víctima, María Marta García Belsunce, sino que dejó de cumplir el deber de investigar para descubrir al verdadero asesino. Doce años después, y estando la causa a punto de prescribir, habiendo la Justicia determinado (¡¡finalmente y cuán tardíamente!!) que el Sr. Carrascosa es inocente, ahora el asesino ha tenido tiempo de borrar sus rastros y la prensa, el gran motor de toda esta canallada judicial, consciente de su culpabilidad en el estropicio, dejará de instar para que se descubra cuanto antes al verdadero culpable.

El crimen fue cometido el 27/10/2002. En el 2004 el Fiscal Molina Pico presentó su acusación contra el Sr. Carrascosa en un escrito de 257 páginas y, además, para asegurarse que su desopilante vanidad fuera satisfecha mediante una amplia publicidad, redactó un “resumen” de 60 páginas de la disparatada acusación.  Si bien no soy amigo de la familia García Belsunce, ni conocía a la desdichada Señora María Marta ni a su marido el Sr. Carrascosa, aunque sabía quiénes eran su padre y su hermano, ambos de nombre Horacio, no pude resistir la indignación que me produjo la disparatada acusación. No puedo sufrir la injusticia, se cometa contra quien se cometa. Escribí entonces en “La botella al mar” el artículo Nro. 554, el 17/2/2004 en el cual, entre otras cosas decía:

“No he leído ni quiero leer las 257 páginas de la acusación ni las 60 del resumen que preparó el “modesto” funcionario para la prensa. Me basta el resumen de los diarios. Es de señalar que éstos, a pesar de la enorme campaña de embrollamiento del asunto que llevaron a cabo durante meses y meses con la obvia intención de aumentar sus ventas, no pueden evitar un cierto tono irónico al dar la noticia. Es clarísimo que no creen la desopilante versión de Molina Pico, que más parece una pura creación de su fantasía que una conclusión razonada de los hechos probados en autos.

“El Cartel de Juarez, los hermanos Rohm del Banco General de Negocios, toda la familia de García Belsunce que llegó a la escena del crimen a fuer de parientes próximos, varios vecinos, la policía, el corralito, la memoria de la pobre víctima, todo esto en un cambalache jurídicamente heterodoxo y expuesto con una chabacanería indigesta.

“Para terminar con acusaciones alternativas, como por ejemplo aquella en que enloda a la víctima, que está muerta y no puede defenderse, diciendo que “formaba parte o, en su caso, estaba anoticiada de la actividad mafiosa, de su accionar, de sus movimientos ilegítimos de dinero ilegal” (“Clarín”, 17/2/2004, pag. 38)

“¿Cómo “en su caso”? ¿Cuál es ese “caso” que separa el ser cómplice, del saber que existe un delito? El Fiscal no tiene derecho a levantar semejante duda. Si hay pruebas para acusar debe hacerlo derechamente y si no las hay, no puede levantar dudas terribles desde su público estrado destruyendo el honor de una persona con una virulencia inaudita. Y menos aún puede precipitarse a publicar sus elucubraciones arbitrarias sin utilidad alguna para la investigación, aunque sí (tal vez lo crea él) para el adelantamiento de su carrera.

“Esa autopromoción tiene ribetes demagógicos desagradables cuando dice que todo esto lo hace “para restablecer la justicia dañada y para que no se siga diciendo que sólo el villero es el que sufre el rigor penal en la Argentina” (“La Nación”, 17/2/2004, pag. 11).

“Molina Pico sabe perfectamente bien que si en vez de tratarse de la familia García Belsunce, bastante conocida, se tratara de la muerte de una pobre habitante de una villa miseria en su casilla precaria, él no hubiera mostrado la saña que muestra contra el marido, ni contra sus hermanos, ni contra sus vecinos. Es probable que a la primer dificultad de prueba hubiera dejado el asunto en manos de subordinados. Y lo mismo dígase de la prensa: jamás hubieran pasado de una pequeña noticia anunciando el crimen. A no ser que se sospechara de alguien conocido; en ese caso empezaría una caza de brujas implacable en la que el acusado no tendría ni la más mínima posibilidad de encontrar justicia imparcial.

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“La megalomanía incontenible del Fiscal queda demostrada en la frase final de su acusación: “Parafraseando a (Julio) César, pero con humildad (¡sic!), puedo concluir diciendo que, con la eficaz colaboración del personal a mi cargo investigué, descubrí, acusé” (“Clarín”, 17/2/2004, pag. 38)

“¡Dios nos libre de estos magistrados! ¡Pobre Patria y pobres argentinos! ¿Cómo se puede vivir en una tierra arrasada por magistrados así?”

Era tal la falta de seriedad y la insolencia del Fiscal Molina Pico, que uno de los jueces de la Cámara Penal de San Isidro, el Dr. Rizzi, que votó en disidencia, dice en su voto:

“…el fiscal Molina Pico desautorizó el interrogatorio que propiciaba uno de sus colegas. Y al final del alegato, el nombrado tampoco se ahorró una impertinente admonición al tribunal, más propia de un discurso político que de una pieza jurídica.”

Y ahora, en el fallo de absolución del Sr. Carrascosa, los camaristas de Casación “critican con dureza lo actuado por el Fiscal que instruyó la causa, el Fiscal Molina Pico y ordena *extraer copias de la presente sentencia para remitirlas al Jurado de Enjuiciamiento bonaerense”. (“La Nación”, 21/12/2016, pag. 30). Espero que lo condenen y lo remuevan del cargo que inmerecidamente detenta, lástima que sea demasiado tarde para impedir el daño que ya hizo. Ese daño no solamente lo causó al Sr. Carrascosa al que tuvo en la cárcel durante cinco años y en prisión domiciliaria durante dos años más, y bajo proceso durante 14 años, sino también ha permitido que escapara impune al asesino, puesto que dejó pasar esos mismos catorce años sin investigar seriamente el asesinato.

Si en vez de dedicarse a “hacer carrera” persiguiendo a la familia García Belsunce, se hubiera puesto a investigar inmediatamente, en el 2002, las pistas que había, entre ellas rastros de sangre que nunca se identificaron pero que muy posiblemente pertenecían al asesino, lo hubiera podido descubrir. Además, si era uno de los vigiladores del “country” donde fue cometido el crimen, hubiera podido hacerlos comparecer a todos y el que estuviera herido era el primer sospechoso. Ahora es tarde. Y la culpa la tiene ese Fiscal inicuo llamado Molina Pico.

La reconstrucción del hecho permite inferir que la Sra. María Marta reconoció a los que estaban robando en su casa y éstos, resolvieron matarla. Ella escapó corriendo escaleras arriba. Al llegar al primer piso tomó una vara de hierro usada para remover la leña de una estufa y con ella alcanzó a golpear fuertemente al agresor armado. Este sangró y es posiblemente su sangre la que se encontró y no se pudo identificar. Indignado el criminal por la inesperada resistencia de su víctima intentó atraparla y ella trató de encerrarse en el baño, pero no pudo. El asesino la mató con cinco innecesarios balazos todos en el mismo lugar de la nuca y un sexto que la rozó. Semejante ensañamiento era inexplicable en el Sr. Carrascosa (en la absurda hipótesis de Molina Pico) pero no en la de un criminal común herido por su víctima.

Es cierto que la familia actuó de una manera atolondrada cuando supuso que era un accidente ocurrido al caer contra una de las canillas de la bañadera, cuya forma de aspas les hizo saltar a la conclusión de que una de ellas había sido la causa de la fea herida que tenía la víctima en su cabeza. Creo recordar que la madre del Sr. Carrascosa había fallecido a causa de un accidente de ese tipo, cosa que alentó la precipitada conclusión. Y en su atolondramiento, trataron de impedir que interviniera la Policía, con la correspondiente autopsia y demás trámites desagradables.

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Es falso, sin embargo, que la herida era notoriamente de bala y trataron de ocultarla. Ninguno de los médicos que la revisaron en el momento se dio cuenta de tal cosa. El Dr. Rizzi dice en su voto de una de las sentencias: “Fueron los médicos Gauvry Gordon, Biasi, e incluso Nölting, quienes en todo caso pudieron o debieron hacer la denuncia policial, e iniciar así un procedimiento que de estar en marcha, hubiera permitido engarzar como actitudes encubridoras al resto de las acciones que ya analizaré. Pero ninguno de ellos lo hizo, porque en realidad, también ellos estaban convencidos de que se trataba de un accidente doméstico, y no porque se lo haya dicho Carrascosa o la masajista Michelini, sino a partir de sus propias observaciones de lo ocurrido.”

Recién cuando se hizo la autopsia, un tiempo después, los médicos actuantes determinaron la existencia de los balazos.

Una de las sentencias dice: “A fs. 1401/1402 y 1598/1602, lucen las declaraciones testimoniales de los médicos encargados de realizar la operación  de autopsia a la víctima de autos, Dres. Carlos Alejandro Flores y Héctor Horacio Moreira.  Ambos coincidieron en cuanto a que los orificios advertidos, en un primer momento fueron considerados como contuso-punzantes, y recién después de abierto el cuero cabelludo en dos colgajos, vieron la fractura como partida en varias partes y el hundimiento –precisando que dicha lesión estaba inmediatamente por debajo de los orificios más agrupados-.

“Luego de aserrada la calota y colada en una bacha metálica la masa encefálica licuada, advirtieron la presencia de los cinco proyectiles. A raíz de ello, determinaron que la muerte había sido producida por disparos de arma de fuego. Aclararon que a esta conclusión se llegó recién después de hacer toda la operación de autopsia, ya que con anterioridad -en el examen de necropsia- nada hacía sospechar que las lesiones que presentaba la occisa hubieran sido producto de un arma de fuego.”

Es decir, mintió la prensa (en especial “La Nación” y “Clarín”) cuando instaló en la opinión pública la idea de que la familia García Belsunce en masa sabía que había sido muerta a tiros y lo ocultó deliberadamente. Lo increíble del caso es que nunca dijeron cual habría sido el motivo que habría llevado al Sr. Carrascosa a matar a su esposa y, en cambio, todos los hermanos de éste siempre estuvieron junto a su cuñado para defenderlo. Inclusive ayer, al saberse la absolución, fue Horacio “quien a diferencia de Carrascosa se despachó con dureza contra quienes lo apuntaron por el homicidio. Para él, hubo *absoluta animosidad en (el fiscal Diego) Molina Pico, e indignidad y cobardía de los jueces que fallaron presionados por los medios*”. (“Clarin”, 21/12/2016, pag. 4).

La conclusión que es inevitable sacar de este drama de 14 años es que existe un verdadero terrorismo judicial y periodístico que amenaza a cualquier persona de bien que incurra en el odio o en el desafecto ideológico de esa cofradía inmoral o en el odio de alguien que tenga poder como para mover a dicha cofradía, por interés o amenazas, a perseguir y condenar a alguien.

Esta conclusión se torna irrebatible si al caso que acabo de comentar le sumamos el de los 2.175 secuestrados políticos, más lo 385 muertos por homicidio de Estado en las cárceles kirchneristas y ahora de Macri, todos ellos víctimas de los políticos y de la prevaricación judicial más escandalosa y despreciable.

Lo más grave es que la reiteración de estos crímenes “legales” ha conseguido corromper la opinión pública hasta tal punto que ni siquiera se interesa por ellos. Y deja hacer con una indiferencia cómplice que degrada a toda la sociedad argentina.

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