Tam tam tam. Por Cosme Beccar Varela

«¡Tam, tam,tam!» Desde mi ventana oigo el «Tam-tam» de los tambores con los cuales la plebe subversiva de izquierda, comunista, polo obrero, clase combativa, peronista y otros nombres que significan la misma cosa, marcan su dominio de la calle. Un «Tam-tam» amenazador ante el cual los indefensos e indefendibles tiemblan o se alejan para no encontrarse con las hordas rebeladas que presagian con su ritmo salvaje su poder de destruir el orden civilizado e insinúan su decisión de no ahorrar violencia alguna, inclusive, si llega el caso, la de matar.

Todos los días en alguna de las calles de Buenos Aires resuena ese fatídico retumbo que anuncia la llegada de una tribu de salvajes que se mueve con cualquier pretexto, siempre con banderas rojas y con aclamaciones a Perón como símbolo de la lucha de clases. El tráfico se interrumpe, la Policía protege a los agitadores, desvía los vehículos y se entiende claramente que no defenderán a nadie que las turbas elijan como víctima. El gobierno, que según la Constitución debería aplicar las leyes, está lejos, gozando de la arboleda de la quinta de Olivos o en los suntuosos escritorios de la Casa Rosada. Saben que este «Tam-tam» proclama la presencia del caos social provocativo e incesante, pero no hacen nada para impedirlo. Prefieren aliarse con el caos porque los políticos son hijos del caos y de la prostitución política. No son nada sin sus cargos y prefieren mantenerlos evitando cualquier enfrentamiento con los criminales y sus asalariados que hacen actos posesorios de las calles, antes que cumplir con su deber de mantener el orden y reprimir a esa minoría de salvajes, arriesgando su disfavor político, al que le temen.

Ayer, por ejemplo, «grupos piqueteros cortaron la 9 de Julio a la altura del Obelisco y también los carriles del Metrobus. Causaron un caos del tránsito durante varias horas y atravesar la Ciudad al mediodía se volvió imposible. Pedían más planes sociales (N: o sea, más regalos de plata, más de los que ya les regala este gobierno supuestamente de «centro derecha» financiando así la vagancia y la agitación).”  Lo increíble del caso es que según las encuestas «un 70% rechaza los piquetes y el 38% está de acuerdo en que los desalojen por la fuerza.» («Clarín», 1/6/2017, pag.1).

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Es decir, el resto, 62% de la población, prefiere que los dejen hacer y sólo se trate de disuadirlos por medio del «diálogo». Se olvidan estos intimidados cobardes que con el «Tam-tam» ensordecedor como fondo, no se puede «dialogar» y menos aún con individuos arriados y pagados por agitadores profesionales fabricantes del caos. Todo está planeado y ejecutado bajo el manto de impunidad que le ofrecen las «autoridades» que usan sus cargos para enriquecerse, pero no cumplen sus deberes como funcionarios públicos y prefieren traicionar a los pacíficos usuarios de la vía pública (frustrados), que a esas bandas de perturbadores. Aquellos ya han sido «domados» por éstos y soportan todos los vejámenes y todas las demoras con una resignación bovina y ni siquiera dejan de votar por Macri, como lo van anunciando desde ya, a pesar de su manifiesta falsedad, inepcia, deshonestidad y complicidad con el caos.      

El «Tam-tam» es un símbolo de la traición de los jueces, los legisladores, los periodistas, el clero, los «ciudadanos decentes», las FFAA y de todo lo que en teoría constituye la trama de una nación civilizada. ¿Cómo puede haber jueces, gobernantes, FFAA o «ciudadanos decentes» en un país en el que los tambores con sus «Tam-tam» marcan el ritmo de la vida pública? Todas las instituciones están subvertidas y no hay seguridad ni garantías legales para nadie. La anarquía y su «Tam-tam» se han adueñado de todo. Lo veo todos los días en los tribunales, en la prensa, en el gobierno, en la calle, en todas partes.

El «Tam-tam» también es la señal para los delincuentes comunes que les indica que pueden salir a robar y a matar por poco o nada, a sabiendas de que el «Tam-tam» de sus cómplices dueños de la calle y autores del desorden, y la cobardía de los gobernantes, los protege contra cualquier castigo legal.

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El «Tam-tam» es una imitación de los ritmos frenéticos de los antros «bailables» donde la juventud se deja llevar por la locura de unos degenerados que forman los mal llamados «conjuntos musicales» que hacen ruidos infernales a los que llaman música, pero con el «Tam-tam» como fondo.  Allí se aprende a drogarse y a fornicar desde la adolescencia para lo cual el compás del «Tan-tam» y los movimientos sensuales a que induce son una preparación hipnótica que predispone a toda forma de sexo inebriante y hace a los jóvenes cada vez más incapaces de cualquier forma de pensamientos y sentimientos nobles.

Ese «Tam-tam», que viene del fondo de las selvas primitivas ha sido adoptado como un símbolo de la vida en la argentina de hoy, con la complaciente indiferencia de «las autoridades» y es precursor de la barbarie. ¿Puede algún día revertirse esta lenta pero inexorable perversión social y política? Dudo que haya hombres con nobleza, coraje y poder como para hacerlo y, desde luego, dudo que pueda lograrse sin sangre. Los demagogos que han fomentado esta espantosa decadencia con la excusa de «servir al pueblo» deberían saber -y creo que lo saben- que le están cavando a ese pueblo su propia fosa y están trabajando para la desaparición de la argentina.

Un «Tam-tam» fúnebre suena sobre los restos de lo que pudo ser un gran país. Ya falta poco para que la argentina enarbole como bandera, una bandera de remate… Dejemos a los «optimistas» vivir mecidos por sus estúpidas (y cobardes) ilusiones. La realidad para quien quiera verla con los ojos bien abiertos, está dominada por el «Tam-tam» y de eso no hay retorno sin la sangre de los héroes y la de los agentes del caos combatidos por esos héroes. Pero como no hay héroes, la bestialidad plebeya seguirá su curso demoledor. El destino de los indebidamente pacíficos y «domados», es ser esclavos de los amos implacables que se anuncian con el «Tam-tam» de sus fatídicos tambores.

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