Supuestos implícitos. Por Vicente Massot

En el ruedo político argentino los partidos son unos ilustres desconocidos o —si se prefiere— unos simples convidados de piedra. Canales, cuando menos en teoría, de la representación popular, en la práctica semejan cascarones vacíos de todo contenido. En su lugar, para salvar de alguna manera el horror al vacío, han copado el escenario democrático  —como sujetos excluyentes del mismo— los jefes partidarios, los caudillos provinciales, los capangas sindicales y los taitas barriales, o sea, personalidades cuya relevancia viene dada menos por el apego a un marco institucional falto de consistencia que por el peso de su fuerza.

En este orden de cosas, la Unión Cívica Radical, el partido Justicialista, Cambiemos, la Coalición Cívica y la Alternativa Federal resultan tan sólo un conjunto de sellos que sirven para cumplir con las formas constitucionales. A nadie le importaría demasiado si Mauricio Macri abandonase de un día para otro el Pro y decidiese elegir cualquier otro nombre para liderar a su flamante agrupación, o que el tigrense Sergio Massa se pasase del Frente Renovador al Polo Republicano y lo mismo hiciese Elisa Carrió migrando de su grupete de ciudadanos cívicos a uno de distinto rótulo. Aquí los políticos se mueven de un lado al otro como quien cambia de camisa.

Pero que los hombres y mujeres de carne y hueso tengan una relevancia de la cual carecen —casi por completo— los partidos, no significa que los protagonistas de la plaza pública arrastren tras de sí multitudes cuando obran a la manera de veletas. Son pocos, si acaso alguno, los que pueden estar seguros de que —hagan lo que hagan— tendrán a sus votantes, de uno en fondo, listos para seguir sus órdenes, instrucciones o caprichos, como se prefiera llamarlos. En eso de embrujar a las masas ninguno se le acerca a Juan Domingo Perón. Portador de un carisma incomparable, se llevó a la tumba el secreto de la conducción política.

Lo anterior viene a cuento de las especulaciones que se hacen en las fuerzas listas para disputar las elecciones como en los análisis que se tejen con el propósito de explicar la situación que atravesamos. En general se da por sentado que, en términos de los votos que acreditan, si Roberto Lavagna aceptase formar parte de una Cambiemos ampliada
sería más o menos lo mismo que si optara por marchar junto al peronismo ortodoxo, nucleado en Alternativa Federal, y que no habría demasiada diferencias si Sergio Massa se mantuviese junto a Juan Manuel Urtubey y a Juan Schiaretti que si fugase al kirchnerismo. Ocurre que ni los arriba nombrados ni ningún otro de sus pares de esta playas son dueños de sus votos, independientemente de las idas y venidas tácticas, estratégicas o ideológicas que practiquen.

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Como no hay fuerza política susceptible de ganar en las elecciones próximas a substanciarse sin el concurso de aliados, la consigna de la hora parece ser la forja de alianzas. Pero, en razón de lo expresado antes respecto de la inanidad de los partidos, valen más los candidatos que los sellos de goma. Sirva este ejemplo, de los muchos que sería pertinente apuntar, para entenderlo: cuando los radicales piden que se ensanche la coalición que los contiene, en rigor apuntan a atraer a tres o cuatro referentes del peronismo republicano que, se supone, junto a ellos arrimarán a Cambiemos una apreciable cantidad de votos. Es lo único que pueden hacer ya que no existe el peronismo. Lo que hay son peronistas. De la misma manera que, al tratar de seducir a parte del radicalismo, en realidad lo que persigue Lavagna es tentar a Ricardo Alfonsín, a Federico Storani y a Juan Manuel Casella.

Nada hay de malo en estos intentos a condición de entender que la fuerza electoral de los candidatos es algo que crece y decrece al compás de razones que no siempre son mensurables en una encuesta. Si los radicales díscolos con la conducción del partido y deseosos de abandonar Cambiemos creyesen conveniente, después de la convención partidaria cerrada ayer, abrazarse a Lavagna y hacer rancho aparte con el ex–ministro de Economía y sus aliados socialistas, ¿cuántos de sus correligionarios los seguirían? Nadie está en condiciones de contestar semejante pregunta. Si el otrora intendente de Tigre diese una voltereta y, a continuación de la cumbre sostenida en Córdoba, amaneciese con los K la semana que viene, ¿alguien podría asegurar que el 9 por ciento de intención de voto que le atribuyen las encuestas sería un capital que él podría aportarle a Unidad Ciudadana? —No.

De ordinario y aunque muchas veces no nos demos cabal cuenta de ello, nos manejamos y razonamos con base en los que se denominan “supuestos implícitos”. Tomemos dos casos. Uno referido al principal espacio opositor al gobierno y el segundo al oficialismo. En las tiendas kirchneristas se da como cosa juzgada que la situación actual —que, según sus economistas de cabecera, habrá de prolongarse en el tiempo, sin remedio a la vista— clausura las posibilidades de Mauricio Macri de ser reelecto. En marzo las ventas en los supermercados, autoservicios, shoppings y centros de compra registraron una caída alarmante. El fenómeno se ha repetido de 9 meses a esta parte. En las pymes la situación no resulta mejor. Durante el primer trimestre del año en curso, sus ventas se redujeron un 10,7 %
respecto del mismo periodo del 2018. Como el consumo parece no tener un piso predecible por el impacto que generan la recesión y la inflación mancomunadas en los hábitos de la gente; la disminución de la actividad económica no cesa y la inflación no baja de 3 %, la conclusión a la que llegan los Fernández es que Cambiemos difícilmente pueda repetir la performance de hace cuatro años. Todos los datos de los cuales se valen para realizar su análisis son ciertos. El resultado del razonamiento, en cambio, no lo es. Al menos, no necesariamente. El macrismo está en condiciones de triunfar a pesar del desbarajuste que ha producido. A su vez, en la Casa Rosada también campean los supuestos implícitos.

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No otra cosa es creer, como un dogma de fe, que enfrentar a Cristina Fernández tiene como final anunciado una victoria segura, en segunda vuelta, de Cambiemos. Ello en virtud del miedo que generan los K. El temor es verdadero; no así la conclusión. Unidad Ciudadana puede volver a Balcarce 50 malgrado el pánico que produzca en determinados sectores de la sociedad.

Perder de vista que ningún candidato tiene la vaca atada y que la gente a la hora de votar no se deja llevar de las narices, es uno de los riesgos principales de los planificadores de campañas y de los analistas políticos. La incertidumbre a la que venimos haciendo referencia desde hace rato y que hoy es más perceptible que nunca obliga a tomar los vaticinios y pronósticos electorales con beneficio de inventario. En punto a posibles resultados, las cosas no han cambiado mucho desde el estallido de la crisis cambiaria en mayo del pasado año. Nada está escrito ni cantado. Puede ganar cualquiera.

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