Sorpresas te da la vida…Por Vicente Massot

En un país donde nadie sabe callarse; donde los secretos lo son a voces y a los pactos de silencio suele llevárselos a pasear, con una facilidad pasmosa, cualquier ventisca pasajera, es algo asombroso cuanto el periodista del diario La Nación, Diego Cabot, el juez
federal Claudio Bonadío y el fiscal Carlos Stornelli fueron capaces de guardar para sí, sin que trascendiese ni el más mínimo detalle, por espacio de casi ocho meses. Si ellos —y otros cinco colaboradores a quienes se les confió, a fines del año pasado, la seriedad del tema— hubieran abierto la boca, los cuadernos de la corrupción no habrían generado ahora el punto de inflexión que produjeron. Lo primero, pues, que conviene resaltar es que el éxito de la investigación solamente fue posible por la reserva absoluta de los protagonistas periodísticos y judiciales.

El segundo dato que salta a la vista es el hecho de que nos hallamos ante uno de esos casos capaces de modificar la situación política de un país de la noche a la mañana. No importan los topes a los que llegue la causa y los límites que sobrepasen el juez y el fiscal encargados de la misma, lo cierto es que se puede hablar —sin exagerar un ápice— de un antes y un después de los apuntes de Jorge Centeno. Nunca había sucedido cosa parecida entre nosotros y no será fácil que vuelva a repetirse de esta forma. En punto a la corrupción pública, la prolijidad obsesiva de un chofer y la ira de una mujer despechada pusieron al descubierto, en menos de lo que canta un gallo, cuanto le hubiera llevado años develar a la Justicia. De pronto, sin decir agua va, cayó el telón y dejó al kirchnerismo y a una parte destacada del empresariado nacional demudados y desnudos.

Era de todos conocida la mecánica conforme a la cual ha obrado la cámara de la construcción —y de la corrupción— desde tiempo inmemorial. Hasta el menos avisado de los hombres sabía que para ganar una licitación había que pagar coimas. Con base en la fórmula doy para que me des —que por espacio de décadas enriqueció a los políticos de distintos gobiernos y a un conjunto permanente de socios constructores— las sucesivas administraciones del matrimonio santacruceño montaron una asociación ilícita voraz. Investigada sin pausa a partir de enero del 2016, nadie había sido capaz de reunir las evidencias en su contra que transparentan los testimonios de Centeno.

Semejante al Mani pulite italiano y al Lava Jato de la vecina república del Brasil, el escándalo de los cuadernos Gloria adquiere —por su calado— una trascendencia inédita en estas playas. El desfile por los tribunales de hombres de negocios de primer nivel y de funcionarios de la anterior administración, incluyendo a una ex–presidente, no lo habíamos visto los argentinos ni en sueños. Hoy es una realidad que no resulta posible tapar ni edulcorar. No hay —a diferencia de casos anteriores, de menor envergadura— magistrado o político en condiciones de detener o atemperar la velocidad que le han impuesto Stornelli y Bonadio a la investigación.

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No significa lo dicho que se haya acabado la impunidad para malversar dineros públicos y saquear el Estado. Falta mucho tiempo, en la mejor de las hipótesis, para que ello suceda. No obstante lo cual, el episodio más relevante de corrupción que hayamos conocido
será ventilado en toda su dimensión ante la sociedad; y sus responsables terminarán seguramente presos. Ello no sin antes haber asumido, varios de los protagonistas, su responsabilidad en el entuerto. Toda una novedad cuyas consecuencias políticas todavía están por verse.

Cristina Fernández, Mauricio Macri y el peronismo ortodoxo deberán barajar y dar de nuevo. La relación de fuerzas entre ellos y la sociedad ha cambiado y sus efectos se harán sentir en una campaña electoral que recién empieza. Aunque la jefa de Unidad Ciudadana realicé intentos desesperados por desentenderse de las acusaciones que le pesan, y la feligresía propia crea a pie juntillas en su inocencia, es difícil imaginar de qué manera podría ganar una elección presidencial. Los bolsos revoleados por José Lopez o las sospechas de su relación con Lázaro Baez y Cristobal López, palidecen si se los compara con los hechos, cantante y sonantes, que ha puntualizado el que fuera chofer de Roberto Baratta.

Esto es tan sólo la punta de un iceberg de dimensiones gigantescas que, a medida que hablen los involucrados —en menos de una semana ya son tres los arrepentidos— dejará a la viuda de Kirchner expuesta ante la opinión pública de una manera a la que no estaba acostumbrada. El núcleo duro de su masa de votantes no modificara la opinión a su respecto. Es probable que no se derrumbe en las encuestas y que retenga el tercio del electorado que, hasta ayer, le era afín. Contra lo cual habrá perdido el apoyo que hubiera podido tener de parte de los indecisos, cuya importancia está dada por el hecho de que es el segmento que definirá una eventual segunda vuelta en noviembre del año que viene.

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Sin contar —claro— con la posibilidad de que vaya presa. El peronismo que en la cámara alta del Congreso Nacional se nuclea en torno de Miguel Ángel Pichetto, tendrá la responsabilidad de decidir la cuestión. La postura que la cabeza de los senadores del PJ ha expresado sobre el particular no admite dudas: sin sentencia definitiva no hay suspensión de fueros. Hasta aquí todo bien. Sólo que ese bill de indemnidad que le ha extendido a la ex–presidente el senador Pichetto, puede astillarse conforme crezca el escándalo. Por de pronto, la bancada justicialista dará luz verde a los pedidos de allanamiento del juez Bonadío. Diez días atrás hubiera sido disparatado siquiera pensarlo.

Una cosa era habilitar la detención de un par cuestionado por actos dolosos en el ejercido de la función pública, y otra, bien diferente, es que los senadores del PJ acepten quedar asociados al mayor caso de corrupción de la historia argentina y aparecer así defendiendo algo que les sería enojoso explicar con argumentos traídos de los pelos. Esto recién ha dado comienzo. Nadie sabe lo que confesarán los empresarios quebrados ante las evidencias en su contra y el temor de terminar en una cárcel perdida en un lugar remoto, junto a delincuentes comunes. El tránsito, sin escalas, desde una residencia principesca a una prisión sin baño privado y con piojos, no la soporta cualquiera. Con esta particularidad: los peces más gordos —salvo el primo del presidente, Ángelo Calcaterra— aún no han aparecido en escena.

De la misma manera que a la Fernández la suerte le resultó esquiva, a Macri le ha sonreído una vez más. El Jefe del Estado es un hombre con buena estrella. En la política representa un handicap a favor, inestimable. Nótese que, en el peor momento de su gestión,
se le cruzó en el camino al kirchnerismo —su único enemigo de fuste— un cisne negro. Sin mover un dedo y de buenas a primeras, Macri recibió un espaldarazo que ayuda a compensar las desventuras del ajuste en marcha.

Los cuadernos Gloria no obrarán un efecto mágico, con capacidad de solucionar los problemas económicos y sociales a los que debe hacer frente el gobierno. Pero al poner en aprietos al peronismo y dejar a los K instalados en un espacio maldito, representan para el
macrismo una verdadera bendición divina. Como dice la canción de Blades: “…sorpresas te da la vida. La vida te da sorpresas”.

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