Mar. Dic 7th, 2021

Prensa Republicana

Con las ideas derechas

Sólo un imponderable… – Por Vicente Massot

Las rajaduras en el sistema de navegación del gobierno nacional y de su apéndice electoral, el Frente para la Victoria, son de tal envergadura que nadie en el elenco oficialista se toma el trabajo de maquillarlas o, siquiera, de disimularlas con base en una estrategia de distracción. Podría el kirchnerismo intentarlo al menos, pero es como si descontara su derrota el próximo 22 y —por lo tanto— estuviera con la cabeza puesta en otro lado. Más interesados en pasarse facturas a cara descubierta, que en forjar un plan de campaña capaz de relanzar con algún éxito a Daniel Scioli, sus jefes ofrecen un espectáculo patético que clausura cualquier posibilidad —por remota que sea— de convertir al actual gobernador bonaerense en presidente de la República.

Cristina Fernández se halla empeñada en asegurarse una salida a prueba de balas. Según lo relatado por algunos de sus interlocutores habituales en Olivos, su inestabilidad emocional ha crecido y por momentos se vuelve insoportable. Como quiera que sea, su intención de dejarle a Macri el campo minado en la administración pública, y de nombrar en el ámbito judicial cuantos magistrados y fiscales afines pueda, no ha cesado. Por eso a nadie le extrañó que —a la disparada— impulse leyes y avale nombramientos para condicionar a su sucesor. La prórroga de las sesiones ordinarias del Congreso hasta el 9 de diciembre habla por sí misma. Interesada en que se aprueben sus dos candidatos para integrar a la Suprema Corte y se nombre a los embajadores y jefes militares de su predilección, sin esperar al próximo gobierno, deja que Aníbal Fernández se ocupe de Scioli.

No hay día en el cual Aníbal Fernández no ensaye, a expensas del mandatario provincial, una de sus habituales ironías. En el fondo el jefe de gabinete —ya desahuciado— está convencido de que el corte de boletas en ciertos bastiones justicialistas del Gran Buenos Aires —principalmente en La Matanza— fue hecho en su contra —y por lógica consecuencia, en beneficio de María Eugenia Vidal— con la complicidad encubierta de Scioli. Tampoco le perdona, a quien es el candidato de un gobierno del que él forma parte, la denuncia que Jorge Lanata ventilara en su programa televisivo de los domingos, asociándolo al narcotráfico. Al jefe de gabinete no hay Cristo capaz de convencerlo de que esa operación no se realizó mediando el visto bueno del ministro de Justicia de Scioli, Ricardo Casal, y del propio gobernador.

Pero, más allá de la creciente tirantez entre el sciolismo y la Casa Rosada —algo que no es nuevo y que se ha incrementado desde el pasado 25 de octubre, cuando resultó claro el fracaso electoral— están los kirchneristas de primer nivel —no necesariamente políticos— interesados en acortar distancias con Mauricio Macri de manera directa o a través de alguno de sus hombres de mayor confianza. Valgan dos ejemplos no menores. El ex gobernador de Santiago del Estero —que desde hace años tiene blindada su provincia— se apuró a tomar contacto con el jefe de la campaña de Cambiemos con el propósito de asegurarle que —frente al ballottage— no entorpecería en lo más mínimo los movimientos que deseara realizar Macri en ese estado. El ofrecimiento —impensable hasta antes del 25— trasparenta el estado de ánimo de quienes, en los pasados doce años, se llevaron el país por delante.

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Cristóbal López fue otro de los que no le hizo ascos a acortar distancias con el probable triunfador en los comicios que se substanciarán dentro de once días. Su preocupación no tiene nada en común con la de Gerardo Zamora. Al empresario estrella de la Argentina kirchnerista cuanto le quita el sueño es el juego. Dueño de buena parte de este gigantesco negocio en nuestro país y socio predilecto de los Kirchner, sabe que Macri no convalidará —a semejanza de cuanto hizo en los primeros años de gestión al frente del gobierno de la ciudad de Buenos Aires— la estrategia del santacruceño. La reunión que mantuvo a solas con Macri fue una desilusión. Sobre todo si se confirman las versiones —de momento son sólo eso— de que el lord mayor de la capital federal crearía, en caso de ganar, una suerte de CONADEP de la corrupción.

No están los grandes empresarios —siempre cortesanos del poder— haciendo fila para ver a Daniel Scioli. Los jueces federales no le atienden los llamados a un devaluado Julián Álvarez y no son pocos los gobernadores peronistas —eso sí, todavía bajo cuerda— que tienden puentes con el macrismo, por si acaso. Por su parte los encuestadores —inclusive los que a cambio de dibujar cifras recibieron suculentos contratos de Balcarce 50 y del sciolismo— no se animan a llevarle a sus mandantes buenas noticias. En un país tan exitista como el nuestro, estas manifestaciones no hacen más que revelar cuanto constituye un secreto a voces: Macri está ganando por ocho puntos —poco más o menos— según los sondeos preelectorales conocidos hasta el momento.

Cuando los empresarios de fuste, los magistrados del fuero federal y los encuestadores dejan de visitar y comunicarse con un candidato, ello significa que lo dan como perdedor y prefieren alejarse de su entorno y desaparecer de los lugares que antes —con tanto ahínco y poca vergüenza— solían frecuentar. La Ñata es hoy un páramo al que sólo viajan los colaboradores más íntimos de Scioli. Los demás, que peregrinaban en dirección a esa Meca bonaerense cuando suponían que el triunfo del ex–motonauta era seguro, no dan señales de vida.

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Salvo un imponderable susceptible de modificar el ánimo electoral que se percibe a lo largo y ancho del país, entre hoy y el día de los comicios sólo el debate de Scioli y Macri, programado para el domingo venidero, podría sumarle o restarle puntos a los dos candidatos. Y tampoco eso es seguro en razón de la costumbre de la gente —arraigada entre nosotros— refractaria a sentarse frente al televisor a presenciar confrontaciones de ideas. Eso por un lado. Por el otro, son pocos los casos a nivel mundial en que, de resultas de una polémica de este tipo, la intención de voto de la ciudadanía haya variado de manera significativa. Por último, a lo dicho es menester agregarle que difícilmente Daniel Scioli y Mauricio Macri vayan a sacarse chispas. Ni su fuerte es el debate ni están dispuestos a exponer con lujo de detalles que harán en materia económica. Sencillamente porque hacerlo sería un suicidio político. Es posible que haya algún momento de tensión y que el cruce verbal entre ambos tome temperatura, pero sin que la sangre llegue al río.

Para modificar en forma sustantiva la intención de voto de la mayoría de los argentinos que piensan sufragar por Macri, el candidato del Frente para la Victoria debería quemar las naves y repensar su estrategia. Empresa que no es capaz de acometer por los riesgos anejos a la misma y por el temor reverencial que le suscita Cristina Fernández. Podría decirse —sin exagerar en lo más mínimo— que dado el poco tiempo que falta para marchar a las urnas, Scioli depende menos de él que de su oponente para poder triunfar en los cruciales comicios del día 22.

El gobernador bonaerense se halla delante de Mauricio Macri como uno de esos equipos de fútbol que llegan a la fecha final del campeonato tres puntos debajo del primero y saben que su suerte estará asociada en mayor medida a cuanto haga el líder del torneo que a lo que demuestren sus jugadores en la cancha. Aun en el caso de ganar, igual sería insuficiente si el puntero —aun penando— lograse empatar.

Macri debería equivocarse muy feo para perder la clara ventaja que acredita hoy. A Scioli sólo le cabe aguardar el error del contrario.

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