Social-apátridas. Por Sertorio

Cuando no queda más remedio que hablar del cansino separatismo catalán con amigos y conocidos, siempre me llama la atención que, al hacer cábalas sobre mayorías electorales y parlamentarias, mis interlocutores consideran al PSC-PSOE dentro del bando constitucionalista, es decir, en el sector de los españoles vergonzantes y capitidisminuidos como Ciudadanos y PP. Desde luego que no intento discutir con ellos, pero me parece que el peor error de los defensores de la nación es creer que los socialistas son de los nuestros.

Allí donde ejerce el poder de forma decisiva, es decir, impregnando la ideología del régimen, como en Suecia o en Alemania, la socialdemocracia ha sido un instrumento esencial para anestesiar el sentimiento nacional y poco a poco destruirlo. Este mismo verano hemos comprobado que el gobierno de izquierdas de Suecia ya anda proclamando (véase el anuncio de Individuell Manniskohjälp, una de sus ONGs) que el país va a dejar de ser cristiano y blanco y que hay que aceptar ese dogma porque sí, sin más explicaciones. Con un nueve por ciento de ciudadanos musulmanes y una cantidad muy grande de refugiados e inmigrantes islámicos, el proyecto de la socialdemocracia sueca se habrá completado pronto en una nación tan pequeña. Entonces, África empezará en el Báltico y no en los Pirineos.

 ¿Cómo ha llegado Suecia a esto? Muy lentamente, tras permear el cuerpo social durante más de cincuenta años con feminismo, ideología de género, igualitarismo radical y escuela progresista. La destrucción ha sido lenta pero implacable, tanto de las instituciones tradicionales, sobre todo de la familia cristiana, como de la religión y del sentimiento patrio. Baste con decir que la obispo lesbiana Eva Brunne pidió que se suprimieran las cruces en las fachadas y torres de las iglesias para no ofender a los musulmanes recién venidos, ángeles [sic] que mandaba Dios a la protestante Escandinavia.[1] Un triunfo ejemplar del progresismo maltusiano que defienden e imponen los dueños de la ONU y que ha transformado al país hasta hacer deseable por las izquierdas su disolución como comunidad nacional. La sociedad de clases medias famosa por su civismo es cosa del pasado: tiroteos, homicidios y violaciones son noticia cotidiana, como si de Harlem o el Bronx se tratase.

Suecia va a dejar de ser sueca gracias a la imposición de una Weltanschauungcosmopolita, permisiva e individualista, que ha convertido al ciudadano en una terminal humana de la maquinaria del Estado a cambio de grandes ventajas asistenciales, pero que se pagará a largo plazo con la muerte de la nación: la mitad de los suecos de las nuevas generaciones suelen ser hijos únicos de familias monomaternales, siendo el padre un ectoplasma que ni se menciona. Las suecas se reproducen por debajo del nivel de reemplazo (pero más que las españolas) y los hombres, dada su legislación sexista, prefieren no correr el albur de quedar bajo el yugo de la ginecocracia dominante. Resultado: se están extinguiendo. Eso sí, en medio de todas las comodidades y con un nivel de vida tan envidiable que van a ser los más ricos del cementerio.

¿Para qué asumir responsabilidades familiares si ya vienen de África y Asia millones de ángeles dispuestos al reemplazo? Los problemas están empezando ahora, cuando una buena parte del país se ha convertido en una no go zone, como sucede en Seved, al sur de Malmoe, pero también ocurre en Botkyrka, en la periferia de Estocolmo, y en Gotemburgo, por sólo mencionar unos pocos de las decenas de enclaves que hay en el país y que las autoridades no tuvieron más remedio que reconocer en 2015 como zonas vulnerables. Bolsas de pobreza, islamismo y delincuencia en las que actúan bandas de crimen organizado, pero que también son una estupenda cantera de mano de obra barata. Por otro lado, la altísima presión fiscal de Suecia se incrementa para mantener a esos «nuevos suecos» a los que hay que pagar casa, techo y escuela: un paraíso para las ONGs. La población subvencionada permite al Estado crear más burocracia y exigir más tributos a los nativos de ese edén de la intervención estatal. Al mismo tiempo, los inmigrantes garantizan el voto clientelar de las izquierdas, son un rebaño de sufragios con los que siempre pueden contar los partidos de la corrección política. Socialdemocracia en estado puro: la dictadura de las minorías.

Alemania es otro caso digno de estudio: gobernada ahora por una socialdemócrata de derechas, Frau Merkel, los gobiernos de la República Federal se han comprometido con gran éxito desde 1949 a seguir la política que ya diseñó para ellos Roosevelt: «O castras a los alemanes o tendrás que tratarlos de tal manera que no puedan seguir reproduciéndose de la misma forma que en el pasado». La castración física que llegó a imaginar este azote de Europa, el mejor amigo de Stalin, no se llevó a cabo. En parte porque, como Patton y algunos americanos responsables temían, quizás se necesitaran alemanes con los atributos bien puestos para oponerse a la hegemonía soviética que Churchill y Roosevelt habían preparado con tanto esmero en Yalta. Por eso no hizo falta aplicar el Plan Morgenthau: bastó y sobró con las películas, las iglesias y las escuelas que infunden el autoodio y el complejo de culpa. La castración fue psicológica. Al igual que Suecia, Alemania ha conocido el éxito económico y la muerte nacional. En mi última visita a Berlín, me dio por ir a pasear por el canal Landwehr, donde disfruté de una magnífica estancia hace ya muchos años. Enfrente de mi vieja residencia se encuentra la Reichspietufer, es decir, un paseo fluvial dedicado a Max Reichspiet, el cabecilla de un motín de la marinería en 1917. No sólo a él, muy cerca una calle también llevaba el nombre de su cómplice, Albin Köbis. Ni en Francia, ni en Inglaterra, ni en ningún país civilizado se honra con calles o monumentos a desertores, amotinados y traidores. Eso sólo ocurre en Alemania, de donde PSOE y Podemos han importado el invento de la Memoria «Histórica». Durante los días que visité la capital germana, vi calles dedicadas a Karl Liebknecht y a Rosa Luxemburgo –que pretendían desencadenar en el Reich el infierno que Lenin engendró en Rusia–, como también al radical sesentayochista Rudi Dutschke o al lúgubre Karl Marx, padre de la ideología más genocida de la Historia. En cambio, raro es un monumento, un recuerdo, un detalle que honre a ases de la aviación como el Barón Rojo o Werner Mölders, o a generales míticos como Erwin Rommel o a gestas como las batallas de Tannenberg y Narvik o a los caídos de 1939-1945. Todo eso está proscrito, pese a que en Rusia, Francia o Estados Unidos personas y hechos semejantes tendrían dedicadas las principales avenidas. Incluso una poetisa maravillosa como Agnes Miegel –que cometió los delitos de simpatizar con los nazis (por lo visto nadie más en Alemania lo hizo) y de ser prusiana oriental y amar a su patria perdida– se ha visto desterrada del callejero, de los institutos y supongo que hasta de los libros de texto. Para qué hablar de Spengler, Heidegger, Pfitzner o Von Salomon. Alemania se ha arrancado parte de su alma, la ha arrojado a una sima y prefiere morir como nación a recuperar lo mucho bueno de sus viejas glorias y de su Kultur, que se identifica abusivamente con el nazismo gracias a la falaz reductio ad hitlerum de la progresía bien pensantesi los nazis admiraban algo (una ópera de Werner Egk, una novela de Jünger, una estatua de Kolbe), sin duda se trata se algo muy malo. Y si a usted le gustan, entonces tiene usted inclinaciones heréticas. Así se ha impuesto la inquisición roja, la mala sangre de Brecht.

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Todo esto habría sido imposible sin el lavado de cerebro institucional y partidista de la socialdemocracia alemana, que tiene además el grave problema de presentar como «su» historia de la Alemania «buena» una trayectoria más bien lamentable, que va desde el infame motín de los marineros de Kiel hasta su vuelta al poder a lomos de los tanques de los ocupantes americanos. Más aún que en Suecia, los socialdemócratas exorcizaron el pasado alemán. Entre otras cosas, aniquilaron el sentimiento nacional, que hoy roza el delito. Con tales antecedentes, no nos extraña que se honre a gente como Richard Sorge o Harro Schulze-Boysen, cuya actividad de espía en la llamada Orquesta Roja ocasionó unos 250.000 muertos a la Wehrmacht. Leo en la revista histórica de Die Zeit[2] que la Bundeswehr debería dedicar a la memoria de Schulze-Boysen, un agente de Stalin, los cuarteles e instalaciones militares que no dedica a Guderian o a Manstein. De hecho, hace poco se retiró el nombre del muy católico Werner Mölders a un escuadrón de caza porque no fue lo suficientemente crítico con el nazismo. ¿No hay en semejantes aberraciones una suerte de esquizofrenia que acabará por estallarle en las manos al régimen del 49?

Los alemanes distinguen entre alta traición (Hochverrat) y traición a la patria (Landesverrat). La primera se produce cuando, por ejemplo, hay un golpe de Estado y se traiciona al gobierno al que se quiere derribar, pero no se daña ni a la nación ni a los compatriotas. Un caso típico sería el 20 de julio de 1944. La intención de los conspiradores no era hundir a Alemania, sino salvarla e incluso ganar la guerra en el frente oriental. Aunque fueron desleales al gobierno, Stauffenberg y los suyos –por cierto, aristócratas y reaccionarios– eran fieles a Alemania. Hay momentos en los que frente a una dirigencia nefasta la alta traición es necesaria. Ya juzgará la Historia quién tuvo razón. Lo que sí puede saber el lector es que a Stauffenberg, a Witzleben o a Tresckow nada les ofendería más que el ser puestos al nivel de un Reichspiet o de un Sorge.

Por otro lado, la traición a la patria, o lo que denominaríamos delito de lesa patria, es una actividad que produce daño a la nación en beneficio de un enemigo. El ejemplo típico lo tenemos en el espionaje al servicio de una potencia hostil. Es, por lo tanto, lógico que Alemania homenajee a los conjurados del 20 de julio, pero no lo es el que aplauda y encomie a quienes trajeron la muerte a decenas de miles de sus propios hijos. Sin embargo, entre la izquierda alemana, cada día más radicalizada por la corrección política, Sorge, Arvid Harnack o Schulze-Boysen son héroes, mientras que Dietl, Galland o Günther Prien son unos criminales. Para los marxistas y sus herederos actuales, la patria no existe, es un invento burgués, y, por lo tanto, nada importa traicionarla. Sólo una patria contaba: la del proletariado, la URSS. En nuestros días, la Rusia bolchevique ha sido sustituida por la democracia. Recordemos que los comunistas de toda Europa (Alemania y Francia incluidas) sólo iniciaron la resistencia tras el ataque alemán a la Unión Soviética. Después de 1945, los tiranos rojos de Europa oriental, los infames Rakosy, Pieck, Ulbricht, Dimitrov y demás ralea, no tuvieron el menor empacho en actuar como verdaderos procónsules del ocupante soviético, sin ningún asomo de dignidad nacional o personal. Hoy, uno se hace cruces cuando ve en Dresde manifestaciones de la izquierda extrema festejando el bombardeo aliado.

Sin embargo, al otro lado del Telón de Acero, los occidentales idearon todo un colosal lavado de cerebro que se basaba en implantar un complejo de culpa colectiva en los alemanes, pese a que los crímenes nazis los habían cometido individuos concretos y no todo el país. A ello se unió la condena de un pasado que no era más militarista, más agresivo ni más imperialista que el británico, el francés, el ruso o el americano. Pero en ese pasado también existió una brillante tradición artística y literaria, una excelente formación educativa y un pensamiento aristocrático que tenía sus raíces en Goethe y se extendía hasta Jünger: la alta cultura; algo que se ha desterrado de Alemania, primero, y de Europa, después, en favor de la industria intelectual democrática: del rancho educativo, artístico y literario de nuestro tiempo; de la herencia misérrima de las vanguardias. Con todo ello también llegó la degradación de pueblos y élites en medio de una ola de prosperidad que ya se está acabando, a medida que Europa se empobrece frente a los nuevos poderes mundiales. Por culpa, entre otros factores, del cada vez peor nivel intelectual de los alumnos educados con la pedagogía progresista.

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La socialdemocracia es el mainstream, la corriente ideológica principal posterior a 1945, donde los europeos hemos renunciado a protagonizar la Historia para disfrutar del bienestar y de una creciente serie de derechos que miman al individuo pero aniquilan a la persona. Me explico: todo aquello que favorece nuestra posición social como elemento aislado, egoísta, que vive para el cultivo de sus placeres, es inmediatamente fomentado por el poder, que sabe que esta línea de menor resistencia hace más fácil el gobierno de sus súbditos. Una población malcriada con una serie exorbitante de derechos, sin apenas deberes y sin más sentido de lo social que su propio goce y hasta su propia realidad virtual, forma un pueblo sumiso, una simple adición de unidades de trabajo y consumo subvencionada abiertamente por los poderes públicos. Se producirá así un individuo dependiente, emotivo y simple, que estará dispuesto siempre a creer lo que se le ordene desde los medios de comunicación, agentes indispensables a la hora de degenerar y adoctrinar a las naciones en vías de devenir simple masa demográfica. La socialdemocracia consiste en la administración de esta sociedad, donde el concepto nación se desvirtúa en un simple espacio de derechos, que lo mismo puede tener una identidad que otra y que es intercambiable por otro espacio de las mismas características, igual que los contenedores de los barcos pueden pasar a los camiones y los trenes. La nacionalidad sería nada más que un certificado de origen.

Semejante aglomeración atomizada, sin más cohesión que el dinero, tiene que administrarse por una multitud de funcionarios que intentan gestionar el caos que ella misma produce, ya que no es una sociedad orgánica la que se origina con estas políticas, sino toda una serie de entidades artificiales sostenidas por los fondos públicos y que son una especie de seguro que compra el capitalismo para disfrutar de la tranquilidad social, tan importante en la economía de mercado. Pero su coste creciente y la competencia de otros bloques geopolíticos empiezan a hacer inviable este modelo, que ha arrasado la tradición europea y ha creado un tipo humano dependiente, ignorante e irresponsable. Por eso no son sólo socialdemócratas los seguidores de Willy Brandt u Olof Palme; Merkel y Rajoy también lo son, igual que toda la cúpula de la Unión llamada «Europea». De ahí que nos parezca, con buen motivo, que todos los partidos son lo mismo.

El enemigo de esa sociedad abierta, centrada en lo puramente económico, blanda, cosmopolita, caprichosa y emotivista, es la nación, esa unidad de familias que mantienen un vínculo sagrado, comunitario, con la patria en la que viven desde hace generaciones. Está formada por la gente que se identifica con un pueblo, con una estirpe, con una tradición y que considera que el gobierno debe responder ante la comunidad y defenderla, y no ser un instrumento de poderes económicos internacionales. Es, sin duda, una elección más difícil; exige deberes, dureza, independencia, austeridad y patriotismo: ser persona, tener lazos sociales y espirituales con la comunidad histórica a la que uno pertenece. No suena bien en la Europa de hoy el querer mantener una herencia de siglos frente a la homogeneización aniquiladora de los poderes económicos. Para empezar, porque esa defensa de la nación supondría de inmediato la vuelta de la soberanía a su dueño, el pueblo, y no su usurpación por los burócratas de Bruselas. Desde 1945, la nación y su concepto han sido el enemigo a batir. Hacer la Historia es más difícil que dejarse arrastrar por ella. Pero los pueblos que rehúsan el control de su destino mueren o son dominados por otros con más voluntad y carácter. Lo que marca la peculiaridad de la Europa contemporánea es que las naciones como Suecia parecen programar su autoextinción con una suerte de dulce eutanasia demográfica. Pero cuando “los nuevos suecos”alcancen una masa crítica, quizás entonces las cosas no sean tan suaves.

Tras todo esto, conviene advertir que ese mismo agente de disolución del hecho nacional está muy activo entre nosotros. Cuando se celebró en Barcelona la gran manifestación en favor de la unidad de España, el lector recordará cómo el socialista José Borrell, hoy ministro de Asuntos Exteriores, se negó a ondear una bandera española y sacó el trapo azul de la Unión «Europea». «Esta es mi bandera», proclamó. No la española, sino la del consorcio financiero de Bruselas, la enseña de los hombres de negocios y de su tecnocracia desalmada. Conviene que no lo olvidemos. Sigue el ejemplo del gran santón de la socialdemocracia, Willy Brandt, alemán, apátrida, noruego y de nuevo alemán, pero siempre sin raíces, siempre negando a la tierra y a los muertos porque antes era «demócrata» que alemán. Por eso no le costó nada renunciar a Silesia, Pomerania y Prusia Oriental con su Ostpolitik… ¿Quién dijo Cataluña? Ese es el espíritu de la socialdemocracia: Landesverrat.

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[1] World’s First Openly Lesbian Bishop to Remove Crosses, Build Islamic Prayer Room in Swedish Seamen’s Church, en la página web de Orthodox Christianity, 8 de octubre de 2015. También en www. breitbar.com, 5 de octubre de 2015.

[2] JOHANNES TUCHEL, “Gegen den Strom”p. 81 en ZEITGeschichte 4/2018: Die Deutschen und ihre Soldaten. Geschichte einer schwierigen Beziehung.

elmanifiesto.com

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