Mar. Dic 7th, 2021

Prensa Republicana

Con las ideas derechas

Sobre llovido, mojado. Por Vicente Massot

Los guarismos están a la vista y es en vano jugar a las escondidas en su derredor. El gobierno puede simular hasta el hartazgo hallarse conforme con los resultados e —inclusive— convocar para hoy a una marcha con el propósito de dar rienda suelta a sus emociones. Sin embargo, eso no cambia en lo más mínimo los números que arrojaron las urnas, setenta y dos horas atrás. Por donde se analice la cuestión, lo cierto es que el oficialismo sufrió una derrota, de esas que no admiten apelación. Un breve repaso —hecho a mano alzada— despejará cualquier duda al respecto: el oficialismo dejó en el camino, comparada su performance con la de 2019, más de cinco millones de votos; por segunda vez desde 1983 carecerá de quorum propio en la cámara alta del Congreso Nacional; fue derrotado por paliza en la Capital Federal, en Córdoba, en Mendoza y en Entre Ríos, al tiempo que salió segundo —lejos— en Santa Fe. Aunque recuperó unos 300.000 sufragios en la provincia de Buenos Aires, de todas maneras allí también sufrió un revés importante. En la cámara baja no avanzó un solo casillero y su aspiración de arañar —siquiera— el quorum propio no pasó de ser un sueño. A nivel nacional, fue aventajado por ocho puntos porcentuales y apenas fue capaz de superar a Juntos por el Cambio en tres distritos, por no más de tres puntos, donde antes —dicho sea de paso— ganaba sin despeinarse: San Juan, Salta y Tucumán. Recibió, pues, un sopapo electoral de proporciones. Los discursos posteriores —el “ganamos perdiendo” de Victoria Tolosa Paz y algunos otros del mismo estilo— sólo demuestran que el kirchnerismo no desea dar el brazo a torcer en público. Claro que la procesión va por dentro y ésa no puede maquillarse. El peronismo en su conjunto representó apenas 32 % de los votos y el kirchnerismo puro y duro ha quedado reducido a un partido de la tercera sección electoral bonaerense. Deberían preocuparse.

Los pases de factura ya han comenzado —como era de esperar— con la particularidad de que ninguno de los protagonistas involucrados en la disputa que ha estallado, de puertas para adentro, en el seno del Frente de Todos, tiene la suficiente musculatura como para sacar pecho y quedar a cubierto de las críticas de sus correligionarios. Es que —bien analizados los comicios— como ninguno de los capitostes del oficialismo ganó y los que ganaron son intrascendentes, más que riña de gallos, ésta es una pelea de pollos mojados. La Señora, que —de momento, no ha dicho esta boca es mía— dejó jirones de su autoridad desparramados en atención a lo que pasó en Santa Cruz, en el territorio bonaerense y en el Senado. A su hijo no le fue mucho mejor. En todo caso, la levantada en el Gran Buenos Aires se debió más al impulso de los intendentes que a los muchachos de La Cámpora. En cuanto a los gobernadores, Axel Kicillof sólo puede exhibir como trofeo el hecho de que mejoró su posición en la Legislatura provincial. Perotti hizo un papelón; lo mismo que Bordet; y si bien Uñac y Manzur cantaron victoria, la misma tuvo características pírricas. Salvaron la ropa con el último aliento. De modo tal que la pretenciosa liga de los gobernadores —de la que tanto se habló, olvidando que esos mandatarios juegan en la Primera B— ni siquiera podrá arrancar. Salvo que alguien crea seriamente que La Rioja, Catamarca, Formosa, Tierra del Fuego, Santiago del Estero y Chaco —donde el justicialismo o sus aliados ganaron con comodidad— puedan en conjunto acumular poder real y encabezar una línea interna de peso dentro del oficialismo. Pensarlo mueve a risa.

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Algunos intendentes tendrían derecho a plantarse y decir: fuimos nosotros los responsables de la recuperación en el conurbano bonaerense. Ciertamente no faltarían a la verdad y su planteo podría traducirse en poder si acaso estuviesen unidos y tirasen para el mismo lado. Pero no sólo los consumen los celos sino que —a semejanza de los gobernadores— no juegan en las ligas mayores. A partir del lunes han vuelto a ser rehenes del unitarismo fiscal y lo último que querrían hacer es posar de guapos delante de Cristina Fernández y Máximo Kirchner. Por fin, faltan ser considerados el presidente de la República y el de la Cámara de Diputados de la Nación. Del primero no es mucho lo que pueda analizarse que no haya sido expuesto hace rato. Su gestión acaba de ser rechazada por una gran mayoría del país y su credibilidad se reduce a cero, sin contar el servilismo que lo caracteriza a la hora de lidiar con la vicepresidente. Queda el titular de la cámara baja, Sergio Massa, situado en un lugar incómodo que no lo lleva a puerto seguro. A esta alturak, todos se han dado cuenta de que no tiene votos propios ni partido de alguna envergadura. En el fondo, más allá de los abrazos y los besos en las tribunas electorales, los kirchneristas de paladar negro le desconfían; y en el arco opositor lo odian, excepción hecha de Horacio Rodríguez Larreta y Emilio Monzó.

Hasta aquí el pasado. Si bien no cabe desmerecer su importancia —lo cual sería ridículo— no hay que perder de vista otro asunto que resulta —con creces— de mayor trascendencia que las elecciones, el cual debe ser abordado con urgencia por el gobierno y por el país: el económico. Aunque el Frente de Todos hubiera dado la sorpresa y recuperado el terreno perdido en las PASO, de igual forma las asignaturas pendientes de la actual administración en términos del atraso del dólar, de las tarifas y del vasto grupo de precios congelados, como así también la negociación pendiente con el Fondo Monetario Internacional, se recortarían en su horizonte al modo de fantasmas al acecho. Hay cuestiones que se pueden guardar en un cajón y dejar que el tiempo haga su trabajo. Hay otras, en cambio, que llegado un determinado momento no admiten más dilaciones. Los agentes económicos en su gran mayoría estiman que Martín Guzmán, entre mediados del mes en curso y comienzo del próximo verano, se verá obligado a devaluar, a pesar de sus declaraciones en contrario. Convencer a los principales agentes financieros que esto no sucederá requiere poner en marcha un plan económico creíble. Empresa de momento poco probable por la pérdida de confianza que ha sufrido el oficialismo y las luchas que se dan al interior de sus espacios. En realidad el gobierno tiene hasta el 21 de marzo para hacer unos deberes bien difíciles en razón de que primero deben ponerse de acuerdo el presidente y la vicepresidente —algo que no es tan sencillo de lograr a poco de atender al track record de desencuentros que acumulan—, y luego deben convencer a una oposición que mira con indisimulada desconfianza el llamado al diálogo que ha anunciado la Casa Rosada.

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En las semanas por venir se suma un vencimiento de poco más de U$ 1900 MM con el Fondo Monetario que, unido al drenaje de divisas que viene sufriendo el Banco Central —U$ 620 MM en la semana previa a los comicios— dejarán al país sin reservas propias líquidas y de libre disponibilidad, a más tardar a fines de año. A ello se sumarán, entre enero y marzo del año próximo, vencimientos por U$ 4.000 MM con el FMI, por U$ 2.160 MM con el Club de París, y por U$ 600MM con otros organismos multilaterales. Son cifras que, en la actual situación, meten miedo. Para tener un respiro, el acuerdo con el Fondo es imprescindible. No es condición suficiente pero sí necesaria a los efectos de transitar los dos últimos años de gestión Fernández con un mínimo de tranquilidad. Pero el programa de facilidades extendidas al que as-pira Martín Guzmán implica realizar un ajuste que será tanto más duro cuanto mayor sea la tardanza en firmarlo. Corregir el atraso cambiario, eliminar los precios congelados, acortar la brecha, sincerar tarifas y generar divisas supone un sacrificio que una parte importante de la administración K se niega a llevar adelante. Con un capital político disminuido precisamente por la diferencia de pareceres dentro del elenco gubernamental y sin apoyo de Juntos por el Cambio, el gobierno tendrá por delante un verano insoportable.

El problema más difícil de resolver reside en el hecho de que hay al menos tres voluntades que deben consensuar una misma posición respecto de la dimensión que tendrá el ajuste y las condiciones que se pactarán con el Fondo Monetario Internacional. Cortado como se halla el diálogo entre esos tres protagonistas —el presidente de la Nación, Cristina Fernández y las autoridades de Juntos por el Cambio— el camino a recorrer luce lleno de dificultades. Mientras el gobierno festeja que en lugar de perder 8 a 0 consiguió meter dos goles y terminó derrotado 6 a 2, la vicepresidente hace mutis por el foro y la oposición se niega a aceptar el chupetín de madera que le ha extendido el oficialismo, el país marcha a la deriva. No es la primera vez que sucede.

Ni será la última.

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