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Sobre la impunidad de la promesa comunista. Por Ariel Corbat

Hay comunistas que sostienen que ser anticomunista es ser fascista. 
Esto es tan incomprensible como decir que no ser católico es ser mormón
 
Jorge Luis Borges
Es llamativo que la ideología comunista goce de una marcada impunidad en relación a su historial de crímenes contra la humanidad.
Ese fenómeno, una suerte de amnesia colectiva, no es novedoso. Desde el mismo momento en que los bolcheviques se alzaron con el poder en Rusia, pusieron un gran empeño por enmascarar sus crímenes por vía de la justificación dialéctica. El determinismo histórico, falacia sostenida por sus intelectuales, daba licencia a la «revolución» para cometer cualquier atrocidad en función del bien absoluto que inevitablemente sobrevendría con el éxito del comunismo. Pero esa utopía de una sociedad igualitaria, perfecta y feliz, nunca estuvo ni cerca llegar a realizarse. Colapsó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas sin que pueblo alguno bajo su opresión haya experimentado otra cosa que las penurias miserables causadas por asesinos de hombres y libertades.
Los muertos de Stalin, la infamia del muro de Berlín, el genocidio camboyano y la acción terrorista en todo el mundo, incluyendo a la Argentina, debieran ser motivo suficiente para la constante repulsa del comunismo. Sin embargo, a diferencia de otros totalitarismos, los marxistas han logrado el milagro dialéctico de preservar la promesa del ideal teórico, aislarla del fracaso y separarla de las bochornosas acciones que pusieron en práctica cada vez que alcanzaron el poder.
En ello, ciertamente, resulta difícil de entender que al término de la Guerra Fría las democracias occidentales hayan convalidado culturalmente esa suerte de autoamnistía de los comunistas. Una explicación, atendiendo a la coyuntura del momento, puede encontrarse en la misma falacia del determinismo histórico que, sobre los escombros del muro de Berlín y el reordenamiento ruso, llevó a intelectuales capitalistas a creer en el fin de la historia y la expansión inevitable de la democracia liberal a todo el mundo. Esa falsa idea de asunto concluido subestimó, necesariamente, la capacidad comunista para volver a posicionarse desde el plano cultural. Por ende, los estadistas de Occidente, se congraciaron de la victoria sin preocuparse en asegurar que el enemigo agonizante estuviera completamente muerto. Se confió exageradamente en otra larga marcha de los chinos para ir hacia el capitalismo y se consideró pintoresco dejar a Cuba como museo viviente de la añoranza revolucionaria, cosa que, desde luego, no se iba a consentir que ocurriera en ningún país de Europa del este.
Así, aquel escenario triunfal de la Libertad a finales del Siglo XX demostró su insuficiencia en la América Latina de las primeras dos décadas del Siglo XXI, con el furioso revival del perfecto idiota latinoamericano y su expansión a a Europa vía España a través de Podemos. La ridícula tolerancia de las democracias hacia la dictadura de Fidel Castro en Cuba, le permitió subsistir y colonizar Venezuela a través de Hugo Chávez como parte de una ola izquierdista que sigue ensombreciendo el futuro de la región.
Teniendo en cuenta el insoslayable y persistente fracaso del comunismo, que nunca ha podido lograr contener por propia voluntad a los supuestos beneficiados de su sistema, algo que atestigua la salida de balseros cubanos hacia Miami como la estampida migratoria de los venezolanos, la explicación para la reincidencia en el intento no puede encontrarse en una ecuación racional. Resulta obvio que el comunismo es una especie de fe ciega, un fervor de tipo religioso con creencias que ignoran o superan la evidencia empírica y el razonamiento lógico.

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Para lograr una adecuada comprensión e interpretación de ese fenómeno, resulta sumamente ilustrativo poner atención sobre la vida y obra de Eric Arthur Blair, mejor conocido por su seudónimo literario: George Orwell.

Británico, nacido en Bengala en 1903, Orwell se sintió afectado por las diferencias de clases propias del Imperio, algo que acentuó tanto al estudiar en Eton, Inglaterra, como sirviendo cinco años en Birmania enrolado en la Policía Imperial India. Así las cosas, cuando decidió establecerse en Europa con intención de ser escritor esa sensibilidad desarrolló una bohemia inclinación a querer identificarse con el proletariado, conocer la marginalidad y creer en el socialismo como el camino que llevaría a la clase trabajadora, por vía del colectivismo, a una sociedad de libres e iguales. Tanto creyó Orwell en ello, que acudió voluntario a combatir en la Guerra Civil Española. Se enlistó en el Cuartel Lenin y conservó una visión idílica del entorno revolucionario hasta que, como miliciano del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) comenzó a percibir, a la par de los rigores de la guerra en que resultó herido por un disparo en el cuello, la hegemonía y persecución del Partido Comunista. Declarado ilegal el POUM, Orwell debió huir de España para que no lo ejecuten los comunistas.

George Orwell

Aquella experiencia marcó definitivamente a Orwell, es la raíz de sus dos más conocidas novelas: «Rebelión en la granja» y «1984», publicadas en 1945 y 1949 respectivamente. Acaso, hermosa palabra la palabra «acaso», la mejor explicación sobre la indecente falsedad de método y fines de los regímenes totalitarios y del comunismo en particular.

Tan acertada es la manera en que Orwell desentraña la manipulación de la realidad para la construcción del poder totalitario, que no ha perdido vigencia. De hecho, el proceso de falsificación histórica, desmemoria colectiva y adoctrinamiento para el control social que expone en las dos novelas, es exactamente el mismo método seguido por el kirchnerismo a partir del 2003 en Argentina.

Lo interesante, a efectos de explicar que perdure la impunidad de la promesa comunista, es que cuando ya la sátira porcina de la Unión Soviética le confería el honroso título de anticomunista, la honestidad intelectual de Orwell, lo suficientemente fuerte para no encubrir ni justificar el totalitarismo stalinista, encontraba su límite en la propia introspección, por lo que aún con su desencanto español a cuestas deslindaba la realidad tiránica de la Unión Soviética de su ideal socialista.

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Por eso en su ensayo «Por qué escribo» (1946) afirmaba que: «Cada línea seria que he escrito desde 1936 ha sido, directa o indirectamente, contra el totalitarismo y a favor del socialismo democrático tal como yo lo entiendo».

El punto es que no resulta compatible la idea de un «socialismo democrático» sin abjurar plenamente del comunismo, algo que Orwell nunca hizo. Incluso en «Homenaje a Cataluña», que es el registro de su paso por la Guerra Civil Española, la constante discursiva contrasta la pureza del ideal socialista con los métodos viles de las conducciones comunistas.  De esa manera se preserva al comunista de a pie como un idealista bienintencionado, lo cual es tan absurdo como suponer que puede haber un idealismo nazi o fascista bien intencionado. El comunista raso es un resentido social dispuesto a matar para satisfacer sus ansias de poder, un criminal antes que un político y como tal debe ser considerado.

El 15 de febrero de 1948, Orwell comentaba en el Observer que «la palabra comunismo a diferencia de fascismo nunca ha degenerado hasta convertirse en un insulto genérico», y ello a pesar que «posee cierta ambigüedad y significa al menos dos cosas diferentes sólo tenuemente relacionadas: una teoría política y un movimiento político que no está poniendo en práctica de ningún modo perceptible la teoría».

Tanto empeño dedica Orwell a criticar la práctica comunista salvaguardando el objetivo del comunismo, que allí mismo enfatiza: «como Mr. John Plamentaz nos recuerda en su folleto de reciente publicación (What is communism?, 1947), la visión original del comunismo no se debe olvidar nunca, ya que sigue siendo la dinamo que proporciona fe a millones de simpatizantes y por tanto, la capacidad de actuar».

Es decir que incluso para uno de los mayores críticos del stalinismo, el comunismo es bueno. Y en ello, cabe observar, no hay racionalidad sino fe.

George Orwell murió en 1950, en los hechos más agradecido al estilo de vida británico que seducido por el estilo de vida soviético. Entre los desastres humanitarios causados por el comunismo en la segunda mitad del Siglo XX, no conoció, por ejemplo, el delirio criminal de Ernesto Guevara seduciendo imbéciles a montones con el sueño supranazi de construir un «hombre nuevo», un esperpento deshumanizado del totalitarismo comunista con mucho de bestia y autómata.

Pero todavía hoy, a pesar de los tanques rusos poniendo fin a la primavera de Praga o los chinos en Tiananmén, hay quienes siguen creyendo que el socialismo no es malintencionado, o peor aún, haciendo creer a otros que hay un totalitarismo bueno y que soportando todos sus horrores se llegará alguna vez al paraíso socialista.

Mientras no se quiebre la impunidad de la promesa comunista, afirmando culturalmente que el comunismo es criminal tanto en sus métodos como en sus fines, el odio de los comunistas contra la humanidad seguirá amenazando la paz y la Libertad de las sociedades democráticas.

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