Vie. Sep 24th, 2021

Prensa Republicana

Con las ideas derechas

Sin vacunas y la logística criolla. Por Vicente Massot

Cuando entre nosotros se planteó la discusión acerca de cuál de las vacunas autorizadas era la mejor y, como es usual, hubo legión de expertos indocumentados en la materia, nos permitimos decir que, si había un problema —que ciertamente existía— el mismo tenía menos que ver con la confiabilidad de la Pfizer, la Sputnik o la Johnson —para mencionar tan sólo a tres de las más conocidas— que con la proverbial ineficiencia del Estado argentino. Debíamos temerle a la logística del sector público criollo, y no al resultado de las investigaciones llevadas a cabo por algunos de los mejores laboratorios del mundo. Pues bien, lo que se halla a la vista de todos es la incapacidad de los diversos aparatos estatales —nacionales, provinciales y municipales— para enfrentar en tiempo y forma una pandemia que insiste en no darnos tregua.

Más allá de las disputas sordas que anidan en el Frente de Todos; de las rencillas de película que pueblan los distintos ministerios; de las dificultades que debe enfrentar el gobierno —producto, en parte, de su irresponsabilidad y, en parte, por efecto de la peste que no ha dejado títere con cabeza—; de la escalada de la inseguridad que ha llegado a topes deletéreos en Rosario y a extremos de escalofrío en el gran Buenos Aires; de la deriva del índice inflacionario que amenaza con crecer sin solución de continuidad; de la recesión que sigue haciéndose sentir en vastos sectores de la economía, y de la corrupción que ha vuelto a figurar como una de las preocupaciones de la ciudadanía en las últimas encuestas, lo que hoy le quita el sueño al oficialismo es la posibilidad de la llegada de una segunda ola de COVID que se abatiría, a expensas de la gente, en el peor momento.

Hay razones de peso que avalan el temor gubernamental en atención a cuatro factores de distinta índole que, en este caso, se explican y complementan mutuamente. Por de pronto, la faltante de vacunas, que obedece a la improvisación del equipo comandado por el ex–ministro Ginés González García y la actual Carla Vizzotti. La tozudez e irresponsabilidad que demostraron, respaldados por Alberto Fernández, costaron 55.000 vidas y generaron una catástrofe justificada con arreglo al latiguillo de que “la salud era más importante que la economía”. Pero su incompetencia —como era de esperar— se prolongó al momento de gestionar la compra de las millones de dosis necesarias para que la campaña de vacunación masiva se cumpliera debidamente. En segundo término, hay que apuntar el dato climático. Claro está que nada tiene que ver el kirchnerismo con las estaciones —otoño, invierno, primavera y verano— que, desde siempre, se siguen unas a otras de manera inalterable. Sin embargo, si a la carencia de vacunas se le suma el arribo del frío, el escenario —de por sí, complicado— se torna sombrío. El tercero ya fue apuntado y se refiere a la logística estatal.

LEÉ TAMBIÉN:  Los imprescindibles pilares del cambio en Argentina. Por Alberto Medina Méndez.

Además de los motivos señalados que justifican la preocupación del gobierno es menester mencionar uno último que se vincula con el hartazgo de la sociedad y las dificultades que hallaría el Poder Ejecutivo si acaso tuviese que decretar una cuarenta dura. Como la del pasado año sirvió de poco o nada, repetir el libreto implicaría incentivar los flagelos sociales conocidos en una medida insoportable, para la ciudadanía y para el fisco. Ponerle freno al aparato productivo otra vez no resiste análisis. De modo tal que, si en el horizonte se recortase la figura de un invierno con poca vacunación y mucha contagiosidad, los instrumentos de la actual administración para hacer frente a una situación de tamaña gravedad serían insuficientes.

De las razones apuntadas, hay una acerca de la cual el gobierno nada puede hacer. El invierno no le pedirá permiso para aposentarse aquí durante los meses de junio, julio, agosto y septiembre. Respecto de la provisión de vacunas, a juzgar por las declaraciones de los funcionarios públicos —que hoy dicen una cosa y mañana otra, sin que se les mueva un pelo— nadie sabe a ciencia cierta cuándo estará el Estado en condiciones de avocarse a la tarea que le compete sin el stop and go que parece ser su única política sanitaria hasta el momento. En punto a la logística, sólo un milagro haría que un mono con navaja no generase un desbarajuste. Por fin, la cuarentena estricta ya no es factible.

Podría suceder, por supuesto, que a pesar de la indolencia oficial el invierno fuese benigno y el rebote resultase menos acusado del que ha sufrido buena parte del viejo continente. Hasta el momento, las etapas del desarrollo de la peste han sido las mismas en Europa y Latinoamérica, con la única diferencia de que el virus ha debido cruzar el Atlántico y, por lo tanto, a estas playas ha llegado más tarde. Si cuanto sucedió en la Gran Bretaña, Alemania, Italia y España luego de finalizado el verano y una vez que se terminaron las vacaciones, se repitiese en nuestro territorio —cosa que ya ha pasado en Brasil, por ejemplo— dependeríamos de unas vacunas que brillan por su ausencia.

LEÉ TAMBIÉN:  Significados y efectos del #18F - Por Rosendo Fraga

Malgrado el nivel de radicalización que campea en la totalidad de las oficinas del gobierno y la manía —tan acentuada en el kirchnerismo— de analizar las cuestiones técnicas con anteojeras ideológicas, sus principales espadas son conscientes de la crisis logística y de los atrasos a los cuales venimos haciendo referencia. No están en la luna de Valencia, ajenos por completo al terreno que pisan. Saben qué hay medidas que dependen de ellos y herramientas que es posible utilizar si las cosas se agravasen mas de la cuenta, pero también saben qué hay fenómenos que se hallan fuera de su control y situaciones que pueden salirse de cauce.

A estar a los trascendidos que llegan de la Casa Rosada y del Instituto Patria, la inquietud —si no excluyente, sí prioritaria— de los que gerencian la crisis desde Balcarce 50 y de los que marcan la estrategia desde la vicepresidencia de la Nación, es el rebrote que viene. Y hacen bien porque aun cuando nunca hayan escuchado hablar del famoso fisiólogo prusiano Rodolfo Virchow —comparable por su brillantez y sus investigaciones científicas al francés Pasteur, a Koch o a Ramón y Cajal—, a él se debe esta frase, dicha en referencia a una epidemia de tifus en l847, que refleja a la perfección la naturaleza y la dimensión del problema: “La medicina es una ciencia social y la política es la medicina a gran escala”. Frente a la probabilidad —por remota que fuese— de un desastre epidemiológico sería conveniente que entendiesen la enseñanza del sabio alemán en su justo término.

Más en Opinión y Actualidad
Un 24 de marzo con la “memoria” en cuarentena. Por Nicolás Márquez

En este 24 de marzo y por causas de público conocimiento, las habituales comparsas de...

Cerrar