Mié. Jun 16th, 2021

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Sin protestas ni movilizaciones: el socialismo argentino ejercita su poder a merced de una sociedad sometida. Por Santiago Las Heras

Todo parece estar controlado. Lo que sucede en Chile y Colombia, no sucede en Argentina. No hay saqueos ni protestas. La tolerancia pública parece adormecida y atormentada por las graves consecuencias de la pandemia y el penar diario de la crisis económica y social que sufren 44 millones de argentinos.

Pese al lamentable panorama, cuesta explicar el por qué los ciudadanos no se revelan contra las políticas de Gobierno de su presidente Alberto Fernández. El asistencialismo ha logrado acallar las voces de reclamo ante la ineficiencia de sus mandatarios. A fuerza de destinar muchos millones para controlar las protestas y las calles con dinero, el socialismo argentino ejercita su poder a merced de una sociedad aletargada y sometida.

En Chile todo comenzó en octubre de 2019, cuando un grupo de estudiantes, a disgusto por el alza en los precios del transporte público, decidió evadir el pago de este servicio y tomar las estaciones del metro en la ciudad de Santiago. La gran movilización estalló el 14 de octubre de ese mismo año. De allí en más, se desencadenaron una serie de hechos que se extendieron durante 150 días y que terminaron en la convocatoria a un plebiscito para cambiar la Constitución vigente desde 1980, una reforma integral a la policía, 2.547 heridos y 38 muertos.

Por el lado, en Colombia, los hechos se complicaron cuando el entonces ministro de Hacienda, Alberto Carrasquilla, presentó un proyecto de reforma tributaria, el pasado 27 de abril, con el que pretendía recaudar 23 billones de dólares para recuperar al país del duro golpe de la pandemia.

A diferencia de Chile, donde el epicentro de los encuentros fue su capital Santiago, en Colombia el conflicto se expandió a todas las regiones y se ubicó principalmente en la ciudad de Cali, donde los manifestantes bloquearon y cerraron todas las vías de acceso a la ciudad, generando serios problemas de abastecimiento en insumos alimenticios y combustibles.

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Esto no ocurre en Argentina. Pareciera que el descontento social y los ánimos de rebeldía por el delicado contexto que se vive aún no afloran en la superficie de los porteños. Extraña situación. La pobreza, la desocupación y la pobreza hacen estragos pero nadie quiere hacer nada por mejorar.

Pese a ello y como siempre, la política se hace presente y la carrera electoral contagia a funcionarios, dirigentes y militantes de uno y otro bando. Oficialistas y opositores disimulan la gravedad de los hechos y se lanzan ilusos y entusiasmados en la danza de la fortuna de la contienda electoral. Pese a la reciente postergación de las próximas elecciones legislativas, todos saben que en estos tiempos las disputas por las candidaturas traerán gratos beneficios para todos aquellos que colaboren con «la causa» y se muestren dóciles a «encolumnar». Obviamente, y en esta misma línea, el Gobierno fogonea, colabora y también dirige su estrategia en toda esta situación. ¿Qué hay detrás detrás de todo esto? ¿Por qué no hay críticas severas y protestas visibles por las calles que manifiesten el verdadero descontento popular?

Las conclusiones son inmediatas. Más allá de una oposición inoperante que disputa cargos y puestos en las listas dentro de una misma coalición timorata y mediocre, el factor miedo y el dinero son los instrumentos de poder que hoy utilizan estratégicamente el presidente Alberto Fernández y su titiritera vicepresidenta.

El temor a la pandemia por la falta de vacunas y la necesidad de trabajo para sobrellevar las necesidades básicas y de subsistencia, se someten de inmediato al «dinero fácil» que, como ayuda, el Poder Ejecutivo desgrana intencionalmente en subsidios de mala fama.

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Se vive una realidad atormentada y sofocante. El «sálvese quien pueda» domina el escenario en medio de la indignidad, el egoísmo y la miseria.

Como explicación de lo que sucede, quizás sirvan las expresiones de Fernando “Chino” Navarro, uno de los jefes del Movimiento Evita y funcionario del gobierno nacional: «Quienes gestionan 12.000 ollas populares todos los días no son funcionarios o asesores o trabajadores del Estado. Son los militantes de las organizaciones sociales y los curas. Y eso tiene que ver con la paz social que hoy tiene Argentina. El territorio que cubren las organizaciones sociales fue abandonado hace muchos años por la política tradicional”.

Lamentablemente, una verdad muy criolla y que todos saben en Argentina, es que cuando los subsidios no se entregan y la plata no le llega a la gente, los piquetes y protestas se multiplican por todo Buenos Aires.

¿Qué hay detrás? Todo se explica desde el socialismo de Alberto Fernández o el populismo de Cristina Kirchner.
Se trata de la «distribución efectiva» de los fondos del Estado en una especie de «paternalismo estatal» que domina, gobierna y también somete. Según datos oficiales, hay 250.000 millones de dólares a disposición. Es decir, un monto equivalente al 0,7% del PBI.

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