Mar. Ago 9th, 2022

Prensa Republicana

Con las ideas derechas

Sin jefe, sin plan y sin reservas. Por Vicente Massot

Si bien es cierto que la principal fuerza opositora carece por ahora de un jefe capaz de fijarle un rumbo, con arreglo al cual recorrer el camino que la llevará a las elecciones generales del año 2023, no lo es menos que al oficialismo —como quedó al descubierto desde la derrota sufrida en las internas abiertas substanciadas en el último mes de septiembre— lo aqueja el mismo mal. Con la particularidad de que —comparados ambos frentes— las desventajas de no tener unidad de mando son mucho más agudas y peligrosas para el frente kirchnerista que para la alianza Juntos por elCambio. Si hubiera existido un mandamás en sus filas, los diputados del Pro, la UCR y la CC de Elisa Carrió no habrían discutido acaloradamente qué decisión tomar respecto del compás de espera ofrecido por Sergio Massa en la mañana del viernes. Las posiciones encontradas en cuanto a aceptar o no el pase a comisión de la ley de leyes, reflejaron hasta qué punto no hay un espíritu de cuerpo entre ellos, que sea a prueba de balas. De alguna manera los salvó la intemperancia de Máximo Kirchner, que obligó a halcones y a palomas a unificar posturas. Pero el discurso —inútilmente provocativo, dicho sea de paso— del jefe del bloque K también trasparentó que los días en que desde la Casa Rosada o desde el Senado de la Nación bajaban una orden y esta se cumplía a rajatabla, desaparecieron para siempre. Ni en Balcarce 50 ni en el Instituto Patria ni en la vicepresidente de la Nación anida hoy el poder. En todo caso, circula de un lado para otro sin que ninguno de los actores excluyentes del gobierno pueda hacerse obedecer acabadamente. Las instrucciones —no importa de donde provengan— siempre suscitan algún rechazo.

Está claro que el plan de acción forjado por Alberto Fernández y Martín Guzmán, con el acompañamiento de Sergio Massa, no era del agrado de la Señora ni de su hijo. De lo contrario, no se entiende el por qué de esas parrafadas vitriólicas e innecesarias que dieron al traste con la estrategia que se había fijado. Desde la Rosada el pedido transmitido a los jefes de todas las bancadas fue el siguiente: se necesitaba aprobar el Presupuesto para así facilitar la negociación con el Fondo Monetario Internacional. Sería insensato pensar que el presidente de la República solicitase por adelantado una conversación con Kristalina Giorgieva, si no hubiera pensado que oficialistas y opositores se pondrían de acuerdo.

La cara de Sergio Massa mientras aumentaba el tono de voz de Máximo y sumaba acusaciones contra sus adversarios, no lo deja mentir. Lucía demudado. Lo que quedó de manifiesto entonces fueron las profundas diferencias ideológicas y de procedimiento que subsisten en el Frente de Todos. Hallándose en juego un asunto de tal importancia, Máximo Kirchner prefirió salirse con la suya que secundar una política acordada de antemano. Como se aprecia a simple vista, nadie manda en el arco opositor y nadie manda en forma soberana en el oficialismo. En aquél el fenómeno puede entenderse, aun cuando no sea lo mejor. En este, en cambio, el mando colegiado puede resultarle fatal.

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Delante de sus adversarios, la administración actual no tiene margen para hacer —como ocurrió en tantas oportunidades anteriores— lo que le venga en gana. El único libreto que de momento expone es uno con base en la oralidad. En el kirchnerismo se anotan sus principales figuras para descargar andanadas verbales a expensas de la Corte Suprema, el FMI, Macri, la oposición y los ricos, sólo para mencionar a algunas de sus víctimas. Sin embargo, los discursos del titular de la cartera de Justicia y de su mano derecha contra los integrantes del tribunal supremo de la Nación; de todos contra el ex–presidente; de Máximo contra Cristián Ritondo, Emilio Monzó, María Eugenia Vidal, Rogelio Frigerio y váyase a saber cuantos mas, no dan en el blanco. Cuanto mayores resultan los agravios, las derrotas se multiplican. El fallo referido al Consejo de la Magistratura y el rechazo del dibujo presupuestario —que tuvieron lugar la semana pasada— son otras tantas pruebas contundentes acerca de los reveses que —con la sola excepción del proyecto de ley de Bienes Personales votada hoy en la Cámara de Diputados— acumula el gobierno desde las PASO.

Es de rigor, pues, preguntarse cómo sigue la historia, en atención a que —en una situación crítica por donde se la analice; sin brújula; peleadas sus dos figuras de más peso; falto de un plan económico serio; carente de una posición clara respecto de cómo negociar con el Fondo; escaso de reservas de libre disponibilidad y lejos de tener mayorías sólidas en las dos cámaras del Congreso Nacional— el oficialismo da la impresión de que marcha a la deriva, siempre por detrás de unos acontecimientos que, por supuesto, no domina. Sería poco serio imaginar que podría terminar sus días como la administración que presidió Fernando De la Rúa. Cuanto aconteció dos décadas atrás en el país fue parte de un proceso y obedeció a unas causas que poco o nada tienen que ver con el panorama actual.

Pero que no se recorte en el horizonte una salida anticipada de Alberto Fernández no significa —ni mucho menos— que sea una solución hacer la plancha y patear para más adelante los problemas que éste no atina a solucionar. Por momentos, daría la impresión de que las figuras emblemáticas del Frente de Todos se dejan ganar por las fantasías. El FMI no aceptará bajar las sobretasas y —ni por asomo— accederá a extender los vencimientos de la deuda argentina a más de diez años. La tonelada de soja no orillará este año los U$ 600 ni, de buenas a primeras, los bloques opositores en el Congreso comprarán a libro cerrado los proyectos de ley oficialistas. Cuanto antes entiendan que la relación de fuerzas ha cambiado en su contra y que no habrá de sufrir modificaciones estratégicas hasta conocerse los resultados de la elección presidencial de 2023, tanto mejor. Básicamente, porque los tiempos en esta materia no resultan neutrales.

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De las muchas asignaturas pendientes que arrastra la administración de Fernández, hay una que, por la gravedad que reviste, sobresale de las demás: la situación de las reservas internacionales de libre disponibilidad. No supone lo expresado más arriba que la inquina que separa al presidente de su vice; la deriva de la inflación; los padecimientos que sufre 40 % de la población que vive en condiciones de pobreza e indigencia; los índices de inseguridad que se incrementan día a día, y la manifiesta incompetencia técnica de los equipos gubernamentales, sean factores sin importancia, susceptibles de ser desestimados. En absoluto. Lo que sucede es que ninguna de ellos —salvo que creciesen de manera exponencial— podría escalar la crisis de un día para el siguiente y, en cuestión de horas, poner patas para arriba al país. Inversamente, si de resultas de la caída de las reservas líquidas propias —que ya se encuentran en terreno negativo— los mercados generasen una corrida cambiaria y la inevitable devaluación que le seguiría, el precio que debería pagar el gobierno sería altísimo.

El oficialismo, por boca del titular del Palacio de Hacienda, insiste en repetir, en cuanta oportunidad tiene, que el gobierno no va a devaluar, y es entendible que trate de llevar tranquilidad a los mercados. Pocas cosas serían mas insensatas que un ministro de Economía anunciándole al país que una devaluación futura no es de descartar. Al día siguiente se produciría una tempestad cambiaria con seguro impacto en el sistema bancario. No obstante, hay momentos en que la autoridad monetaria debe tomar ese camino para evitar males mayores. Cuando las reservas se evaporan, es mejor que devalúe el Estado y no el mercado.

Feliz Navidad, hasta la próxima semana.