De tabernas, estadios y otros lugares. Por Francisco Aguirrezábal

Refiere Hilaire Belloc en su “Historia de Inglaterra” el descrédito total en que había caído el rey Enrique VIII, su pésimo reinado, la miseria material en que había caído la población, la miseria moral del rey y sus favoritos, los súbitos enriquecimientos de éstos, los sucesivos matrimonios y sus consiguientes divorcios, inmediatamente seguidos de acusaciones de infidelidad con ejecución de las causantes, le granjearon la animadversión del pueblo, provocando las burlas e injurias a su persona.

Los correveidiles, siempre abundantes en todos los tiempos y lugares (Ahora son llamados periodistas adictos) le hicieron llegar a Enrique la situación, y nos dice Belloc que “se llenó de impotente cólera” … “Lloró en público, emitió la la orden absurda de que nadie debía ridiculizarlo en las tabernas de la capital”.(1)

Esta prohibición de mofarse o insultar al gobernante fue inédita en su tiempo y también en otros, hasta hace unos pocos días en estas tierras sudamericanas.

Si miramos a los gobernantes, mas o menos contemporáneos del injuriado Enrique, en estas tierras de Dios, nuestra primera monarca la Reina Isabel, su nieto Carlos que además imperó en Alemania y su bisnieto Felipe, fueron gobernantes irreprochables y de lo mejor que hemos tenido, jamás nadie osaría injuriarlos y por el contrario todo el mundo les estaba reconocido.

Debemos consignar un ejemplo totalmente contrario al de la prohibición de burlas e injurias tabernarias del Tudor. Y fue en nuestra propia Argentina, en nuestras pampas no teníamos tabernas, pero teníamos pulperías. Recuerda Carlos Ibarguren en su “Juan Manuel de Rosas, su vida, su drama, su tiempo” la referencia de un testigo imparcial, Cunninghame Grahan, que largo tiempo después que el Restaurador de las Leyes perdiera el poder y gobernaran con terror y sangre sus enemigos, viera en esas pulperías gauchas la adhesión incondicional de nuestros paisanos al que era un simple desterrado.

Dice textualmente Ibarguren: “Veinte años después de la caída del dictador, Cuninghame Graham vió a los últimos gauchos en la frontera de Bahía Blanca, en Tapalqué o en Fortín Machado, clavar su facón en el mostrador de la pulpería, echar un trago de caña y mirando al gringo de reojo vociferar con rabia: ¡Viva Rosas!”.(2) (3).

Dejemos la grandeza de los gloriosos días pasados y volvamos a la triste realidad del presente, la sombra de Enrique VIII y su tabernaria prohibición de insultos y burlas pende sobre nuestra pobre y vapuleada Patria.

Un oscuro obsecuente del poder quiere prohibir los partidos de fútbol si en las tribunas de los estadios, a manera de coro griego, se le dirigen puteadas (Acción y efecto de putear – Diccionario RAE) al Presidente de la Nación, Mauricio Macri, tal cual como hoy frecuentemente ocurre.

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Como por la prensa diaria vemos que las puteadas dirigidas a la misma persona, se repiten insistentemente también en las estaciones del Subterráneo de Buenos Aires, en las colas que hacen frente a los bancos los jubilados para cobrar sus miserables asignaciones, en los recitales y en los teatros, el desaforado obsecuente pedirá que se prohiban también las estaciones subterráneas, las colas de jubilados, los recitales y los teatros.

Y a estos puteadores explícitos se deben agregar los puteadores silenciosos, por ejemplo los que por su formación profesional y por su disciplina putean para sus adentros, pero que seguramente deben existir cuando ven a sus camaradas morir en las prisiones o cuando ven hundirse a sus submarinos, caer a sus aviones o rematar sus bases y cuarteles, para aumentar el lucro inmobiliario del algún paniaguado del poder. Y especialmente cuando en los momentos de crisis y fallecimientos ven a su Comandante en Jefe desaparecer en algún nuevo Calafate como hacía su antecesora. Porque esta sufrida gente, vituperada constantemente por la prensa canalla, algo en las venas como cualquier mortal también tiene que tener.

Se quiere tapar el sol con un harnero, la situación es extremadamente seria, el país sufre una evidente crisis de liderazgo. El marketing partidocrático, creador de falsas esperanzas no puede ocultar las realidades causadas por la impericia, la ignorancia y la corrupción de años de desgobierno partidocrático.

Ha comprobado la población que al revés de lo que decía un recitador de preámbulos constitucionales con esta democracia no se come, ni se cura ni tampoco se educa. El país se ha convertido en un descalabro, la Argentina está en estado terminal: miseria, desempleo, inseguridad pública, indefensión nacional, deficit en salud y vivienda, desindustrialización, corrupción, deuda pública galopante y pérdida total de confianza en sus gobernantes.

Mauricio Macri, por si mismo o por consejo de algún bananero asesor, da lo mismo, pretende ocultar todo esto con una inmoral cortina de humo, desatando el debate de si se puede asesinar cobarde y legalmente, con protección del Estado a los seres mas inocentes, débiles y desprotegidos del mundo, es decir a los niños por nacer.

¿Por que no a los ancianos, así ya no es necesario robarles las jubilaciones? El despropósito es tan grande que clama al Cielo tal escándalo. Al Cielo por supuesto y no al Episcopado Apóstata de la Herejía Modernista que ya ha manifestado su voluntad de debatir tal anticristiana proposición. Y por supuesto luego del debate ser sometido a la demencial Ley del Número, si alcanzamos el número de diputados y senadores que aprueben el asesinato, asesinaremos impunemente a los niñor por nacer, o a los ancianos o a quien sea, solo es cuestión del número. O decidir si Dios existe o no. O si la Patria sigue o se suicida.

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Como contracara de los apóstatas modernistas un digno sacerdote de Dios, un cura de buena doctrina del que San Atanasio el opositor de la Ley del Número estaría orgulloso y que además es Arzobispo, monseñor Héctor Aguer, hizo el correcto diagnóstico del gobierno de Mauricio Macri, que bien puede ser también el del que recibía las burlas y puteadas en Londres y las prohibió por ley: “Es un gobierno sin principios, ni naturales ni morales”.

Eso explica también otras similitudes entre Enrique VIII y Macri, fueron hombres de varias parejas, matrimonios y divorcios,(4) ninguno valoraba la institución del matrimonio y a pesar que Enrique presumía de teólogo y dejó escrita alguna obreja sobre el tema y Macri “se formó en el cardenal Newman y en la Universidad de San Andrés”, ninguno de los dos sabía “hacer la señal de la Cruz”.

Lo de monseñor Aguer son verdades de a puño, mal que le pese a la farándula partidocrática y episcopal, y explican la triste situación terminal en que se encuentra la Argentina.

Es que alguien, de una buena vez, debe imitar a aquel niño del relato que en medio de la obsecuencia y alcahuetería cortesana observó la realidad: “el rey está en pelotas”. Aquí es peor, no se trata del rey sino de nuestra querida Patria: “A la República Argentina la dejaron peor que en pelotas, ya ni las tiene se las han robado también”.

Francisco Aguirrezábal

(1) Hilaire Belloc: “Historia de Inglaterra” – Tomo 1, “Desde los orígenes romanos hasta Jacobo I”, Capítulo VIII: “El Cisma”, pág. 290 – Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1980.

(2) Carlos Ibarguren: “Juan Manuel de Rosas, su vida, su drama, su tiempo”, Capítulo XVIII, “Luchas contra la dictadura”, pág. 278 – Ediciones Theoría – Buenos Aires 1985.

(3) Robert Bontine Cunninghame Graham «El Río de la Plata»

(4) Digna hija de Enrique VIII y Ana Bolena fue Isabel I, el magistral Góngora retrata su sucesión de parejas en unos versos:

“Mujer de muchos y de muchos nuera!

¡Oh reina infame; reina no, mas loba

libidinosa y fiera”.

Es que en estas cuestiones es fundamental el ejemplo paterno y la educación. La hermanastra de Isabel, la reina María, criada y educada exclusivamente por su madre Catalina de Aragón, la hija de los Reyes Católicos, un ejemplo de virtud, confirma lo anterior. Hay otros casos como el de Isabel, todos lamentables.

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