¿Cómo se decide en Balcarce 50? Por Vicente Massot

La demostración más cabal de la incidencia que una derrota de Cambiemos obraría sobre el desenvolvimiento de la economía, la tuvimos en las últimas dos semanas. Lo que quedó trasparentado en esos días fue que, en correspondencia con una serie de encuestas que mostraban las ventajas, de entre dos y tres puntos, que Cristina Fernández acredita hoy a expensas de los candidatos del oficialismo en la provincia de Buenos Aires, el tipo de cambio se apreció 5 % en apenas once días. Nunca antes, en el año y medio que lleva Mauricio Macri al frente del Poder Ejecutivo nacional, el dólar se había movido de tal manera.

No resultó fruto de la casualidad que el alza de la divisa norteamericana se registrara en consonancia con los mencionados sondeos preelectorales. El fenómeno reseñado no fue producto de una súbita toma de conciencia respecto del notable atraso cambiario. Entre otros factores que más abajo se exponen, la disparada tuvo que ver con lo que cabría llamar instinto de protección de los argentinos. Dado que en realidad el peso es una ficción formal —nada más—, a la hora de las incertidumbres la gente se cobija en uno de los pocos valores que dan seguridad.

La reacción del gobierno, a todo esto, resultó tardía. De lo contrario, cómo explicar que, en vísperas de unos comicios tan importantes y teniendo a su disposición tamaña batería de medidas para ponerle coto a la variación alcista de la divisa estadounidense, no se haya adelantado a los hechos y dado muestras de celeridad a la hora de intervenir. La idea según la cual el Banco Central tiene por solo cometido la lucha contra la inflación y que es partidario irrestricto de una flotación limpia vale para las épocas y situaciones normales. Cuando no pasa
nada fuera de lo ordinario, la flotación vale; cuando los valores se disparan a menos de veinte días de una elección, la lógica política es la que manda. Así ocurrió: al cabo de dos semanas de curso alcista ininterrumpido, la indiferencia de la autoridad monetaria debió abandonarse ante la presión del ala política del gobierno, que la obligó a intervenir y estabilizar el mercado.En otras palabras, el BCRA tuvo que meterse en la cancha y detener la disparada. Sólo que parte del mal estaba hecho. Ahora el gobierno reza para que no se produzca un corrimiento a los precios.

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Más allá de las discusiones de índole puramente técnica acerca del atraso cambiario y de la conveniencia o no de haber realizado —a comienzos de la actual administración— una devaluación tímida, lo cierto es que contradice toda lógica política el que, con elecciones a la vuelta de la esquina, pronóstico reservado en términos de resultados electorales, y una inflación agazapada, se lo dejase disparar. En otro momento habría tenido sentido. En este, en particular, resulta incomprensible.

Daría la impresión de que al macrismo le calza, como anillo al dedo, aquel refrán de origen popular que reza: “muchas manos en un plato…”. En definitiva, nadie se hace responsable de los errores en serie que se cometen sin ninguna necesidad. Y no se crea que el tema de los billetes verdes es la excepción. Cuanto ocurrió con la fallida intentona de dejar fuera de la Cámara de Diputados al antes todopoderoso ministro de Infraestructura kirchnerista
resultó una obra maestra de la improvisación y le produjo a Cambiemos un desgaste gratuito.

Fue en paralelo con la escalada de la divisa americana que se puso a discusión en la cámara baja del Congreso Nacional la permanencia como diputado de Julio De Vido. El oficialismo, sin demasiado plan, embistió contra el hombre clave de la corrupción kirchnerista creyendo en un primer momento que el triunfo estaba al alcance de su mano. Sobre qué evidencias tejió esperanzas de que algo así fuese a ocurrir es un verdadero misterio. Que se sepa
nadie se impuso la tarea de convencer —por las buenas o las malas— a los gobernadores peronistas y también al de Santiago del Estero —que pasa por ser radical— a los efectos de que alineasen a sus diputados y los instruyesen de votar en consonancia con la bancada oficialista. Esto habida cuenta de lo generoso que había sido el unitarismo fiscal macrista con todos ellos, a partir de enero del año pasado.

En tren de encontrarle una respuesta racional a tamaña desidia, podría aducirse que los diseñadores de la estrategia creyeron, al menos en un primer momento, que tenían los votos necesarios para expulsar a De Vido. Fuese esto así o no, lo cierto es que, una semana antes de la votación, era claro que las dificultades que presentaba la cuestión excedían con creces el optimismo oficial. Con siete días de anticipación, desde la presidencia de la Cámara, se le hizo
llegar al jefe de gabinete un cálculo preciso, demostrativo de que —salvo un milagro— el kirchnerismo y sus aliados se saldrían con la suya.

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Frente a semejante adversidad, el plan gestado por Marcos Peña —con el visto bueno de Mauricio Macri, como es de rigor— consistió en transformar una derrota en punto a la cuestión específica que se ponía a votación —la permanencia como diputado del ex–ministro o su remoción— en una victoria moral. De Vido se quedaría, pero él y sus acólitos serían estigmatizados por el peso de la opinión pública. Según el curioso razonamiento de Casa Rosada,
el común de la gente distinguiría con claridad de qué lado estaban los honestos y dónde habían quedado arrumbados los corruptos.

La curiosidad reside en que todas las encuestas de carácter cuantitativo hechas en la provincia de Buenos Aires indicaban que la corrupción estaba y está lejos de ser una de las principales preocupaciones de la gente, a diferencia de la situación económica, el empleo, y la seguridad. Esto sin pensar —además— que el revés parlamentario podría ser juzgado, por esa misma opinión pública, como una muestra de debilidad. Que fue, en última instancia, cuanto ocurrió.

De lo que parece no darse cuenta el macrismo es que hasta después de los comicios de octubre difícilmente podrá lograr un triunfo estratégico en la Justicia o el Parlamento. Pruebas al canto: el oficialismo adelantó que el camarista Eduardo Freiler sería suspendido en sus funciones y no consiguió los votos necesarios en el Consejo de la Magistratura. Luego, el juez Luis Rodríguez no hizo lugar al pedido del fiscal Stornelli de desafuero y llamado a
indagatoria y prisión preventiva de Julio De Vido. Por fin, salió derrotado en la cámara baja, con lo cual el kirchnerismo volvió a hacerle pito catalán.

Cuando debió extremar el gradualismo que tanto pregona, el oficialismo hizo exactamente lo contrario. En lugar de pisar el freno, aceleró sin medir bien las consecuencias y se topó con la misma pared. Las derrotas fueron —una vez más— autoinflingidas. A veces es tarea imposible tratar de entender cómo se deciden en la mesa chica presidencial las políticas públicas de carácter estratégico.

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