Sansculotismo y monarquía. Por Juan Manuel de Prada

Escribía Donoso Cortés que, “al trasladarse la guerra del campo de batalla a la tribuna, y de los brazos a los espíritus, se retira del teatro donde exalta y fortifica para introducirse allá donde debilita y enerva. Dios otorga el imperio a las razas guerreras y condena a la servidumbre a los pueblos disputadores”. Donoso, naturalmente, no condenaba el parlamento (que no en vano fue la palestra de su inigualable talento), sino el parlamentarismo, que percibía como un vivero de disensiones donde se consumían las energías de un país. Recordaba este juicio de Donoso sobre el parlamentarismo mientras veía el otro día el acto de apertura de una nueva legislatura, que nace con tristes presagios y el aroma inconfundible del sansculotismo, encarnado en las vestimentas orgullosamente desharrapadas de muchos diputados, en las banderas republicanas exhibidas con arrogancia desde los escaños, en la grosería arrogante de tantas señorías sin señorío que, mientras Felipe pronunciaba su discurso, guasapeaban en sus móviles.
Cuando el veneno del escepticismo se infiltra en las élites y las torna incapaces de defender la institución monárquica, sus detractores nos siguen recordando la razón por la que merece la pena ser defendida, incluso en sus fases más degenerativas o inanes. El parlamentarismo convierte poco a poco –como un gas lento y anestesiante— las monarquías en repúblicas coronadas, marchita poco a poco la devoción monárquica de los pueblos y borra de las conciencias la noción sobre la naturaleza del poder; y así, poco a poco, de forma indolora, los monárquicos de ayer se convierten en escépticos que ya no defienden la monarquía sino con grimosos argumentos utilitaristas (que no hacen sino esconder sus intereses de clan). Y es entonces cuando el sansculotismo, con su odio indisimulable al rey (incluso al rey que más se esfuerza por no parecerlo, incluso al rey que trata de hacerse perdonar su origen, incluso al rey que se deja mangonear), nos recuerda que esa institución tiene un significado muy hondo, aunque los pueblos disputadores condenados a la servidumbre ya no puedan distinguirlo.
Nos enseñaba Ernest Hello que, cuando nuestra fe claudica, aún nos queda, como último recurso para mantenerla, el odio del ateo. A simple vista, sería lógico que el hombre que no cree en Dios detestase todas las religiones. Pero cuanto más incrédulo es el hombre, más atracción siente por los cultos falsos, más condesciende con la idolatría; basta, sin embargo, que surja la Cruz (aunque la enarbole un cura renegado, aunque con ella se santigüe un fariseo, aunque la saque a colación un fofo meapilas) para que el furor antirreligioso del ateo se enardezca. “Siempre estuvo allí la señal del odio –escribe Hello–; siempre el espíritu de la mentira persiguió con su invertido homenaje a la Cruz; siempre le ha dicho: ¡A ti sola es a quien odio, sólo a ti en el mundo!”. Pues como este odio exclusivo del ateísmo a la Cruz es el odio del sansculotismo a la monarquía. La monarquía es el último obstáculo (katejon) que impide el advenimiento del caos; y la razón última del odio a la monarquía, aun a la más aguada o pervertida, aun a la más desfondada y fachadista, aun a la más infectada de republicanismo, es en última instancia la misma razón por la que el ateísmo odia la Cruz. El sansculotismo, en fin, sigue recordando las palabras que un día escuchó Poncio Pilato: “No tendrías ningún poder sobre mí si no te hubiera sido dado del cielo”.
En un tiempo en que estas palabras han dejado de resonar en nuestras almas, hay que agradecer al sansculotismo que nos recuerde la razón última por la que debe preservarse la institución monárquica.

LEÉ TAMBIÉN:  «Mayo 68», la enfermedad infantil del capitalismo. Por Francois Bousquet

(ABC, 19 de noviembre de 2016)

Más en Cultura, Opinión y Actualidad
Conmovedora carta del hermano de una desaparecida

Hace 40 años desaparecía Julia Elena...Por Santiago Lozano Hace 40 años..............como pasa el tiempo, fue la ultima...

Cerrar