¡Salvemos los cachorros humanos! Por María Lilia Genta

Casi sin excepción los vegetarianos, naturistas, veganos y otras yerbas son “verdes”: Matemos bebitos, cuidemos los cachorros de todas las especies animales -¿de las  hienas también?-, multemos a los despiadados jinetes que, como Gary Cooper o John Wayne, clavan sus espuelas en sus cabalgaduras para llegar más rápido allí donde algún humano desvalido necesite ayuda.

Digamos, de paso, que en aquellos viejos films, un asalto en medio del lejano Oeste evocaba las diligencias o las carretas tiradas por caballos o bueyes y atacadas por los indios. ¡Uyyy! Se me escapó otra referencia políticamente incorrecta… recordemos que los indios nacieron sin pecado original, así que no puede haber indio malo. El malo era Solís, por eso se lo comieron los indios.

Pues bien, en estos tiempos me acuso del grave pecado de haber disfrutado en un patagónico Regimiento de Caballería al contemplar concursos de salto y partidos de polo. Y algo mucho más grave: asistí, en Toledo, una tarde de Corpus, a una corrida de toros invitada por el entrañable y siempre recordado amigo, Don Blas Piñar.

Los “ángeles” veganos (que suelen ser violentísimos violadores de la propiedad privada y de la integridad física de los meseros de parrillas) han logrado, ahora, (aunque no están satisfechos y van por más) que la Legislatura porteña dicte una nueva ley sobre maltrato animal que aggiorna la vieja ley nacional de 1954 que penaba el maltrato animal pero convengamos que en términos más razonables y no estúpidos como pretende la nueva disposición.

La serie de disparates que dicen y proponen los “proteccionistas” raya en el ridículo. La última es que como los animales son personas, las mascotas no son de sus dueños; éstos se consideran meros “cuidadores” ya que las personas no pueden tener dueños.

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Tenían que ser los “tanos”, maestros en combinar la tragedia y el grotesco (el cine del período neorrealista, las series televisivas actuales lo confirman) los que nos dieran la mejor y más acertada consigna para enfrentar tanta estulticia. ¡Salvemos los cachorros humanos! Así rezaban las pancartas de la última Marccia per la vita, en Roma hace algunas semanas.

Nosotros, los argentinos, sobre todo los viejos (o adultos mayores como nos llaman eufemísticamente para disimular la inevitable senectud) evocamos aquel reconfortante olor a asado que nos abría el apetito al regresar de la escuela y que provenía de alguna obra en construcción. En cada obra, efectivamente, un asadito; y en nuestras mesas de clase media, carne todos los días, a veces en el almuerzo y en la cena. ¡Churrascos eran aquellos! Horror para nuestros veganos.

Más allá del humor, toda esta movida proteccionista y vegana esconde una enorme perversidad. En el fondo, lo que subyace es la negación del mandato divino dado al hombre de ceñir y dominar la tierra. Ahora, el hombre es, en el mejor de los casos, una especie más en absoluta igualdad de valor y dignidad que las bestias. He aquí el triste fin de este trasnhumanismo del que tanto se vanagloria nuestro siglo.

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