Salvar la épica – Por Vicente Massot

Si Cristina Fernández supuso que un arco opositor tan variopinto y tan disímil en términos ideológicos como el nuestro no sabría de qué manera reaccionar frente a su decisión de escalar la pelea con los hold–outs y poner al Congreso en el brete de convalidar la política de “Patria o buitres”, se equivocó de medio a medio. Quiso arrinconarlo y no pudo por la sencilla razón de que ni Massa ni Macri ni la UCR ni tampoco la Carrió mordieron el anzuelo. Es posible que la estrategia de la Casa Rosada descansase en una idea de viejo cuño a la cual, en distintos momentos de la historia argentina contemporánea, han recurrido las administraciones civiles y militares, las peronistas y las radicales, por igual. Se trata de agitar, en medio de una campaña con tintes sensacionalistas, la bandera del nacionalismo —de la cual el gobierno sería su más fiel custodio—y dejar, a quienes no aceptasen el convite, en el lugar reservado a los vendepatrias. En algunas oportunidades surtió el efecto deseado, pero en este caso el intento motorizado desde Balcarce 50 no ha prendido como lo imaginaban, seguramente esperanzados, la presidente y sus colaboradores más cercanos.

Andan dando vueltas encuestas —no necesariamente dibujadas a pedido del kirchnerismo— que ponen al descubierto un crecimiento del porcentaje de aceptación respecto de la forma en que ha manejado el gobierno el tema. No dicen esos relevamientos que la intención de voto de los candidatos del Frente para la Victoria haya escalado o que haya habido una mejora sustancial en el índice de popularidad —hoy muy bajo— de Cristina Fernández. Los datos dan cuenta de unos números referidos a la manera de pulsear contra el juez Griesa y los hold–outs. Nada más. Tampoco habrá que creer que el porcentaje de reconocimiento es mayoritario. En absoluto.

Con base en esos relevamientos es probable que los principales consejeros de la Fernández—esto es, su hijo, Axel Kicillof y Carlos Zannini— hayan concluido que era el momento oportuno para poner contra las cuerdas a sus opugnadores y anotarse a expensas de ellos, si no quisiesen formar detrás de Cristina, una victoria táctica. Aunque en las dos cámaras lograsen transformar en ley su proyecto, igual no conseguirán el consenso con el cual soñaron. Esto sin contar el hecho —no precisamente menor— de la apatía popular. Ganar en el Congreso significa poco si, en una gesta por el estilo, al grueso de la gente le preocupa más la recesión, las suspensiones laborales, la inflación y la inseguridad que los fondos buitres. En buen romance, a la batalla por la soberanía planteada por el kirchnerismo, es menester ganarla en la calle. El Parlamento es accesorio.

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Eventualmente, el FPV podrá lograr, con el auxilio de algunos de sus aliados de los últimos diez años, sumar los votos necesarios en el Congreso Nacional para evitar una derrota que lo dejaría maltrecho y al gobierno al borde del knock–out. Pero, al mismo tiempo, todo indica que en el seno del peronismo ha comenzado, de puertas para adentro, un examen realista de los desafíos que enfrenta y de los peligros que deberá sortear si insiste en plegarse al kirchnerismo y seguirlo hasta sus últimas consecuencias. No hay una conspiración en marcha contra Cristina Fernández; sí hay, en cambio, conversaciones serias respecto de qué hacer, cómo hacerlo y cuándo.

A nadie escapa que los barones del conurbano que todavía le son fieles a la Casa Rosada, leen las encuestas y sacan sus conclusiones como cualquier otro mortal. Con la diferencia que,para ellos, equivocarse de bando puede significarles el ostracismo político a perpetuidad. Los Curto, Espinosa, Pereyra y tantos otros de su mismo pelaje no ignoran el grado de deterioro de la gestión de Daniel Scioli y el final del ciclo kirchnerista. Imaginar que mantendrán esa fidelidad hasta diciembre del año próximo —es decir, que estarán dispuestos a acompañar al kirchnerismo al cementerio e inmolarse— es no entender la naturaleza del peronismo. Así como es un secreto a voces el salto de Martín Insaurralde a las filas de Sergio Massa, así también son muchos los que hoy piensan seguir los pasos del novio de Jessica Cirio. Salvo, claro, que crean en las posibilidades de Scioli; no sólo de meterse en la segunda vuelta sino de ganarle, en esa instancia, a Macri o a Massa. Seamos honestos, los milagros son hechos extraordinarios y los caciques justicialistas del Gran Buenos Aires creen poco y nada en semejantes portentos.

Lo dicho vale también para buena parte de los gobernadores, intendentes, diputados y senadores del país. En el peronismo nadie acompaña al jefe desfalleciente más allá de la puerta del cementerio y nadie, entre el ostracismo —por fidelidad— y la permanencia en el poder —por oportunismo— estaría dispuesto a abrazar la primera de las dos opciones señaladas. La cuestión siempre es la misma en términos de una transición o, si se prefiere, ante un ídolo caído: cuándo pegar el salto. Un minuto antes puede resultar fatal; un minuto después, puede ser tarde. El timing distingue, en estos casos, a los ganadores de los perdedores.

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¿Tendrá el FPV peso suficiente para retener sus actuales 135 diputados? La pregunta hubiese sonado descabellada tiempo atrás. Hoy lo que delata es un escenario nuevo en donde las traiciones y pases de factura comienzan a ser moneda diaria. Como las mayorías oficialistas en las dos cámaras del Congreso Nacional no son tan holgadas y todos descuentan una derrota de los candidatos oficialistas en octubre de 2015, la posibilidad de que un día el kirchnerismo carezca de quórum para tratar un proyecto —o, lisa y llanamente, pierda una votación— está cerca. Bastaría que los diputados rionegrinos que responden al gobernador Weretilneck siguiesen el camino de su jefe o que parte del bloque misionero decidiese abrirse para que, finalmente, el FPV entrase en crisis. De momento ello podrá no suceder pero, más temprano que tarde, está cantado que el oficialismo dejará de contar con el número necesario para promulgar cuanta ley se le ocurre.

Ahora bien, el fracaso gubernamental de sumar, al menos, parte del arco opositor a su cruzada en contra de los fondos buitres, ha tenido el corolario que era de esperar: los opositores han pasado a ser, si nos atenemos a la lógica binaria que aplica el kirchnerismo en estas peleas, los socios internos de Singer & Co. Capitanich no pudo ser más claro al respecto cuando, en su tradicional monologo matutino, metió el lunes en la misma bolsa a los medios periodísticos, partidos políticos y gremios opositores. Los acuso de estar “bancados por los buitres”.

Cuanto en otras circunstancias podría atribuirse a un exabrupto, en éste es necesario hilar más fino. La acusación tremebunda del Jefe de Gabinete se inscribe en un plan —en ejecución—que se compadece en un todo con el desenvuelto de cara a los hold–outs. Su denominador común es escalar el conflicto de puertas para afuera tanto como de puertas para adentro y no reparar en medios al momento de dar batalla. Con esta particular coincidencia: que lo fundamental, para el kirchnerismo en retirada, no es ganar —mejor si se gana, claro— sino salvar la épica.

Fuente: Massot/Monteverde

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