¿Salvar a Cristina?. Por Vicente Massot

No es materia opinable que al gobierno macrista le conviene la participación de Cristina Fernández y de Daniel Scioli en los comicios legislativos bonaerenses, que habrán de substanciarse en octubre del año próximo. Desde cualquier ángulo que se analice el tema, la presencia de la ex–presidente y del ex–gobernador en las boletas del FPV representaría una ventaja inestimable para los candidatos de Cambiemos en el principal distrito electoral del país. Ahora bien, de lo dicho no se sigue —al menos no necesariamente— que la Casa Rosada haya puesto en marcha una estrategia con el propósito de retrasar las causas judiciales que involucran a la viuda de Kirchner y así dejarla a cubierto de cualquier inclemencia que terminará con ella en la cárcel.

En las últimas semanas, no han sido pocos ni de menor calado los políticos, intelectuales influyentes, periodistas de nota e inclusive empresarios de primer nivel que han voceado su preocupación al respecto. Están los que sostienen, a quien quiera escucharlos, que la maniobra existe y que hubo operadores encargados de sondear el ánimo de dos jueces federales: Claudio Bonadío y Julián Ercolini. Hay otros, en cambio, que no se animan a tanto a la hora de involucrar al oficialismo y sólo apuntan al hecho de la demora, sin hacer referencia a los posibles responsables de la misma.

En realidad, el asunto es parte de la campaña ya lanzada, en correspondencia con las elecciones de octubre de 2017. Se mezclan, a veces de manera intencionada y a veces por ignorancia, cosas diferentes. A un mismo tiempo, se establecen relaciones de causa y efecto como si fuesen verdades reveladas. Por cierto, lo que primero aparece en escena es un espejismo que muchos toman como dogma de fe y convierten en premisa mayor de todo un razonamiento conspirativo: la presunta demora en las causas en donde Cristina Fernández se halla imputada. Pero lo que se da por sentado, debe antes probarse. Y nadie ha demostrado, más allá de duda, que exista una voluntad de la Justicia federal de darle largas a las mencionadas imputaciones. Si estuviésemos en los Estados Unidos el tiempo transcurrido sería sospechoso. En estas playas es lo más normal del mundo.

El segundo dato que pone en tela de juicio la especie echada a correr y ante la cual el macrismo —siempre temeroso del qué dirán— se apuró a salirle al cruce, es el perfil de los dos magistrados arriba nombrados. Es difícil, por no decir impensable que, a esta altura de las investigaciones en las que se hallan comprometidos —con una sociedad sensibilizada como pocas veces en nuestra historia, y con la atención de los principales factores de poder puestos sobre Comodoro Py—, Bonadio y Ercolini se prestasen a ser parte de una jugada espuria por donde se la mire. No tienen nada que ver con algunos de sus pares, como Eduardo Freiler y Sebastián Casanello.

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Además, hay un tercer elemento de juicio susceptible de ser tenido muy en cuenta y ponderado en su debida dimensión: la falta de voluntad y de organización por parte del presidente de la Nación para operar en un terreno que desconoce y al que, por momentos, detesta: el judicial. Mauricio Macri se siente inseguro cuando debe lidiar con estos temas y, en buena medida, ésa es la razón en virtud de la cual ha cometido tantos errores. Imaginar que un oficialismo que carece de interlocutor válido ante la Corte Suprema y Comodoro Py vaya a arriesgarse a dar un paso así de osado, es no entender sus limitaciones. Menem o Kirchner no hubiesen dudado un instante en avanzar por ese camino en caso de estar convencidos acerca de la utilidad de la maniobra. Macri se encuentra en sus antípodas.

Hay en todo esto dos hechos incontrovertibles: la demora judicial y la conveniencia del gobierno. La primera —como quedo dicho antes— es algo natural en atención a que muchos juzgados se hallan colapsados. En cuanto respecta a la ventaja que le reportaría al oficialismo la decisión de la Fernández de figurar como candidata a senadora o a diputada el año que viene, es tan obvia que no requiere demostración. La dispersión de las tribus peronistas lleva agua a los molinos de Cambiemos. Sin embargo, de los dos hechos resulta ilegítimo tejer una conspiración de fantasía.

No deja de ser curioso el panorama que se nos presenta. Mientras el kirchnerismo puro y duro se empeña en alertar a la ciudadanía sobre una suerte de complot del gobierno y algunos jueces federales, cuyo propósito sería procesar y mandar a detener a la mujer que siguen reverenciando, en la vereda antikirchnerista se sospecha lo contrario: que en Balcarce 50 anida la intención de salvar a Cristina de las rejas. Unos como otros dan por sabido, como si fuera una suma de 2 + 2, la capacidad omnímoda del macrismo de presionar y torcerle la mano a los magistrados. Estos vendrían a ser una especie de marionetas que los hábiles operadores gubernamentales manejarían a voluntad.

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Las cosas no son tan sencillas de resolver ni se desenvuelven en forma lineal. Nada quita que una operación por el estilo pudiese desarrollarse. Todo es posible en un país donde las instituciones son continentes sin contenido. Pero al margen de los beneficios que el oficialismo podría cosechar si todo saliese a pedir de boca, no hubiese filtraciones que dejasen al gobierno y a los jueces en una posición incómoda, y los actores involucrados cumpliesen el papel asignado a la perfección, lo cierto es que hoy nadie está dispuesto a ensayar un plan siquiera parecido al que comentamos.

La pregunta que es inevitable responder no es otra que esta: ¿tan trascendentes resultan los comicios venideros como para justificar una movida de tamaño calado? No se halla en disputa la presidencia; sólo dos gobernaciones de importancia menor se renuevan —Santiago del Estero y Corrientes—; aún triunfando, la coalición oficialista sumaría, apenas, cuatro o cinco senadores más de los que forman hoy su bloque y, por fin, podría aspirar a acrecentar su caudal en la cámara baja en un número cercano a los quince o veinte diputados. No parece, cuanto está en disputa, nada del otro mundo. Por de pronto, ganar o perder en 2017 no supone ganar o perder en los cruciales comicios de 2019. Los Kirchner fueron derrotados en su bastión bonaerense por Francisco De Narváez en 2009. Dos años más tarde Cristina Fernández era reelecta, cosechando más de 50 % de los votos nacionales.

Una última observación: el plan para salvar a la viuda de Kirchner parte de la base de que sería una pieza fundamental en la provincia de Buenos Aires. Pero Cristina Fernández también podría presentarse en Santa Cruz. Conviene no transformar las coincidencias en complots. Esta es la única conclusión válida.

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