¿Sabe mandar? Por Vicente Massot

La Reserva Federal acaba de anunciar que durante el resto del año en curso no aumentará las tasas de interés. En el horizonte mundial, si bien es perceptible una desaceleración de la economía, nada hace prever que se avecine un tsunami como el de 2008 o algo semejante.

Brasil todavía no obra como locomotora de nuestro crecimiento pero todo indica que la política de Jaír Bolsonaro tendrá un efecto beneficioso en el Río de la Plata. Es cuestión de esperar. En cuanto hace al factor climático —decisivo para las cosechas fina y gruesa de las que tanto depende la Argentina— esta vez juega a favor del campo que, a diferencia de 2018, amenaza dejar en el mostrador fiscal miles millones de dólares, la mercadería más ansiada por estos lares. Los cuatro astros, pues, que condicionan para bien o mal el desenvolvimiento de un país enclenque e insignificante como el nuestro, se hallan alineados en consonancia con los intereses del gobierno. Macri no debería tener motivos de quejas sobre el particular. La incertidumbre ciudadana que corroe las bases de sustentación del gobierno macrista no viene por el costado externo. Esto está claro.

El alza del tipo de cambio y el incremento de la inflación, como la deriva ascendente del índice de desempleo, del de la pobreza que acaba de revelar el observatorio de la UCA, y las consecuencias deletéreas que trae aparejadas una de las recesiones más agudas que se recuerden desde comienzos de este siglo, explican el grado de desazón y frustración reinantes en la mayoría de la población. Pero hay algo más, que no es medible, a semejanza de cuanto sucede con la evolución del dólar y del costo del dinero.

¿Cómo sorprenderse de que exista desasosiego y asombro, por partes iguales, en quienes no encuentran explicación al hecho de que Elisa Carrió lo trate de imbécil a un ministro del Poder Ejecutivo frente al silencio del presidente de la Nación y a la tolerancia boba del acusado? La indolencia o temor de Mauricio Macri obra un efecto lógico en la gente, que se pregunta si el que en teoría manda, sabe mandar en la práctica.

El titular de la cartera de Justicia tiene todas las características externas del timorato y es posible, a la luz de la respuesta dada a la insolencia de Lilita, que lo sea en un grado extremo. Pero si ante tamaña descortesía de parte de una socia privilegiada de la coalición gobernante, el jefe de la misma no se da cuenta de que debe obligatoriamente salir en defensa de su ministro, cabe una de estas dos explicaciones: o no sabe dónde se halla parado o el miedo a enojar a la diputada lo paraliza sin remedio. Cualquiera de los dos motivos resultaría preocupante.

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Cuando es necesario que no abra la boca, dice cuanto es menester callar. Cuando tiene —por razones elementales de liderazgo y de solidaridad— que quebrar una lanza en beneficio de uno de sus ministros, se hace el distraído. Macri anuncia que la inflación está en baja y veinticuatro horas después el INDEC lo desmiente. Confiesa que su padre cometió ilícitos en el mismo momento en que acusa a Cristina Fernández de corrupta. Reconoce estar caliente con el círculo rojo y, sin embargo, no atina a ponerle limite a la señora Carrió, que se lo lleva por delante una y otra vez. En medio de una crisis que amenaza crecer y poner en jaque las posibilidades de la actual administración de seguir en la Casa Rosada hasta 2023, el presidente demuestra tener una capacidad notable para hacer exactamente lo contrario de lo que el menos dotado de los hombres de estado decidiría sin necesidad de pedir consejo.

A quién se le podría ocurrir —en atención a la desfavorable relación de fuerzas que existe en la Corte Suprema de Justicia en su contra y a falta de una mayoría sólida en el Consejo de la Magistratura— pedir la remoción del juez Alejo Ramos Padilla como quien ordena que le quiten del medio un florero de su escritorio cuyo aspecto le disgusta. La jugada no habría tenido sentido en ningún contexto. Con cuatro ministros del tribunal supremo claramente enfrentados al gobierno y un conjunto de operadores judiciales cuya incompetencia roza lo inconcebible, además de ser un sin sentido, aquella decisión importó una derrota. El paso en falso terminó por darle aire y cierta entidad a un magistrado cuyo propósito es ponerle un palo en la rueda al oficialismo, torpedear la causa de los cuadernos y tenderle una mano a sus valedores kirchneristas.

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El manejo que la mesa chica hizo de la interna cordobesa es otra muestra de las torpezas que han jalonado el camino de Cambiemos en lo que va del año. El hecho de que el Gringo Schiaretti —como se lo conoce en la jerga política— ganase igual, con o sin unión de los distintos referentes que en la provincia mediterránea visten los colores amarillos, no quita que la administración del asunto haya sido un verdadero sainete. Más allá de quién tenga razón, lo que quedó al descubierto fue la falta de muñeca política y de autoridad del presidente y de su jefe de gabinete.

Mauricio Macri deja trasparentar, conforme pasan los meses, debilidades de su carácter y falencias en la manera como toma las decisiones importantes que a nadie le pasan desapercibidas. Es cierto que en el ánimo de la mayoría de las personas que confiesa su desencanto respecto de Cambiemos pesan mucho más las penurias de índole económica que las pifias y dobleces del presidente. Por razones obvias, la caída del salario real y la espiral inflacionaria tienen una incidencia mayor en su enojo que los desaciertos oficialistas con la Corte o la manifiesta falta de temple que demuestra el primer mandatario cuando debe hacer valer su autoridad delante de Elisa Carrió, por ejemplo. Pero en virtud de la crisis por la que atravesamos, la capacidad y la fortaleza de un jefe de Estado —cualquiera que fuese— son condiciones que se valoran de manera especial. No solamente no estamos en el mejor de
los mundos sino que —una tras otra— casi todas las promesas hechas por el actual gobierno han quedado en la nada. En medio del desconcierto reinante ante la falta de resultados y las incertidumbres electorales y económicas, lo que se requiere es claridad y firmeza. En lugar de un piloto de tormentas, el macrismo lo que parece ofrecer son pronósticos optimistas para el segundo trimestre y la seguridad de que a Cristina Fernández le ganan en segunda vuelta.
¿Alcanzará?

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