“Ser rico es glorioso”. Por Alberto Mansueti

 

En febrero de 1992, el Comandante Hugo Chávez hizo su golpe de Estado en Venezuela. Falló en el intento, pero inició el perverso proceso político gradual de transición, del socialismo blando que se entronizó en 1958, al socialismo salvaje de ahora, consagrado con su triunfo electoral en 1998, y el cambio de Constitución en 1999.

“Ser rico es malo” sentenció Chávez varias veces, y esa es la consigna de la izquierda dura desde entonces. A la cual adhiere el Papa Bergoglio: en 2015 hizo un viaje a Cuba, y a los cubanos, hundidos en la miseria, les dijo en su cara que debían “amar la pobreza como a una madre”. Se abrazó con Fidel Castro, el tirano opulento, y regresó al lujo de su opulento Palacio vaticano.

“Ser rico es glorioso” fue la consigna que en ese mismo mes de febrero de 1992 lanzó el por entonces ex Primer ministro Deng Xiao Ping, en su histórico “viaje al Sur” chino. Allí en el sur fue que comenzó el proceso de transición inverso: del socialismo al capitalismo; pero un capitalismo para todos, y no sólo para la oligarquía neo-mercantilista, o para los capos de la Nomenklatura comunista.

El pasaje al capitalismo en China es “gradualista”. Pero es un gradualismo territorial, no sectorial. Porque las reformas liberales son complementarias, y por ende inseparables; por eso suelen fracasar si se decretan una a una aisladamente, sector por sector de la economía, y luego educación, atención médica etc., “ésta ahora, y las otras se dejan para el futuro” … Así parece no funcionar. En China en cambio la gradualidad es territorial: ciudad por ciudad, provincia por provincia. Y funciona.

Y más importante: la transición tiene éxito solamente cuando hay partidos para impulsarla, defenderla y sostenerla, sin miedo a las reformas, sin titubeos, vacilaciones o coqueteos con la izquierda. No hay todavía en Venezuela esos partidos, ni en nuestra América: los estamos creando nosotros, como puedes ver en la Web amarilla del Foro Liberal de América Latina.

En Taiwan, Singapur, Corea del Sur y Hong Kong, “los cuatro tigres”, los partidos en favor del capitalismo han proporcionado estabilidad política a las reformas. En los años ’50, los “milagros económicos” de Alemania, Italia y Japón, también fueron producidos por los partidos, los demo-cristianos en Europa, y el Demo-liberal nipón. Entre los escandinavos, fueron generalmente varios partidos derechistas los que se unieron para derrocar el “Welfare State” social-demócrata.

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Esos partidos fueron los “tanques de acción política”, que articularon la transición, proceso cuya naturaleza es política, no económica, con perdón de mis amigos los buenos economistas. Sucedió igual en los ‘80 con el Partido Conservador inglés cuando Thatcher, y con el Partido Republicano en EE.UU. cuando Reagan. Si no es con partidos políticos sólidos y bien edificados, comunicados con la gente, y firmes en su conciencia ideológica, es imposible desregular y privatizar para tener la economía libre, y para desestatizar la educación, la medicina, jubilaciones y demás.

¿Y en China? No hay “partidos”, en plural, en el sentido occidental y democrático del concepto. Hay un solo partido: el Comunista. ¿Y entonces? El detonador fue la creciente demanda popular por bienestar y reformas, acuciada por la emigración china en el exterior, en especial en “los cuatro tigres”, viendo sus parientes en China cómo sus primos emigrados se hicieron ricos en mercados abiertos. Y el PCCh vio lo que les sucedió a los “partidos hermanos” en Europa central y del Este, y en Rusia, por oponerse a las demandas de la gente: fueron reducidos a su mínima expresión, o simplemente desaparecieron.

Los comunistas chinos decidieron dar satisfacción a las aspiraciones de la gente, y encabezar las políticas en pro del capitalismo, so pena de ser desplazados del poder. La literatura especializada en los casos de China, y asimismo Vietnam y Laos, habla de un “capitalismo de partido único”. Pero sucede que esos partidos ya no son comunistas, salvo de nombre. No es extraño: ya en vida de Franco, España comenzó su transición con un modelo político autoritario, pero no “totalitario”; y el Opus Dei, que no era un partido, hizo las veces de tal.

Y ya en vida de Mao, en enero del año 1963, tuvo lugar una “Conferencia de Trabajo Científico y Tecnológico” en Shangai, discretamente apoyada por el entonces Premier Chou en Lai, líder más o menos visible del ala occidentalizante del PCCh: se acordaron “las cuatro modernizaciones” en (1) agricultura, (2) industria, (3) defensa nacional, (4) educación, ciencias y adopción de tecnologías.

Se comenzó en ese tiempo a diseñar la transición al capitalismo, liderada desde 1978 por Deng Xiao Ping, discípulo de Chou En Lai. Para no disgustar a los de la “vieja guardia”, la retórica nunca fue ni es de capitalismo, sino de “pragmatismo”, y de “socialismo con rasgos chinos”, lo cual suele confundir a los observadores extranjeros poco avisados. Es disimulo, no es la verdad. Pero con partido único no hay opositores para alegar, ni mostrar contradicciones y sofismas hipócritas.

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Las reformas permitieron un incremento notable en la producción de bienes y servicios, pero no tocaron el Banco Central, con su monopolio para emitir discrecionalmente dinero fiduciario puro, sin respaldo metálico legal. Así que la inflación a fines de los ’80 llegó a escandalosas tasas cercanas al 20 % anual. Y así llegaron las protestas masivas en la Plaza de Tiananmen, año 1989, impulsadas por los fuertes vientos de opinión popular “contra la corrupción”. Como en muchos otros países, la histeria anticorrupción fue una bandera unificadora para dos tipos opuestos de gente: una mayoría de viejos nostálgicos del comunismo, en contra las reformas, y una minoría consciente de que la solución no era menos reformas, sino más reformas, y más profundas.

La respuesta de Deng Xiao Ping, “el Pequeño Timonel”, en febrero de 1992 cuando ya no tenía altos cargos formales, pero en la práctica seguía con mucho poder, fue su “viaje al sur”, por Shenzhen, una de las primeras zonas con economía de mercado, y Cantón, y Zhuhai, para hacer discursos en defensa de las reformas. “¡Ser rico es glorioso!”

Discípulo y sucesor de Deng Xiao Ping ha sido Jiang Zemin, Presidente de la República Popular China entre 1993 y 2003. Es el principal ideólogo de la “tres representaciones”, una curiosa teoría que de hecho significa que el Partido Comunista ya no es comunista, aunque no deja de llamarse así, para no ofender a los nostálgicos, ni auto-serrucharse el piso. El Partido ahora dice que representa a (1) “las fuerzas productivas avanzadas”, en la práctica son los empresarios e inversionistas, que antes eran la odiada “burguesía”; (2) “la cultura avanzada”, o sea, los escritores, docentes, científicos, periodistas y profesionales que no son comunistas; y (3) “los intereses de la mayoría de la población”, y ya no “el proletariado”, como era antes. El PCCh ya no es más “la vanguardia proletaria y campesina”.

De la mano del partido único y poco a poco, China adopta el capitalismo, pero sin decirlo: hablan con eufemismos y circunloquios. No está bien, pero no encontraron otra forma mejor. Sin embargo, no hablan con la antigua retórica del marxismo, ya la tiraron a la basura. Palabras más, palabras menos, así es en Vietnam, Laos y Camboya. Es un avance, que no se ve en nuestra América latina, todavía.

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