¿Quién lo dice? – Por Vicente Massot

Hasta el servicio meteorológico nacional —que no es, precisamente, un dechado de virtudes— había anticipado que eran previsibles lluvias intensas en distintas provincias —incluido, claro, el norte bonaerense— y también había anunciado, antes del domingo pasado, la sudestada que luego haría estragos en suelo bonaerense. Daniel Scioli, esta vez falto de reflejos, o bien no dio crédito a cuanto decían los expertos respecto a las inclemencias que se avecinaban o —lisa y llanamente— subestimó con un dejo de soberbia, raro en él, la probable reacción de la gente afectada.

Si el flagelo climático, para llamarlo de alguna manera, hubiera ocurrido dos o tres semanas antes de los comicios de octubre, el daño que le hubiese producido a la candidatura de Scioli la suma de errores y de horrores en las que se enredaron él, junto al jefe del gabinete nacional y candidato a gobernador del distrito, y a Wado de Pedro, habría sido enorme. Pero ocurrió setenta días antes de esas elecciones cruciales y es probable que, cuando se substancien, todo se haya olvidado. Al fin y al cabo, ¿quién se acuerda del fiscal Alberto Nisman, a esta altura del partido? —Prácticamente nadie. Además, asumido el traspié, ¿cómo no desempolvar el episodio, en parte similar, que le tocó vivir al intendente de la ciudad de La Plata un par de años atrás? Pablo Bruera tuvo el descaro de mentir acerca de su paradero cuando la capital de la provincia estaba bajo el agua y se acumulaban los muertos. Dijo hallarse al frente de su gobierno y, en realidad, descansaba cómodamente en un hotel cinco estrellas en Río de Janeiro. En cualquier país habría tenido que renunciar por vergüenza —algo de lo cual carece— o por la presión de los platenses, la que nunca se hizo sentir en la dimensión necesaria. Conclusión: desde ese escándalo ha ganado dos veces en las urnas y, por supuesto, sigue al frente de la administración comunal.

Los problemas de Daniel Scioli son hoy de otra índole. Por de pronto, debería estar seriamente preocupado debido a su performance electoral en la provincia a cuyo frente revista, en la Capital Federal y en Córdoba. Podrá alegrarse de la distancia que le sacó a sus competidores en las provincias del norte, pero a la hora de sumar, al 38 % que obtuvo en todo el país, los votos necesarios para ganar en primera vuelta en el próximo mes de octubre, deberá revisar su estrategia en los tres distritos mencionados.

Un análisis tan lineal como facilista podría sostener que el 40 % que alcanzaron juntos los dos candidatos a gobernador del FPV el domingo 9, Aníbal Fernández y Julián Domínguez, bastará para asegurarle la gobernación al oficialismo, relegando al segundo y al tercer puestos a María Eugenia Vidal y a Felipe Solá. La cuestión, con todo, no es tan sencilla. Básicamente porque hay que descartar de entrada los supuestos implícitos. ¿Por qué sumar, así como así, los votos de los dos kirchneristas? ¿Por qué no imaginar, con igual criterio, que una parte de quienes votaron a Domínguez podrían inclinarse por Solá, por ejemplo? Hay un dato cierto y serio: Scioli hizo una elección regular en la provincia a su cargo, si se la compara con otras anteriores. La idea era obtener un piso de 45 %, escenario que ni en sueños se produjo. En tierras mediterráneas el gobernador bonaerense sacó menos votos que Eduardo Accastello en la elección de gobernador —que finalmente ganó Schiaretti— y en la Capital Federal también decepcionó. Nadie imaginaba que pudiera ganar en el territorio de José Manuel de la Sota ni en el de Mauricio Macri. Pero la desilusión no fue perder sino por cuánto perdió en uno y otro distrito.

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Como los políticos no son enteramente dueños de los votos que pueden acumular en las urnas, y la volatilidad entre nosotros es una ley no escrita de la política, hay que andarse con cuidado a la hora de proyectar en forma automática el resultado de elecciones pasadas a las que están por llegar. Parece haberse puesto de moda razonar de esta manera: como los seguidores de Sergio Massa son en su gran mayoría peronistas, en última instancia, si tienen que elegir, se inclinarán por Scioli y no por Macri. —¿Quién lo dice?— Está, por supuesto, el vaticinio contrario: como esos peronistas son en esencia antikirchneristas, sufragarán por Macri y no por Scioli. —¿A dónde se halla escrito?— Como Schiaretti y De la Sota están más cerca de Scioli y los une el común tronco justicialista, el 6,5 % que el gobernador cordobés obtuvo el domingo decantará a favor del candidato del FPV. —¿Qué oráculo se animó a sostenerlo?.

En realidad, las mencionadas más arriba, son algunas de las muchas especulaciones que se han echado a rodar a partir del momento que se conocieron los resultados finales de las PASO y quedó abierto el camino para una primera vuelta que —muy bien— puede prolongarse y dar lugar a un ballotage en noviembre. Los datos de los que se parte son inobjetables y de todos conocidos. Las dificultades nacen al momento de dar por sentado reacciones automáticas del electorado en octubre que nadie puede predecir.

Se sabía que si Juan Domingo Perón mandaba a votar por Arturo Frondizi en contra de Ricardo Balbín, por Serú García en contra del vandorismo y por Héctor Campora, era casi seguro que los candidatos del general serían los ganadores. ¿Quién se animaría a pronosticar, siguiendo idéntico patrón, que una orden de De la Sota, Rodríguez Saá, Julián Domínguez, Hermes Binner o de cualquier otro político de renombre de la actualidad, sería acatada por sus partidarios sin chistar? Eso sólo podía permitírselo Perón. Nadie más.

Es cierto que puede suponerse, con alguna razón, que a la mayoría de los votantes de Julián Domínguez —al fin y al cabo parte del FPV y kirchnerista obediente— se los llevará Aníbal Fernández. Dicho lo cual, no es lo mismo se lleve el 51 % que el 80 %, y en ambos casos estamos hablando de mayorías. Es cierto, también, que no es lo mismo el electorado estrictamente cordobés que premió a De la Sota que el de otras partes del país. Aquél nunca votaría a un candidato kirchnerista. Distinto es el caso de los de fuera del ámbito mediterráneo. Así podríamos seguir enumerando ejemplos hasta el cansancio, que delatan lo siguiente: hay muy pocas cosas seguras y ninguno de los tres presidenciables hoy excluyentes se hallan en condiciones de considerar a los comicios de octubre como una simple formalidad.

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Por eso es que, sin vocear su estrategia en público —lo que sería suicida— Daniel Scioli, Mauricio Macri y Sergio Massa están empeñados en una singular tarea de seducción. Los dos primeros intentan desde ya robarle al de Tigre los votos de su socio cordobés y los suyos propios. Como dijimos tantas veces antes de los comicios: salvo que hubiese un triple empate, que no lo hubo, los votos decisivos, sea porque se quedan con Massa o porque fugan hacia el FPV y la alianza macrista, definirán el resultado de octubre. Eso hoy está fuera de duda.

Ahora bien, seducir no es lo mismo que cerrar un acuerdo entre candidatos. Supongamos que Sergio Massa se retirase de la carrera a cambio de que María Eugenia Vidal hiciese otro tanto. Aunque semejante toma y daca parece disparatado, corresponde tomarlo como ejemplo porque la idea ha corrido, semejando un reguero de pólvora. En tal caso se estaría dando por sentado que, de la misma manera que los votos del de Tigre decantarían naturalmente hacia Macri —en mayor medida que hacia el FPV a nivel nacional—, a nivel provincial ocurriría que el 30 % obtenido por la Vidal iría a parar a las alforjas de Felipe Solá y, poco o nada, a las de Aníbal Fernández. ¿Y si los seguidores de Massa y De la Sota en el cuarto oscuro decidiesen de manera distinta a la imaginada por los estados mayores de las respectivas alianzas? En tren de especular, a Macri le convendría que el 20 % de UNA le fuese enteramente fiel en octubre a su candidato, con lo cual el escenario de segunda vuelta estaría asegurado. A María Eugenia Vidal, en cambio, podría convenirle lo contrario respecto de Felipe Solá.

En el fondo, los argumentos susceptibles de ser enarbolados para avalar la conveniencia de una jugada o de una alianza —que, en última instancia, depende de los votos de la gente común y corriente— siempre admitirán contraargumentos para desaconsejarla. Por eso nunca nos cansaremos de recordar la gran frase de Indalecio Gómez que resulta, a la vez, la mejor definición de la política: “una opción entre dificultades”. Scioli, Macri y Massa tienen diferentes chances de llegar el 11 de diciembre a Balcarce 50; una misma ilusión —llegar— y una empresa de seducción, de la cual dependerá si llegan o no. ¿Debería, acaso, el candidato del FPV tomar distancias lo antes posible de su principal mandante hasta el momento, Cristina Fernández? ¿Sería provechoso para Macri ventilar ahora un pacto de gobernabilidad con Massa y Stolbizer? Son preguntas, de momento, sin respuesta cierta.

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