Qué pasaría si Argentina entrara en default – Por Mariano Muruzábal

A medida que nos acercamos al 30 de Julio, fecha límite para realizar el pago a los hold-outs luego del levantamiento de la medida cautelar (stay) que impedía embargos sobre el país, han crecido las especulaciones sobre cuál será finalmente la decisión del gobierno argentino.

Según las últimas declaraciones de la propia presidenta y del Ministro de Economía Axel Kicilof todo apunta a que la decisión sería finalmente la de posponer el pago a los hold-outs hasta fin de año para evitar una eventual activación de la cláusula RUFO, que de activarse originaría pagos adicionales a los bonistas que ya fueron reestructurados en los canjes del 2005 y 2010, y que serían de imposible cumplimiento para el país debido a los montos implicados.

Esta eventual decisión, al posponer los pagos, llevaría al país ipso-facto a un default. Si bien todavía no hay un consenso sobre como tipificar este incumplimiento, es decir, si catalogarlo como un default técnico, default transitorio o un default selectivo, lo relevante es que en cualquier caso seguiría siendo un default.

En este sentido resulta llamativo, al menos para quien suscribe, escuchar a muchos economistas manifestar que un “default técnico” (o transitorio o selectivo) no sería tan grave y que no afectaría demasiado a la economía argentina (ya en recesión) ya que el país actualmente no necesita recurrir al mercado de capitales para obtener financiamiento, y que en el peor de los casos y en este contexto recesivo, un default tan solo generaría un poco de presión adicional sobre el mercado de cambios (léase precio del dólar) y las reservas. En buen criollo esto quiere decir que el default agregaría una mancha más al tigre.

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Entendemos que esta visión es demasiado restringida por no tomar en cuenta otros mecanismos de propagación de un eventual default que retroalimentaría y reforzaría la inercia recesiva actual. Y no solo eso. La actual coyuntura económica no se destaca precisamente por su robustez sino todo lo contario, lo cual introduce dudas sobre nuestra capacidad para amortiguar shocks recesivos como los que sufriríamos de entrar en default. A lápiz levantado le recordamos al lector que la economía argentina ya se encuentra en recesión (para este año se estima una contracción interanual cercana al 2%), con la segunda inflación más alta del mundo luego de la Venezuela Bolivariana, niveles de pobreza cercanos al 30% de la población (según el último informe de la UCA), con un sector privado que viene mostrando una preocupante destrucción de empleo, y la quinta peor situación fiscal de los últimos cincuenta años (para este año se estima cerca de un 5,7% de déficit consolidado en relación al PBI),  entre otros elementos de color. Aun cuando ya es tarde todavía nos preguntamos si hacía falta comprarnos otro problema con los hold-outs.

Teniendo en cuenta el contexto particular que acabamos de describir y ayudados por la teoría económica podemos inferir a-priori que un eventual default impactaría de forma directa sobre el propio sector público, las empresas, el sector bancario y financiero, individuos y empresas, y consecuentemente sobre toda la economía. En primer lugar, la prima de riesgo país de una economía en default encarecería enormemente los costos de financiamiento para las empresas del sector privado dificultando el financiamiento de cualquier proyecto de inversión o ampliación de capital que deba ser repagado con el retorno del mismo. En segundo lugar, el default impactaría directamente sobre bancos, compañías de seguro, y el resto de las instituciones financieras cuyos resultados dependen fuertemente del retorno que obtienen por sus colocaciones en el mercado de capitales y al mantener en sus carteras activos cuyos precios serán duramente castigados tras un default. Manifestamos nuestras dudas sobre la situación patrimonial de la ANSES con un eventual default. En tercer lugar, un default aumentaría aún más el riesgo macroeconómico y la mayor percepción de riesgo podría disparar corridas en los bancos (alza de tasas de interés) y mayor presión sobre el mercado de cambios (alza del dólar) como medida precautoria por parte de individuos y empresas (comportamientos claramente recesivos). En cuarto lugar, un default deprimirá el valor de los activos domésticos, y la nueva percepción de menor “riqueza” reducirá la propensión a invertir y a consumir, impactando negativamente sobre la demanda agregada.  En quinto lugar, y por todo lo anterior, es esperable que se acentúen las fuerzas recesivas de la economía impactando negativamente la recaudación del sector público, que volvemos a remarcar ya tiene el quinto peor déficit fiscal del último medio siglo.

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Puede que algunos de estos shocks operen con más fuerza que otros, y que todo esto no ocurra de un día para el otro, ya que los mecanismos de propagación en la economía no son instantáneos pero no es descabellado inferir que, grosso modo, esto sucedería más temprano que tarde.

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