«¡Proletarios del mundo, uníos!» – Por Cosme Beccar Varela

Con esas palabras termina el «Manifiesto comunista” de Marx y Engels. Sólo ese explícito grito de guerra faltó al discurso que pronunció el Papa ayer en Bolivia en el cierre del segundo Encuentro Mundial de las Movimientos populares, convocado por él mismo, pero estaba casi explícito cuando dijo:

«El futuro de la humanidad…. está fundamentalmente en manos de los pueblos….Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan los pueblos y tampoco lo aguanta la Tierra, la hermana madre Tierra…tierra, techo y trabajo para todos. Lo dije y lo repito, son un derecho sagrado. Vale la pena luchar por ellos. Que el clamor se escuche en América latina y en todo el mundo… Ustedes, los más humildes, los explotados, los pobres y excluidos, pueden hacerlo y hacen mucho. Me atrevo a decir que el futuro de la humanidad está, en gran medida, en sus manos, en su capacidad de organizarse y promover alternativas creativas en la búsqueda cotidiana de las tres «t» (trabajo, techo y tierra) y también en su participación protagónica en los grandes procesos de cambio nacionales, regionales y mundiales. ¡No se achiquen!…El destino universal de los bienes no es un adorno discursivo en la doctrina social de la Iglesia. Es una realidad anterior a la propiedad privada».

Elogió la unión de los gobiernos de Iberoamérica, elogio que no puede interpretarse, en el contexto de su discurso, sino como un espaldarazo al bloque neo-maxista del cual participan, con distinta intensidad, Cuba, Venezuela, Nicaragua, Honduras, Ecuador, Bolivia, Argentina, El Salvador, Uruguay y Brasil : «Los gobiernos de la región aunaron esfuerzos para hacer respetar su soberanía, la del conjunto regional, que tan bellamente, como nuestros padres de antaño llaman la «Patria Grande «… (contra) el nuevo colonialismo (que se esconde) «detrás del poder anónimo del dinero», al que llamó «el estiércol del diablo» y condenó el sistema económico actual como algo «que degrada y mata».

Insólitamente, este discurso, no lo improvisó sino que lo leyó de las seis páginas que llevaba preparadas, de tal manera que cada palabra fue premeditada y deliberada. Para colmo, fue precedido por otro largo discurso del tirano comunista boliviano Morales que atacó al «imperalismo castrador», refiriéndose claramente a los EEUU. Nunca un Papa puede ser acompañado y precedido en su tribuna por un político y menos por uno de ideología marxista. (Todas estas citas están en «La Nación» del 10/7/2015, pags. 1 y 2).

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La exhortación a los «explotados» a «organizarse» indica la necesidad, según el Papa, de armar una estructura revolucionaria que dirija la lucha de clases rumbo a la comunidad de bienes, o sea, a la abolición o subordinación extrema de la propiedad privada hasta hacerla prácticamente inoperante. O sea, una vez más coincide con el Manifiesto comunista que dice: “La teoría de los comunistas puede ser resumida en esta sola proposición: abolición de la propiedad privada”.

Esa lucha organizada y a muerte para acabar con los explotadores y su sistema económico actual (no hay otra manera de que los «explotados» dejen de serlo) es la vieja lucha de clases propuesta por el Manifiesto comunista en su anteúltima frase:

«Los comunistas desdeñan ocultar su visión y sus objetivos. Declaran abiertamente que su propósito sólo puede ser alcanzado por el violento derrocamiento de todos los condicionamientos sociales. Los proletarios no tienen nada que perder, a no ser sus cadenas. Tienen todo un mundo para ganar.» Y termina con la ya citada frase clásica: «¡Proletarios del mundo uníos»!

No dejó de atacar también la gloriosa Conquista de América, como si hubiera sido una agresión injusta contra “los pueblos originarios”, cuando cualquier historiador sabe que aquella gloriosa gesta, más que una Conquista fue una evangelización y una enseñanza de una cultura mil veces superior al canibalismo de las grandes tribus de indígenas(los aztecas, por ejemplo), paganos todos ellos y como tales, «sentados a la sombra del muerte».

Todo el discurso está tenñido de odio, de un odio intenso y excitante, capaz de contagiarlo a sus oyentes y al mundo entero; de un odio contra todos aquellos que tienen algo ganado con su trabajo, por modesto que sea, y que, por derecho natural, como lo enseña la verdadera Doctrina social de la Iglesia, tienen derecho a guardarlo como propio. Todo el discurso está muy lejos del amor misericordioso del divino Redentor que murió en la Cruz por pobres y ricos y nunca incitó a la lucha de clases sino a amarse los unos a los otros como Él nos ha amado. Es un discurso que no tiene nada de católico.

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Para simbolizar aún más la horrenda sumisión de Nuestro Señor y de Su Iglesia al comunismo, recibió de Morales un Cristo clavado sobre el signo comunista de la hoz y el martillo. «La Nación» publica una foto del momento en que lo recibe y parece estar observando indiferente y fríamente el engendro, pero en la tapa del «Clarín» se lo ve tomando el objeto con las dos manos y una sonrisa mientras que de su cuello cuelga un collar con la réplica del mismo que el tirano de Bolivia le acaba de poner, sin que se vea de su parte intento alguno por sacársela.  Como siempre, “La Nación” tratando de insinuar falsamente un disgusto papal que no existió, mientras que el “Clarín” pone en evidencia su complacencia. Ese es el sistema de la “prensa seria”: jugar con las insinuaciones y las imágenes.

Ví todo esto en la televisión y en directo y puedo confirmar, como testigo casi presencial, que en ningún momento el Papa mostró rechazo ni dijo algo que denotara incomodidad con la situación.

Para más datos, el vocero del Vaticano, el Padre Federico Lombardi «señaló que Francisco no tuvo una particular reacción negativa » al crucifijo. («La Nación», 10/7/2015, pag. 2, 6ta.col.).

¡Dios mío! ¿Hasta cuando estaremos sumergidos en esta perversa confusión? Lo peor es que a la pobre gente humilde que lo oye, los «explotados» según los define, le es difícil pensar que el Papa los está engañando y provocando al odio. Para ellos, es el Papa y sin quererlo ni darse cuenta, vuelven a su casa con el alma manchada por ese odio que, de alguna manera, les ha dejado en ella el Sumo Pontífice.

Pidamos a la Santísima Virgen , Madre de Misericordia, que se apiade de nosotros y nos dé luces para resistir las incitaciones al mal que nos vienen de la misma Silla de Pedro, que nos haga amar cada día más a Nuestro Señor, Fundador de la Santa Iglesia y a la institución del papado, por más que hoy una obscura nube la cubra hasta hacerla casi irreconocible.

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