Vie. Jul 23rd, 2021

Prensa Republicana

Con las ideas derechas

Plan de mínima y de máxima. Por Vicente Massot

Al margen del peso específico que tienen determinados temas de la realidad argentina —sociales, políticos, o de naturaleza económica— sin lugar a dudas el hecho de mayor trascendencia del año en curso será el electoral. Si bien resultaría una exageración sostener que los comicios legislativos —que, en principio, habrán de substanciarse el 8 de agosto y el 24 de octubre— revisten un carácter excluyente, lo que se definirá en las urnas esos días es de tal importancia —nada menos que el control de las dos cámaras del Congreso Nacional— que nada puede hacerles sombra. Ni siquiera el rebrote de la pandemia, que se anuncia complicado y puede generar efectos impensados en un país con pocos testeos y donde sólo un tercio de las personas mayores de 60 años ha recibido la primera dosis de la vacuna contra el Covid.

Ello ha convencido al oficialismo acerca de la necesidad de mover sus peones, caballos y alfiles en un intento de ganar la delantera y marcarle la cancha a las distintas facciones opositoras. La explicación de por qué, a un mismo tiempo, ha decidido plantear la idea de la postergación de las fechas en las cuales deberemos visitar el cuarto oscuro, conforme a un cronograma preestablecido; adelantar su voluntad de negociar con el Fondo Monetario Internacional una extensión a 20 años del plan de pago de la deuda acreditada con ese organismo de crédito y —por fin— consensuar las restricciones que se le impondrán a la sociedad con motivo del recrudecimiento de la peste, no es difícil de entender si se toman en cuenta las urgencias electorales.

El kirchnerismo —con base en la estrategia del palo y la zanahoria— aspira a sentarse en una mesa de diálogo junto a sus opugnadores, con el propósito de discutir y de acordar una posición común respecto de las tres cuestiones enumeradas más arriba. Le ha extendido una mano conciliadora, principalmente a los integrantes de Juntos para el Cambio, sin por ello maquillar —siquiera sea por un instante— su feroz rostro beligerante. De lo contrario carecerían de todo sentido las declaraciones descomedidas del diputado Roberto Tailhalde referidas a Joaquín Morales Solá, y las del flamante ministro de Justicia, Martín Soria, hechas a expensas de los ministros de la Corte Suprema de Justicia.

Sobre el particular, no hay cambio de rumbo ninguno por parte de los seguidores de Cristina Fernández. Se trata tan sólo de una maniobra táctica, cuyo objeto —si acaso la oposición cometiese la torpeza de caer en la trampa que se le tiende— es compartir las decisiones impopulares a que obliga la pandemia en términos de las restricciones al transporte, las salidas nocturnas y la recreación; modificar el calendario electoral so pretexto de la situación sanitaria existente, y marchar juntos al FMI llevando en las alforjas una posición negociadora, muerta antes de nacer.

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El kirchnerismo no se hace ilusiones en cuanto al grado de aceptación que pueda tener su movida. Pero es consciente de que el arco opositor que va de Patricia Bullrich a Roberto Lavagna, de Horacio Rodríguez Larreta a Juan Schiaretti, y de Mauricio Macri a Gerardo Morales, pasando por actores como Elisa Carrió, Emilio Monzó, María Eugenia Vidal y Florencio Randazzo, es variopinto en extremo. Por lo tanto, la coalición populista lleva la ventaja inicial de cualquier fuerza que acredita, respecto de sus oponentes, unidad de mando.

La lógica del gobierno es clara: trata, frente a la sociedad, de monopolizar la postura más conciliadora y de arrastrar en ese camino a la oposición. Si esta se negase —siempre de acuerdo a su criterio— quedaría como intransigente en cuestiones más o menos sensibles para la gente. Dicho de otra manera, si el kirchnerismo consiguiese convencer a la ciudadanía de que las restricciones son enojosas pero se decretan para cuidarla; que los comicios deben posponerse para no correr riesgos inútiles, y que, sin distinción de ideologías, oficialismo y oposición deben consensuar un plan para presentarle al FMI, le sacaría a sus enemigos alguna ventaja.

No hay más que repasar las opiniones ventiladas en estos últimos días por algunas de las personalidades más conspicuas del macrismo, el radicalismo y la Coalición Cívica, para darse cuenta de qué tan diferentes son. Más allá de la descalificación inútilmente provocativa del intendente de Vicente López, Jorge Macri, respecto de Emilio Monzó —que obró un cruce de acusaciones entre referentes de ese espacio político que debe haber hecho las delicias del Frente de Todos— véase que, en tanto Patricia Bullrich se ha negado en redondo a considerar un cambio en punto a las primarias abiertas y los comicios de octubre, Lilita Carrió, en cambio, dijo que “no es razonable que haya unas PASO en esta situación”. Postura similar adoptaron los gobernadores de Jujuy y de Corrientes.

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El oficialismo tiene un plan de máxima y uno de mínima. Aquél es el óptimo al que puede aspirar y consiste en conciliar posiciones con la oposición en el tema electoral, en el sanitario y en el de la deuda. El de mínima es dividir a ésta y conseguir que las fechas electorales sufran modificaciones o que, lisa y llanamente, las PASO se solapen con las generales; que algunos gobernadores compartan la política de restricciones crecientes y, por último, sumar una serie considerable de apoyos en lo que hace a la renegociación con el FMI, dejando en minoría a quienes —acto seguido— acusaría de servir intereses antinacionales.

Por supuesto que, como en cualquier tablero, sea de ajedrez o político, no sólo mueven las piezas blancas sino también las negras. Pero en el político nunca hay dos contendientes y, además, existen factores que escapan a la voluntad de las altas partes de la guerra y que condicionan a unas y a otras de igual o de distinta forma. Aun cuando el gobierno pudiese salirse con la suya y cumplir el plan de mínima, de todas maneras la deriva de la pandemia y de la vacunación, y la evolución de la economía podrían cambiar drásticamente su situación. Una porción del arco opositor bien podría pisar el palito y cerrar filas con el kirchnerismo, pero ello no le aseguraría a éste un resultado necesariamente satisfactorio a la hora de contar los votos.

Después de todo, ¿quién se animaría a decir que el cambio del cronograma electoral o el de la deuda o el de las restricciones habrán de ser las cuestiones que determinen la intención del voto? Bien miradas, las dos primeras a la gente le interesan poco o nada. Inversamente, un buen o mal manejo de las prohibiciones que se le extenderán a la población con motivo de la segunda ola del Covid podrían resultar, para cada uno de los oficialismos involucrados —hay veinticuatro elecciones diferentes que se llevarán a cabo— un motivo de salvación o de perdición. Agosto y octubre se hallan a la vuelta de la esquina, pero en los meses que faltan aún para que se desempolven las urnas —cuatro para las PASO y seis para las generales— el crecimiento de los contagios y la marcha de la inflación pueden reducir a escombros la estrategia oficialista. La moneda sigue en el aire.

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