«Plan de ajuste» o «Ajuste sin plan». Por Adrián Arena.

Han transcurrido cuatro meses desde que Mauricio Macri asumió la Presidencia de la Nación. Poco tiempo para que se vean resultados en materia de inflación, desocupación y ordenamiento del gasto público pero muchísimo tiempo para que el gobierno explique cómo piensa atender estos problemas presentando un programa de gobierno, con metas y directrices concretas, medidas a ser adoptadas y plazos.

Hasta el día de hoy esto último no ha sucedido.
Y nada tiene que ver en este punto la gravosa «herencia recibida» del régimen kirchnerista, el más corrupto de la historia argentina.
En un primer momento, el neokeynesiano Alfonso Prat Gay simplificó la cuestión casi de manera infantil pronosticando una «lluvia de dólares» por el solo hecho del cambio de autoridades. Habló irresponsablemente de unos 20.000 millones que llegarían al país con destino a la inversión productiva y que, con ello, se solucionarían casi mágicamente todos nuestros problemas. Todo pasaba a ser una cuestión de confianza y «Mauricio» era confiable.
La realidad le dio una enorme bofetada que, hábilmente, supo disimular postergando en el tiempo su predicción: Para que se produzca la lluvia de miles de millones de dólares había que salir del default. Con eso solo bastaba …
Y así se hizo pagando la deuda con dinero prestado -no era posible de otro modo- y a una tasa de interés acorde con la condición de deudor recalcitrante del solicitante, es decir, altamente extravagante. La tasa que ningún otro país del mundo civilizado pagaría. Ni siquiera nuestros «hermanos latinoamericanos».
El hecho fue festejado de de una manera inusitada, como si se hubiera tratado de una proeza cuando, en rigor, se trataba de cancelar una deuda contrayendo otra.
Ahora bien, corresponde celebrar la decisión de hacerlo ya que la deuda pública debe ser honrada y, como diría el gran Nicolás Avellaneda, aún «a costa del hambre y la sed del pueblo». Pero el medio escogido no exhibe ningún mérito ya que hoy hay en el mundo cientos de miles de millones de dólares de capital especulativo dispuestos a una inversión puramente financiera que, además, paga una tasa de interés inexistente, por lo alta, en el mercado internacional. Es como el villero que va a «Credilogros» a pedir un préstamo para refinanciar la deuda de la tarjeta de crédito y, ya que está, toma un poco más, por las dudas. Porque acá hicieron eso» tomaron unos 6.000 millones de más con destino incierto.
Se ha cancelado la deuda con «los buitres» y el pescado sigue sin venderse. La «lluvia de dólares» de «Alfonso» aún no ha llegado. Ni siquiera una suave llovizna y tampoco hay pronóstico de que llegue.
Paralelamente, se han adoptado algunas medidas tendientes a «sincerar la economía» pretendiendo restablecer la estructura de precios relativos destruida por la tiranía kirchnerista y reducir el gasto público.
Se avanzó tibiamente en el primer sentido retirando parcialmente los subsidios a las tarifas de los servicios públicos pero creando, al mismo tiempo, «tarifas sociales» para un excesivamente alto número de usuarios que no son, precisamente, necesitados.
Y, en lo que respecta al gasto público, hubo y sigue habiendo despidos en la administración central y descentralizada con un criterio que, verdaderamente, se desconoce y que es negado diciendo que, en realidad,se trata de «ñoquis» cuando no es así y tampoco es necesario que lo sea: si están de más hay que desvincularlos ya que el trabajo improductivo no merece ser «cuidado». Pero, hay que decirlo; no mentirle a la gente.
Más allá de esas medidas inconexas subsisten los controles de precios internos, hay restricciones escandalosas al comercio internacional a través de un régimen de licencias no automáticas a la importación, se mantienen subsidios millonarios a las empresas petroleras y regulaciones sin sentido en todos los sectores de la economía que terminan afectando la iniciativa privada.
Y, para rematarla, se promete como panacea un millonario plan de obras de infraestructura financiado con endeudamiento que, según se anuncia, dinamizará toda la economía. Es decir, la actividad estatal como motor del crecimiento económico.
Llegado a este punto, corresponde preguntarse: ¿ hay algún plan ? Y, si lo hay, ¿ Cuál es el plan ?
Pago de deuda pública, aumento de tarifas, despidos en el sector público e intervención del Estado en la economía a través de la obra pública financiada con endeudamiento a tasas de interés extravagantes no constituyen un plan. Son medidas inconexas y de dudosa efectividad. Nada más.
Y contradictorias: Despedir empleados públicos para reducir el gasto y, al mismo tiempo, subsidiar en miles de millones de pesos el empleo privado en laa industria petrolera para «preservar los puestos de trabajo» del sector demuestra la irracionalidad de la política económica.
Proteger a una industria local ineficiente y prebendaria de la competencia externa impidiendo el libre comercio internacional para «preservar el trabajo argentino» perjudicando al consumidor y generando mayores costos en la economía es aberrante. Máxime cuando los industriales que reclaman esta protección para que no haya despidos se quejan de la posible entrada en vigencia de una ley que, temporalmente, limita la facultad de despedir agravando sus consecuencias.
La realidad indica que seguimos en una economía altamente regulada, con distorsiones groseras y caprichosas a la libertad donde se pretende obligar a los comerciantes a informar sus precios con la amenaza de aplicar multas millonarias en caso de no hacerlo.
Esto, sencillamente, es socialismo. Y, curiosamente, desde la oposición se tilda de «neoliberalismo».
El único plan posible es desregular la economía liberando precios y salarios y estableciendo la competencia perfecta entre productos locales y extranjeros. Terminar con la protección a una industria nacional prebendaria e ineficiente y al trabajo innecesario e improductivo. Desarticular la industria del ensamble en Tierra del Fuego que nos cuesta miles de millones de dólares anuales y el subsidio a las petroleras dejando que sea el mercado internacional el que establezca el precio del crudo.
Habrá costos. Es cierto pero después se recogerán los frutos.

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