El “Pimpinela” negro. Por Jerónimo Giordano

No habríamos de revelar nada nuevo si declarásemos que la historiografía, como uno de los pilares fundamentales al momento de construir relatos políticos, haya sido desde sus orígenes alterada y envilecida en pos de configurar hegemonías ideológicas, mintiendo, exagerando o borrando procesos del pasado. Así, la lista de hechos y sujetos históricos que han sido quitados del barro de su obra para posteriormente ser lavados y santificados con este fin es hartamente caudalosa, pero pocos casos tan acabadamente logrados como la transformación del ex líder terrorista Nelson Mandela en el mas grande apóstol de la paz del Siglo XX.

La cimentación del mito ya alcanzaría madurez en los 90’s con la liberación e inmediata elección presidencial del ex convicto en base de un muy eficiente esfuerzo de la intelectualidad, sobretodo los medios de comunicación  y perfeccionado con el aporte de las panegíricas obras cinematográficas rodadas en los últimos años, herramienta que permitió al mito de Mandela permear hasta en las masas no politizadas.

Pero ¿Quién fue verdaderamente Nelson Rolihlahla Mandela? Nacido en el 18 de agosto de 1918 en Mvezo, Sudáfrica, Mandela descendió de una aristocracia indígena, bendición que le facilitó lograr el título de grado como abogado en la universidad de Witwatersrand. Durante el cursado de sus estudios, influenciado por compañeros de orientación marxista, el joven universitario hará su primer contacto con el Congreso Nacional Africano (CNA), organización activa desde 1912 que, escondida bajo el legítimo pendón activista anti apartheid, funcionará como una célula al servicio de Moscú.

Mucho antes de ser su cabecilla, en 1955 Mandela ya había afirmado públicamente que el CNA “no tenía otra alternativa que la resistencia armada”, convicción a la que dedicaría su esfuerzo de cabildeo dentro de la misma organización, con la solicitud de armas a la China comunista de Mao Zedong (genocida sobre el cual pesa la muerte de 70 millonesde personas en su país) entre sus primeras sugerencias en consonancia.

Sin embargo, las ambiciones de Mandelacomo activista excedían a la burocracia. Así pues en 1961, influenciado por los métodos foquistas de la guerrilla cubana y ya disfrazado de chofer, éste comenzará a recorrer el país con el norte de formar células para la nueva organización de la que sería co-fundador: “La lanza de la nación” (MK) la cual nacerá independiente del CNA, pero que rápidamente terminará plegándosele para golpear en consonancia.

LEÉ TAMBIÉN:  Por el odio a la hegemonía. Por juan Manuel de Prada

Según la “Truth & reconciliation commission” (ente gubernamental encargado del juicio y amnistía a la violencia durante el apartheid),desde 1961 hasta su disolución en 1990 (con el fin del apartheid), el MK ostentó la autoría de más de 5000 muertos y heridos, la mayoría policías y negros que cooperaban con el gobierno o simplemente no adherían a la “acción directa”. El modus operandi, que contó con carros bomba y minas terrestres, también hizo tristemente famoso el método del “necklacing”(más de 600 casos) en el cual se colocaba un neumático alrededor del pecho y los brazos de la víctima para posteriormente incendiarlo, dejando a la persona morir quemándose paulatinamente durante 20 minutos. Este método fue, curiosamente, aplicado especialmente a los negros “cooperacionistas” y alabado con sadismo por Winnie Mandela, futura esposa del líder. Otra proeza no menos remarcable fue la destrucción o considerable daño de 3477 casas y 1220 escuelas, las primeras propiedades de sudafricanos negros y las segundas, instituciones benefactoras de éstos.

Aunque el “Pimpinela negro” tenía un dilatado prontuario por su activismo, el arresto que sufrirá en 1962, junto a otro cabecilla del MK, le significará ser juzgado y sentenciado efectivamente por primera vez y condenado a cadena perpetua, acusado de sabotaje y conspiración (allanado por declaración de parte), un fallo que ni siquiera la izquierdista Amnistía Internacional apeló, ni de fondo ni de forma.

Así las cosas, Mandela pasará 28 años en prisión donde recibirá un buen trato, a saber: se le permitirá terminar sus estudios de derecho por correspondencia en la Universidad de Londres, recibir visitas familiares y políticas, las cuales a algunas utilizará de medio para enviar directrices a las células del MK, situación que lo reafirmaba como líder y responsable de los cruentísimos años de violencia que sobrevendrían y tendrían a la organización como triste ejecutora.

LEÉ TAMBIÉN:  El sentido de cambiar. Por Agustina McWhite

Agobiada por el bloqueo internacional y con una guerra civil en ciernes,  el gobierno del Presidente reformista Pieter Botha, quien ya había demostrado vocación de transigir sobre el apartheid, le ofrecerá una amnistía a Mandela a cambio de que el MK depusiera las armas, propuesta que el cabecilla marxista descartaría de plano, haciendo gala de que la paz no tenía lugar entre sus métodos.

Para 1990, no obstante,la caída del bloque comunista hizo creer a occidente en el “fin de la historia”, un presente donde el marxismo era ya un inerme absurdo y el mundo en adelante sería regido por democracias liberales. Este contexto facilitó la decisión del Presidente Frederik De Klerk (1989-1994) de visitarlo en prisión a Mandela, acordar su liberación, legalizar el CNA y extender el sufragio a universal (1994), lo que configuraba el fin de 42 años de apartheid.

Así las cosas, Mandela será electo Presidente cuatro años después, alcanzando magros resultados socioeconómicos junto una política exterior de amistad personal con sangrientos dictadores (Mugabe, Castro, Gaddaffi) a la par que se desgargantaba con discursos, hartoautorreferenciales, de diálogo y paz, lo cual cristaliza su verdadera afección personal hacia las tiranías de corte marxista, la cual exitosamente siempre ocultó detrás del velo pacifista-democrático.

Ya en 2010, anciano y retirado de la vida política, la confluencia de los estertores del mundial de la FIFA en Sudáfrica y aupado por la influencia cinematográfica, la ONU resolverá el “Día internacional de Nelson Mandela”, “en reconocimiento de la contribución aportada… a la cultura de la paz y la libertad”, dándole fondos y marco institucional al mito (curiosamente la misma organización que en los 60’s lo consideraba por lo que era: terrorista).

La historia no la escriben los que ganan sino quienes la escriben; eso ha entendido y a eso se ha dedicado, con una efectividad notable, la historiografía marxista, de manera que hoy podamos ver a la insólita postal de lobbystas LGBT con simbología guevarista y amilitantes pacifistas enalteciendo a Nelson Mandela.

Más en Cultura, Marxismo Cultural, Opinión y Actualidad, terrorismo
La mafia troska. Por Fernando Romero

Habituados a los manejos gangsteriles del tradicional sindicalismo peronista, frecuentemente se nos suele pasar por alto a...

Cerrar