Pijos contra plebeyos: la guerra cultural que viene. Por Víctor Lenore

El pasado verano, Italia vivió una cruda batalla política que tiene mucho de cultural. El momento más tenso fue la detención de la capitana Carola Rackete, activista dedicada a rescatar migrantes en el Mediterráneo. La respuesta del intelectual italiano Diego Fusaro, procedente de la tradición marxista pero cercano a Matteo Salvini, describe con precisión el campo de batalla. “Generación Erasmus, rastas, odio contra el pueblo, nihilismo hedonista, neoprogresismo liberal, fucsia y arcoíris. Una juventud sin esperanza”, escribió en Twitter. Entre sus ensayistas preferidos destacan GramsciHegel y Pasolini, el turrón duro del pensamiento político. Su última publicación en nuestro país se titula ‘El Contragolpe. Interés nacional, comunidad y democracia’ (Fides, 2019).

Pasolini decía que el ‘antifascismo arqueológico’ era una coartada muy cómoda, que permitía, sin demasiado esfuerzo, luchar contra el poder fascista, que ya no existía, y no tomar posición respecto al nuevo rostro del poder: el poder consumista y hedonista.

La tesis de Fusaro es que la izquierda occidental ha abandonado la lucha de clases para limitarse a las políticas de la identidad (raciales, sexuales, de minorías…). Más bien se han rendido en la batalla por la justicia económica y se conforman con aumentar los derechos individuales. En otros mensajes en esa red social, Fusaro acusaba a Rackete de ser “hija de papá”, “amiga de la patronal cosmopolita” y dueña de una “casita en Londres”. ¿Se trata de un ataque teatral o tiene sustancia política? Escojamos la respuesta que escojamos, Fusaro no está solo en su análisis.

El ensayo político más comentado de esta temporada se titula ‘No society: el fin de la clase media occidental’ (Turner), escrito por el geógrafo francés Christophe Guilluy. Señala un problema similar y además sabe resumirlo en sus respuestas a los medios: “Cuando surgió el movimiento de los chalecos amarillos la ‘intelligentsia’ de izquierdas fue presa del pánico. Primero les insultaron llamándoles fascistas. Hoy la nueva burguesía, lo que llamo burguesía ‘cool’, utiliza el antifascismo como una arma de clase”, explica. Tanto Fusaro como Guilluy coinciden en que el eje izquierda-derecha pierde rápidamente centralidad frente al de ganadores y perdedores de la crisis, pijos contra plebeyos.

Izquierda caviar

Algo parecido sostiene Fusaro en sus declaraciones públicas: la parte más pija de la izquierda occidental es una fábrica de líderes que -conscientemente o no- se han escaqueado de la lucha contra quienes acaparan la riqueza global (megarricos monopolios, fondos buitre…). “Hoy en día, muchos tontos que se hacen llamar ‘de izquierda’ luchan contra el fascismo, que ya no existe, para aceptar plenamente el totalitarismo del mercado. Estos últimos son los que luchan en Francia contra Le Pen para aceptar de buena gana a Macron. Luchan contra un fascismo que ya no existe para poder aceptar la nueva porra invisible de la economía de mercado. Y, por supuesto, la clase intelectual, el circo mediático y el clero intelectual desempeñan un papel fundamental en este proceso”, denuncia.

Todo esto parece una guerra política, pero tiene una profunda raíz cultural: los movimientos antisistema que arrancaron en todo el planeta durante 1968 (unos más que otros, pero casi todos comparten cierta mentalidad ‘vanguardista’ que hoy resulta esteril). La tradición de la izquierda siempre había sido la de sentirse defensores de los intereses del pueblo. A partir de aquellas revueltas, sin prisa pero sin pausa, las clases bajas empiezan a percibirse como una rémora, cuya falta de sofisticación se considera un freno para los procesos emancipatorios.

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Estas cinco líneas resumen el problema: “En Europa, como en los Estados Unidos, la izquierda está ahora prisionera de su electorado, se ha encerrado en las grandes metrópolis y ya no puede hablar con la clase obrera (el fracaso de Podemos es la consecuencia de su confinamiento en Barcelona o Madrid). Más importante que todo esto es el hecho de que la ruptura con las clases populares es sobre todo cultural. En el pasado, la izquierda consideraba que las clases populares eran respetables y hasta gloriosas, pero hoy las percibe como deplorables o fascistas”, señala Guilluy.

El pueblo como carga

Este proceso de licuefacción de la izquierda – y de los vínculos sociales- pisa el turbo con la explosión de la contracultura, muchos de cuyos militantes abandonaron pronto la separación entre ‘explotadores’ y ‘explotados’ para dividir el mundo entre ‘hips’ (molones) y ‘squares’ (cabezas cuadradas, gente paleta y culturalmente atrasada). El cambio parece sutil, pero ha tenido un largo recorrido que llega hasta nuestros días, con destacados dirigentes de Podemos y Más Madrid abusando de conceptos como ’cuñaos’ y ‘pollaviejas’ para referirse a los españoles carentes de sofisticación cultural (gente que no practica el poliamor, ni usa la palabra ‘posfordismo’ ni comenta la última serie de Netflix o el ensayo cultural ‘chic’). Más abajo copiamos una entrevista reciente donde Pablo Iglesias desprecia a los ‘cuñados’ mientras el ensayista Daniel Bernabé cuestiona el legado del Mayo del 68. «La izquierda ha caído en un solipsismo donde se pasa el tiempo diciendo a los demás lo que hacen mal», señala el autor del polémico ensayo La trampa de la diversidad (Akal, 2018), que ha alcanzado nueve ediciones.

El sociólogo César Rendueles muestra que la izquierda española tiene serios problemas para asumir conceptos como el patriotismo, la familia, las luchas en el ámbito laboral y la defensa del entorno rural

Los valores antiautoritarios de la contracultura se convirtieron pronto en signo de distinción, como explicó de manera magistral el pensador Pier Paolo Pasolini en un artículo titulado ‘Lo que dicen las melenas’, publicado a comienzos de los años setenta. Resumiendo mucho: la izquierda antisistema pasó de sentir asco por la ‘civilización de consumo’ a sentir ese mismo asco -o mucho más- hacia los ‘pobretones subdesarrollados’ sin capacidad para financiarse una vida cultural ‘chic’. En otras palabras, las clases populares. Más pertinente todavía es un poema donde Pasolini contempla una revuelta de estudiantes en Mayo del 68 y, sin dejar de identificarse con sus demandas, subraya la convicción de que la policía -jóvenes de barrios pobres sin otra opción laboral- son realmente ‘los suyos’.

El creciente elitismo de la izquierda occidental está pasando una factura política. En España, como ha señalado el sociólogo César Rendueles, la izquierda tiene serios problemas para asumir conceptos tan cercanos a la vida cotidiana de las clases empobrecidas como el patriotismo, la familia tradicional, las luchas en el ámbito laboral y la defensa del entorno rural. Algo parecido ocurre en Europa, donde los chalecos amarillos no quieren saber nada de la izquierda francesa. Cerca de allí, Diego Fusaro (cercano a la Lega) ha organizado una manifestación en Roma para el próximo el 12 de octubre contra “las élites dominantes” y las políticas de austeridad de la Unión Europea. ¿Estamos ante una rebelión de los perdedores contra la izquierda ‘cool’?

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Clasismo en la izquierda en Estados Unidos

El profesor Mark Lilla, cercano al Partido Demócrata y autor de ‘El regreso liberal’ (Debate, 2017), consiguió estudiar en la universidad gracias a la obtención de becas. Su madre era enfermera y su padre operario de la cadena de montaje de General Motors. “Durante mis años de universidad, los hijos de ejecutivos de Ford empezaron a sermonearme sobre la naturaleza de la clase trabajadora», lamenta. Un reproche parecido expone el periodista Jim Goad al hablar del ‘Manifiesto Redneck’ (Dirty Works, 2017) «Es difícil no interesarse por la lucha de clases cuando vienes de un entorno obrero y ves que otros niños del colegio lucen los correctores bucales que tu familia no se puede permitir. ¿Sabes cuál es mi problema con los marxistas estadounidenses? Todos los que me he encontrado son niños ricos blancos que te sermonean sobre cómo deberías sentirte por pertenecer a la clase trabajadora”, coincide.

En una línea similar encontramos al periodista Thomas Frank, conocido por su progresismo. “El actual Partido Demócrata se centra en los intereses de aquellos que, además de tener una carrera, han hecho un máster o cualquier otro tipo de estudios avanzados. Esta clase social nace en el siglo XIX con la popularización de títulos de Medicina, Derecho, Ingeniería y Arquitectura. Es una clase cada vez más poblada, gracias al ascenso de la economía postindustrial. Piensa en los doctores de economía o matemáticas que calculan los riesgos para las empresas de Wall Street. Piensa en los químicos que trabajan para la industria farmacéutica. Ahora hay cientos de profesiones como estas». El proceso de elitización de los demócratas comenzó en los años sesenta, los de la contracultura. “Antes las oportunidades estaban en cualquier lugar de Estados Unidos. Ahora solo las tienen quienes han pasado por la universidad”, resalta.

El momento más emblemático de esta tendencia fue aquel discurso de Hillary Clinton en 2016 donde proclamó que consideraba a la mitad de los votantes de Trump en la categoría de ‘personas deplorables’, entre risas y aplausos de sus seguidores. La exsecretaria de Estado terminó pidiendo disculpas y tirando por la borda su carrera política. Tras cincuenta años de menosprecio a los trabajadores de a pie, Trump está en la la Casa Blanca y el Partido Demócrata ha tenido que girar a la izquierda para recuperar el empuje político.

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