Pichetto en boca de todos. Por Vicente Massot

Corría el año 2002 y el entonces presidente, Eduardo Duhalde, consideró que la muerte, a manos de la policía bonaerense, de dos activistas de la izquierda revolucionaria había clausurado cualquier aspiración de su parte de presentarse a las elecciones presidenciales que se substanciarían meses más tarde. Puesto a buscar un candidato al cual brindarle el apoyo oficial, pensó en Carlos Reuteman; pero el santafesino —que acarreaba una intención de votos inmejorable— por razones nunca aclaradas declinó el ofrecimiento. Sin desanimarse, el segundo convite se lo extendió a Mauricio Macri que, luego de consultar a su padre, también se bajó de la carrera. El hombre de Lomas de Zamora lo llamó entonces a Felipe Solá con el mismo propósito con que se había acercado a los dos anteriores. Para su desconsuelo, la respuesta que recibió resultó idéntica a las que le habían dado el ex–corredor de Fórmula 1 y el joven empresario de Socma. Néstor Kirchner —en cambio— aceptó encantado el desafío y lo que sucedió después es de sobra conocido.

Salvando las enormes diferencias de tiempo y de contexto algo similar acaba de pasar. El actual presidente era consciente de la necesidad de retomar la iniciativa que había perdido y de sorprender al país con base en una decisión equivalente a la que la viuda de
Kirchner había obrado al ungirlo a Alberto Fernández como cabeza de la fórmula presidencial de su partido. Eso, unido al hecho de que las encuestas mostraban unos números inquietantes, terminó de convencerlo.

Sondeó de inicio la voluntad de acompañarlo, como candidato a vicepresidente, de Juan Schiaretti. Reciente vencedor en los comicios cordobeses, dueño de una cantidad impresionante de votos y de ideas afines a las de Macri, en teoría era la mejor opción. Con la única salvedad de que el político mediterráneo no estaba dispuesto a dar ese paso. Sus coterráneos no se lo hubiesen perdonado. El segundo y tercero en la lista fueron Juan Manuel Urtubey y Ernesto Sanz. Por distintos motivos —políticos, los del salteño; personales, los del mendocino— contestaron que no. Al parecer fue el radical de San Rafael quién le dijo a su interlocutor que pensara en Miguel Ángel Pichetto. El rionegrino no dejó escapar la posibilidad que se le abría. Dio el sí casi sin pensarlo.

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La coalición gobernante recibió alborozada la noticia. Todos sus integrantes creyeron que la decisión presidencial había sido un hallazgo. Incluídos los que —a estar por sus antecedentes en la materia— parecía lógico que corcoveasen. Jaime Durán Barba y Marcos Peña hicieron, de la necesidad, virtud. Como su jefe, dejaron en el desván de los trastos añejos sus reservas respecto de la “vieja política” y del peronismo para celebrar con bombos y platillos el ingreso del recién llegado a Juntos por el Cambio. Después de todo —y aunque no les sirva de mucho— Emilio Monzó y los suyos tenían razón.

Antes de que Miguel Pichetto se hubiese terminado de aclimatar, el oficialismo —ganado por un optimismo a prueba de balas— salió a decir en voz alta, y lo mismo le confió a algunos de los periodistas más prestigiosos de los principales matutinos nacionales, que no
descartaba la posibilidad de ganar las elecciones del 27 de octubre, sin que fuera menester una segunda vuelta. Rogelio Frigerio fue el abanderado de la iniciativa. Joaquín Morales Solá, por su parte, escribió en su columna dominical que era idéntico el parecer de quienes rodean a Mauricio Macri y son sus confidentes en la Casa Rosada.

Existen sobradas razones en Balcarce 50 para felicitarse por el pase del rionegrino a sus filas. Hay cosas que puede hacer mejor que nadie en las filas del macrismo. Sin contar las ventajas que le trae aparejada una militancia de años que lo habilita para abrirse paso allí donde los globos amarillos son considerados una excentricidad de Barrio Norte. Dicho lo cual, y reconocido el acierto presidencial resulta conveniente no perder de vista que, desde el punto de vista electoral, la coalición que acaba de ser rebautizada está en el mismo lugar en que se hallaba cuando Pichetto se sumó a sus filas.

Si se pasa revista del derecho y del revés a los comicios provinciales, no hay motivos para que en la Rosada reine la alegría. Es cierto que representaría un error analítico de bulto proyectar los números del interior del país al nivel nacional para concluir que la impresionante merma de votos de los representantes del oficialismo anticipan su derrota en octubre. Al mismo tiempo también es cierto que, en punto a la intención de voto, no hay un solo relevamiento de opinión que no le otorgue el lugar de privilegio a la fórmula kirchnerista. De momento Macri corre detrás de los Fernández.

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Da la impresión de que aquello de que podría ganar en la primera vuelta no es otra cosa que el peldaño inicial de una campaña que a partir del 22 de este mes, cuando se registren todas las candidaturas, ganará en intensidad y cobrará una dimensión hasta hoy desconocida. En buen romance: resulta parte de una partitura con una buena componente de acción psicológica. Nadie se halla en condiciones de demostrar que la especie echada a correr resulta falsa en razón de que adelanta un juicio sobre un hecho que aun no ocurrió.

Al margen del discurso enarbolado para el consumo masivo, existe una doble preocupación en las filas gubernamentales: el resultado de las PASO y el de los comicios para gobernador en la provincia de Buenos Aires. La licuación de la nonata Alternativa Federal y la decisión de Juan Schiaretti de ir con lista corta en su territorio han sido las mejores noticias recibidas por Mauricio Macri en los últimos meses. La permanencia de Roberto Lavagna junto a Juan Manuel Urtubey está por verse si debe contabilizarse en la columna de los pros o de las contras. Dependerá de la fuerza que demuestre tener en las internas abiertas del mes de agosto.

Tratar de convencer a la mayor parte de los mandatarios justicialistas de marchar a las urnas con listas sin candidato presidencial será la tarea casi excluyente del flamante candidato que eligió Macri para acompañarlo. Si hay alguien con la destreza y autoridad suficiente para intentarlo, ése es Pichetto que pondrá todo su empeño en lograr que la postura adelantada por Schiaretti en Córdoba la repita Omar Perotti en Santa Fe. Cuenta con pocos dias y, como tantas otras cosas que giran en torno de las elecciones, tiene final abierto.

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