El peronismo en marcha fúnebre. Por Ariel Corbat

El 12 de Octubre, invitado por Pascual Albanese, Vìctor Lapegna y Jorge Raventos, asistí a la Casa de Galicia; para en la cena mensual de la Peña Eva Perón escuchar al ex Presidente Eduardo Duhalde, a quien respeto y aprecio. Luego de la entrada de fiambres y tortilla española, llegó el plato principal y el turno del orador.
Escuchar a Duhalde fue percibir que el peronismo está en una crisis de la que puede no salir. Tuve la impresión que lejos de reconstruirse, el Movimiento Nacional Justicialista va camino de ahogarse en su propia receta.

Fiel a su estilo, Eduardo Duhalde describió el estado actual del peronismo sin la anestesia de los eufemismos: “somos un mamarracho”, dijo tras dejar en claro que el peronismo hoy no es una alternativa de poder y que, por eso mismo, son estúpidos quienes sueñan con ver al Presidente Mauricio Macri abandonar el gobierno a bordo de un helicóptero. Consecuentemente, fustigó a los que creen que “cuanto peor mejor”, porque el “cuanto peor mejor” perjudica siempre a los más débiles. 

Vale aquí una breve digresiónAunque no hizo mención a la cuestionada frase sobre una eventual caída del avión presidencial, es claro, al menos para mí, que esas palabras siempre fueron una crítica al peronismo y no una amenaza a CAMBIEMOS. En las críticas a esa frase de Duhalde, lo mismo que en las reacciones horrorizadas por los dichos de Antonio Bonfatti, lo que hay no es espíritu democrático sino el soberbio trabajo del comunismo gramsciano imponiendo a través de los progres una mariconería del lenguaje que tiende a la autocensura del pensamiento. Bonfatti no comparó a Hitler con Macri, simplemente ejemplificó algo absolutamente cierto, que la verdad no depende de la aprobación de la mayoría; y está en todo su derecho de decir que el pueblo se equivocó al votar a Macri. Es lo que opina y punto. Que haya sentido que debía disculparse por decir lo que piensa es lamentable, pero también, socialista y todo, demostrativo del poder disciplinador de juzgar la corrección política desde el diccionario escrito por los bolcheviques. Que por eso salte el INADI demuestra que el INADI no debería existir, porque bajo la excusa de evitar la discriminación lo que hace es adoctrinamiento progresista; y el progresismo no tiene entidad propia: es meramente la avanzada cultural de los comunistas.

Vuelvo a los conceptos vertidos por Duhalde en su alocución. No puedo más que coincidir con quien diagnostica la evidente crisis de representatividad que atraviesan los partidos políticos. Lo que no me seduce es la solución propuesta. El ex Presidente, tras remarcar que tiene muchas diferencias con el gobierno de CAMBIEMOS, expuso su idea del “cogobierno” como un sistema superador de la antinomia oficialismo / oposiciòn que se da tanto en el presidencialismo como en el parlamentarismo y que, erróneamente, considera él es proclive a decantar en la lógica de amigo / enemigo. Y allí aparece el principal punto negativo en el discurso de Duhalde, la pretensión de evitar hablar mal de nadie y mirar para adelante en una suerte de borrón y cuenta nueva.

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Digo que es negativo porque no se puede olvidar que la lógica amigo – enemigo fue deliberadamente fogoneada por el kirchnerismo, no surgió como derivación natural de los roles de oficialismo y oposición. De hecho los países con instituciones democráticas fuertes, con partidos representativos y políticas de Estado bien definidas, no degradan su convivencia. Argentina, dejando atrás un largo pasado de violentas fricciones internas, de 1983 en adelante experimentaba un cambio significativo en la tolerancia política, una sana tolerancia que se proyectaba hacia el respeto mutuo. Fue recién con Néstor Kirchner y Cristina Fernández que el país retrocedió hacia un nuevo tipo de intolerancia viciada por la hipocresía. La corrupción estructural del proyecto totalitario requería irracionalidad, por eso inventaron odios. Si en el pasado hubo argentinos que habiéndose odiado a muerte pudieron darse la mano o un abrazo cerrando enfrentamientos, fue porque sus odios, motivaciones, creencias, convicciones, eran auténticas. En el el kirchnerismo, un fraude en sí mismo, lo único auténtico fue el vaciamiento moral y material de la República. Es inadmisible reconciliarse con una farsa.

Por otra parte, el régimen kirchnerista como exponente del totalitarismo clásico siguió desde el vamos premisas orwellianas. Así, pretendiendo imponer su relato a la realidad, intentó reescribir el pasado a gusto y conveniencia con la mentira como herramienta principal y borrando todo lo que incomodase. Convalidar un pasado falseado es renunciar al futuro, por perder la conciencia como Nación que en definitiva es una resultante histórica. Luego de ese proceso orwelliano de 12 años, la necesidad de clarificar el pasado desde la verdad vale para el país lo mismo que para el peronismo; a cuya muerte aspiraba el kirchnerismo.

En su afán de recomponer al Movimiento Nacional Justicialista, podía esperarse de Duhalde una propuesta dirigida a la institucionalización del peronismo. Pero parece que nuestros políticos no depositan mucha fe en una dinámica de vida partidaria signada por la participación y el voto de los afiliados. También, siendo que Duhalde es plenamente consciente de los cambios en el comportamiento social, especialmente de los jóvenes a partir de la evolución tecnológica, podía plantear como centro de su propuesta para reorganizar al peronismo un salto audaz del sistema representativo a formas de democracia directa que las nuevas tecnologías pueden significar.

Pero el Dr. Eduardo Duhalde. el mismo que es capaz de vislumbrar que la política asumirá en el futuro formas muy diferentes de las que conocemos, lejos de ir por la modernidad basa la recomposición del peronismo en un acto profundamente retrógrado: trasladar el año próximo el cadáver de Eva Duarte de Perón desde el cementerio de la Recoleta hasta San Vicente, para depositarlo junto al de Juan Perón.

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Si la sola idea de otra escena de necrofilia política es desagradable, la implementación de esa idea es todavía peor desde que, como habría oposición de la familia Duarte a permitir ese traslado, se buscaría la sanción de una ley que imponga la mudanza del cadáver prescindiendo de la voluntad de los familiares de Eva Perón. Es decir, pretende Duhalde que una vez más todo el país se vea involucrado en la resolución de asuntos que sólo atañen a la simbología peronista. 

Argumenta para ello que se pretendió separar ideológicamente a Eva de Juan, como si no hubiera unidad entre ambos, haciendo de Eva una “revolucionaria” y de Perón un “viejo gagá”; lo cual se inició con aquellos que cantaban “Si evita viviera sería montonera”.

Ciertamente Eva Perón jamás hubiera asumido posición alguna contraria a su marido, no sólo por ser su mujer (sí, “su mujer”, como ella misma decía y proclamaba para que se espanten hoy las feminazis), sino principalmente porque reconocía en Perón a su conductor y líder político. Pero clarificar en esa parte de la historia, lo que desde Montoneros hasta el kirchnerismo causó la infiltración comunista en el peronismo, no requiere volver a perturbar la paz de cadáveres embalsamados que, siendo objetos de lamentables vejaciones, no han tenido descanso.

Cuando Duhalde cerró su discurso llegó el postre, una porción de helado tricolor: frutilla, chocolate y vainilla. Tomé la cuchara y mientras comía empecé a experimentar una sensación extraña. Me pareció que estaba allí como alguien que mira una película, ajeno en definitiva. Mis dudas sobre el futuro del peronismo variaron sustancialmente el eje de su interés. Ya no me preguntaba cómo planeaban llegar nuevamente al poder, sino que tanto más se alejarían. Y aunque no soy de los que auguran el final del peronismo, ni lo deseo, cuando empezaron a cantar la marcha peronista, poniéndose de pie y alzando los dedos en V, no sentí esa alegría contagiosa que aún siendo un gorila liberal supo tocarme tantas veces. La marchita, al fin de cuentas, la canté a hombros de mi viejo alguna vez en Gaspar Campos. Seguí sentado, comiendo por colores el helado, mientras a mi alrededor seguían cantando la letra completa a viva voz. Como un déjà vu sentí la tristeza de estar recordando eso mismo que estaba viviendo. El último bocado fue un amarillo casi derretido, vainilla.

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